Estamos perdiendo a los octogenarios
14 de Septiembre de 2026
Por: Rodrigo Noriega
Abogado
Exclusivo para Contrapeso
La edad promedio de los panameños es 30,6 años. Esto significa que el panameño o la panameña típica nació con internet y telefonía celular. Sin embargo, hay un segmento de la población compuesto por apenas 47,508 personas con ochenta años o más. Ellas y ellos son los abuelos o bisabuelos que asumieron un rol trascendental en la historia de este país y en la formación del capital humano que hoy disfrutamos.
Un octogenario es una persona nacida entre 1937 y 1946. Ese panameño o panameña vivió el nacimiento, desarrollo y muerte de la Guerra Fría. A su vez, tuvo que enfrentar dos pandemias, la de poliomielitis de principios de la década de 1950 y la de COVID-19 a principios de la década de 2020. Esa es la generación que pasó de la radio a la televisión en blanco y negro. Ellos y ellas fueron parte de los grandes protagonistas de la épica de la recuperación de la soberanía panameña. Un estudiante que hubiese tenido 18 años el 9 de enero de 1964 hoy tendría 80 años.
El poder gris
Los octogenarios actuales no son una carga ni un obstáculo para los jóvenes; por el contrario, son una fuente de conocimiento y, en muchos casos, son el soporte emocional y económico de las familias extensas que dependen de ellos y ellas para su cohesión y armonía. El reciente caso de un funcionario del MIDA señalado por tener 82 años y poca capacidad laboral expone el drama humano de las familias panameñas que dependen cada vez más de sus adultos mayores para la estabilidad económica de la unidad familiar. Lamentablemente, esto les niega oportunidades a generaciones más jóvenes.
Es precisamente esta transición la que necesita enfrentar y asumir la sociedad panameña. Nuestros octogenarios son, en mayor grado, los grandes responsables del país que tenemos. Les debemos dignidad, una vida decente, reciprocidad y mucha solidaridad. Ellos y ellas son los repositorios de conocimiento más importantes del país, ya que su experiencia insustituible nos puede servir para navegar los desafíos del siglo XXI. Igualmente, esos octogenarios son quienes pueden contestar la gran pregunta familiar: ¿de dónde venimos?
Un trato justo
En la cultura panameña, al adulto mayor se le ha reducido al espacio de la fila para buscar medicamentos, la eterna pelea por el descuento a los jubilados, el Día del Abuelo y alguna que otra festividad a lo largo del calendario. El asunto se complica cuando ese octogenario requiere de más atención por temas del deterioro de su salud mental, por la fragilidad de su salud física o por los sentimientos de abandono y soledad ante la ausencia de una vida social.
Hoy la tecnología nos permite superar muchas de estas situaciones. Conozco personalmente octogenarios que perfectamente manejan su correo electrónico, su internet, su vida financiera y están más sanos que jóvenes adultos que crecieron a punta de comida chatarra. En nuestro país abundan los maestros, médicos, abogados, enfermeras, ingenieros, contadoras, banqueros, científicas y autodidactas que son octogenarios y están sumamente activos, contribuyendo a su propio bienestar y al de su familia. Ellos y ellas enriquecen nuestro patrimonio cultural, nuestra noción de país y nuestra autoestima. Si ellos y ellas pudieron, también nosotros podemos.
Mientras tenemos el privilegio de contar con ellos y ellas en nuestras vidas, debemos incorporarlos en nuestras rutinas personales y familiares, así como en nuestra cultura de país. Tenemos muchas aceras, veredas, rampas y escaleras que no son apropiadas ni seguras para el paso de un adulto mayor o de una mujer embarazada. Los baños públicos en centros comerciales, cines, restaurantes y otros sitios carecen de las facilidades de apoyo para un adulto mayor, incluso para una persona con discapacidad. El acceso al entretenimiento o a actividades físicas es sumamente escaso para esta población. A veces una llamada o un “Zoom” hacen toda la diferencia. Lo que hoy hacemos por ellos y ellas lo estamos haciendo por nuestro propio mañana. Debemos reconocer que ellos y ellas lo hicieron todo por nosotros.
Tenemos una enorme deuda de gratitud hacia Dagoberto “Yin” Carrizo e Ismael Laguna: estos dos gigantes que abrieron el camino a tantos otros panameños y panameñas. Ellos son referentes para generaciones de compatriotas. Son dos estrellas panameñas que se unen al firmamento que ilumina este país.
Celebremos a los octogenarios, expresemos nuestro amor, compartamos nuestro tiempo y disfrutemos del gran regalo que nos da su experiencia.
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