Vidrios oscuros: cuando la ley se aplica al ojo | Sin permiso
Cuando la norma depende del ojo
Diciembre en Panamá trae más carros, tranques y fricción entre conductores. En ese contexto, hay reglas de tránsito que no fallan por ausencia, sino por algo más básico: dependen del ojo. Cuando una norma se aplica así, deja de ser norma y se convierte en interpretación.
Empecemos por lo elemental: sí hay ley. La Ley de Tránsito (Ley 38 de 2007) y su reglamento establecen que los vidrios no pueden afectar la visibilidad del conductor, especialmente el parabrisas y las ventanas delanteras. Si la visibilidad se compromete, hay infracción, multa y orden de retiro del papel. Eso no está en discusión.
En otros países esto se resuelve con un estándar técnico objetivo llamado VLT (Visible Light Transmission): el porcentaje de luz visible que deja pasar un vidrio. En simple, cuánta luz entra al carro. Un vidrio con 70 % de VLT permite ver bien; uno de 35 % reduce notablemente la visibilidad; uno de 20 % la reduce de forma crítica. No es percepción: es física. A ojo humano, un vidrio de 35 % y uno de 20 % se ven casi iguales, y la mayoría de los conductores no sabría identificar el nivel de su vidrio sin un medidor.
Por eso, en países como Estados Unidos, Chile o España la ley fija porcentajes mínimos y la autoridad mide con equipos. Se cumple o no se cumple. No hay interpretación.
En Panamá no hay porcentajes claros publicados ni medición sistemática en calle. Entonces surge la pregunta inevitable: ¿quién decide que un vidrio es demasiado oscuro?
En la práctica, lo decide el criterio humano, sin respaldo técnico uniforme. Regular a ojo es un mal sistema.
Ese vacío no se limita a los vidrios. Es parte de un patrón más amplio. La Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre cedió hace años el revisado técnico vehicular a talleres privados, con fiscalización desigual, y con ello el Estado perdió capacidad efectiva para verificar condiciones básicas de seguridad.
Por eso la interpretación subjetiva se repite en varios frentes: luces que encandilan sin medir intensidad; llantas en mal estado sin medir desgaste; e incluso conducción temeraria cuando no hay velocidad medida ni maniobra concreta. Sin medición, la aplicación deja de ser pareja.
El impacto no es teórico. Para la policía, los vehículos con vidrios totalmente oscuros son considerados de alto riesgo en controles, porque no se pueden ver manos ni movimientos. También está el después: cámaras de seguridad pierden capacidad de identificar conductor y ocupantes, lo que complica investigaciones tras atropellos o choques con fuga.
Ese problema volvió a aparecer esta semana con nombre propio. Un vehículo en el que viajaba el diputado Isaac Mosquera estuvo involucrado en un confuso incidente con la Policía en el área de Las Garzas. La versión oficial habla de un carro sin placa visible que evadió puntos de control; el diputado sostiene que se identificó y que fue retenido de forma irregular. Más allá de cuál relato prevalezca, el episodio expone el mismo vacío: vidrios oscuros, controles basados en criterio y ausencia de medición objetiva.
Tampoco es cierto que el vidrio extremadamente oscuro ofrezca más seguridad. No hay evidencia sólida de que reduzca robos. En algunos contextos ocurre lo contrario: el vehículo llama más la atención policial. Además, el calor puede reducirse sin oscurecer el vidrio. Existen láminas claras o de alto VLT que bloquean hasta 99 % de rayos UV y gran parte del calor infrarrojo.
Ahí está el fondo del asunto: cuando el Estado renuncia a medir, deja de prevenir y solo reacciona después del daño. Regular sin medir no es regular: es delegar la norma al criterio del momento.
Hoy es el vidrio oscuro.
Mañana será otra cosa. Y el problema seguirá siendo el mismo.
Por: Flor Mizrachi
Periodista
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