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El anuncio de que 24 de los 27 países que integran la Unión Europea mantienen a Panamá en su “lista de jurisdicciones no cooperadoras en materia fiscal” no era una sorpresa; sin embargo, la respuesta del gobierno panameño sí lo es, dado que manifiesta la tensión que existe entre cumplir con los estándares internacionales o mantener las viejas prácticas panameñas.
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El anuncio de que 24 de los 27 países que integran la Unión Europea mantienen a Panamá en su “lista de jurisdicciones no cooperadoras en materia fiscal” no era una sorpresa; sin embargo, la respuesta del gobierno panameño sí lo es, dado que manifiesta la tensión que existe entre cumplir con los estándares internacionales o mantener las viejas prácticas panameñas.
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En Panamá no estamos ante un fenómeno masivo ni institucional. Pero las dinámicas digitales no reconocen fronteras. Lo que circula en otras sociedades llega aquí con la misma velocidad del algoritmo. Pensar los límites antes de que el dilema nos toque no es exageración. Es prevención.
Los denominados therians son solo uno de varios movimientos identitarios que han ganado visibilidad en los últimos años. No aparecen en el vacío.
En casa, unos padres preguntan: “¿Es una etapa? ¿Será un simple juego de disfraces? ¿Tenemos que seguirle la corriente y dejarlo “ser libre”? ¿O decirle que no?”.
Su hijo insiste en usar una cola para ir a la escuela. Pide que no lo llamen “persona”. Dice que no se siente humano.
En Estados Unidos y Canadá ya hay alumnos que piden ser tratados como animales dentro del salón de clases: no responder a su nombre, comunicarse con sonidos, participar de manera distinta en clase. No son mayoría, pero existen. Y obligan a docentes y directivos, así como al sistema educativo y a la sociedad, a decidir cómo actuar.
En Panamá no estamos ante un fenómeno masivo ni institucional. Pero las dinámicas digitales no reconocen fronteras. Lo que circula en otras sociedades llega aquí con la misma velocidad del algoritmo. Pensar los límites antes de que el dilema nos toque no es exageración. Es prevención.
Los denominados therians son solo uno de varios movimientos identitarios que han ganado visibilidad en los últimos años. No aparecen en el vacío. Vivimos en una cultura donde muchas experiencias simbólicas dejan de quedarse en el juego y pasan a convertirse en identidad permanente. Hay adultos que pasean animales invisibles, competencias performativas sin objeto real, prácticas que antes eran lúdicas y hoy se presentan como parte estable del “quién soy”.
No todo es equivalente. No todo tiene el mismo peso. Y la mayoría de quienes se identifican como therians no afirma haber dejado de ser biológicamente humana. Lo que está en juego no es un diagnóstico clínico, sino el alcance social de esa autodefinición.
El patrón, sin embargo, es reconocible: la experiencia interna ya no se vive solo hacia adentro. Busca reconocimiento hacia afuera.
No se trata de burlarse. Tampoco de entrar en pánico. La sobrerreacción puede ser tan problemática como la validación automática. Convertir cualquier fenómeno en alarma moral suele amplificarlo.
La pregunta es más sencilla: ¿qué pasa cuando una identidad personal empieza a exigir que las reglas comunes se ajusten a ella?
Explorar la identidad no es enfermedad. La adolescencia siempre ha sido búsqueda, intensidad, necesidad de pertenecer. Pero hoy el algoritmo acelera ese proceso: conecta comunidades, refuerza narrativas y convierte experiencias individuales en certezas colectivas.
La identidad en la adolescencia es un proceso, no una sentencia.
Muchos padres están viendo cambios bruscos después de semanas de consumo digital. Lo que empezó como juego simbólico se presenta como definición absoluta. Aquí el equilibrio es delicado.
Escuchar no es validar todo. Acompañar no es renunciar al criterio.
La libertad de sentir o de identificarse no es automáticamente un derecho a reconfigurar normas comunes.
Si un adolescente dice que no es humano, ¿lo ayudamos a comprender lo que siente? Por supuesto. Pero si esa afirmación empieza a tener consecuencias prácticas, la conversación cambia.
Si en el recreo muerde a otro niño y argumenta que actuó “como animal”, ¿cómo se evalúa su responsabilidad? Si rompe una regla escolar alegando que su identidad no es humana, ¿la norma deja de aplicar?
Me pregunto: ¿la identidad personal puede modificar la responsabilidad común?
No son dilemas abstractos. Son decisiones reales que ya enfrentan escuelas.
Nuestra convivencia parte de algo elemental: todos somos personas. Esa condición no es solo biológica. Es jurídica y moral. Sobre ella descansan los derechos… y también las responsabilidades.
Los derechos existen para proteger a las personas. Y las responsabilidades existen porque somos personas.
La categoría humana no está en riesgo legal hoy. Nadie está cambiando códigos civiles por esto. Es probable que nada institucional cambie. La discusión es, por ahora, cultural antes que jurídica.
Pero culturalmente sí estamos poniendo a prueba los límites.
Cuando cada experiencia interna reclama validación automática, la pregunta no es si debemos ser empáticos. La empatía es necesaria. La pregunta es otra: ¿hasta dónde llega la empatía cuando entra en tensión con las reglas que nos protegen a todos?
¿Puede cada identidad redefinir las normas compartidas?
¿Puede sostenerse la igualdad ante la ley si la condición que la fundamenta se vuelve opcional?
Tal vez el fenómeno therian se diluya como tantas subculturas anteriores. Es posible.
Pero el patrón cultural sí importa: vivimos en una época donde la experiencia interna se percibe como verdad incuestionable. Y cuando toda identidad exige reorganizar el entorno, lo que empieza a debilitarse no es la diversidad. Es el marco común que permite que personas distintas convivan bajo reglas compartidas.
Sin ese marco, la convivencia se vuelve frágil.
Incluir no significa perder límites.
Ser empático no implica omitir responsabilidades.
Y sostener reglas básicas no es intolerancia.
Los límites no existen para excluir. Existen para proteger.
Especialmente cuando hablamos de menores que todavía están formando criterio.
Cuidar no es decir sí a todo. Es escuchar, orientar y, cuando hace falta, decir que no.
Sin una referencia común no hay reglas claras.
Y sin reglas claras, los más vulnerables quedan menos protegidos.
Establecer límites no es intolerancia. Es parte del cuidado.
Y ojo, que aquí ya tocaron el timbre. Solo la semana pasada intentaron hacer tres encuentros. ¿Quién? Ni siquiera sabemos si lo convocó un perro, un humano o un humano bien perro. Así estamos.
Por: Flor Mizrachi
Periodista
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