12/13/25

Inteligencia artificial y redes sociales: el impacto en los menores de edad. | Sin Permiso

Mientras aquí repetimos que “los pelaos viven pegados al celular”, medio mundo está en emergencia intentando ponerle reglas a las redes y a la inteligencia artificial. La evidencia ya no se discute: el impacto existe. La verdadera pelea es quién manda. Porque cuando el Estado no regula, regula el algoritmo. ¿Y de verdad estamos cómodos con eso?

China avanza hacia la ruta militar: su autoridad de internet propuso limitar a dos horas al día el uso del celular para adolescentes y bloquear pantallas de 10 p.m. a 6 a.m. La lógica es clara: un cerebro en desarrollo no puede competir con sistemas diseñados para dominar su atención. Para entender la escala: muchos adultos desbloquean el celular más de 80 veces al día. Si un adulto no compite, ¿cómo compite un menor?

Australia aprobó una ley que sube la edad mínima de redes a 16 años. Desde su entrada en vigor, TikTok, Instagram o YouTube deberán cerrar cuentas sub-16 o enfrentar multas millonarias. Usarán video-selfies e inteligencia artificial para verificar edad. El sistema falla —ha aprobado adultos como si fueran menores y viceversa— y ya hay adolescentes demandando la ley por empujarlos a espacios menos seguros.

Europa prefirió una medida más fina. El Parlamento Europeo impulsa 16 años como edad mínima para redes y chatbots de inteligencia artificial. Menores de 13, fuera; de 13 a 16, solo con consentimiento parental verificable. España ya subió la edad digital a 16; Francia la fijó en 15; y Reino Unido exige que las plataformas prueben que reducen riesgos y diseños adictivos. Europa entendió que el problema no es el niño con el celular, sino todo lo que hay detrás de esa pantalla.

En cuanto a Estados Unidos, su ley principal solo cubre a menores de 13, y cualquier intento estatal de ir más allá termina bloqueado en tribunales. Mientras tanto, casi uno de cada tres adolescentes reporta mala salud mental o síntomas de ansiedad o depresión. La Asociación Americana de Psicología advierte sobre comparación social y sueño deteriorado; el Surgeon General, sobre pantallas hasta la medianoche. ¿Cuántas alertas más hacen falta para actuar?

Todo esto suena lejano hasta que recuerdas que la tecnología que influye en un menor en Madrid o Melbourne es exactamente la misma que lo influye aquí. Y ahí viene el golpe: nuestras reglas están décadas detrás. En América Latina —y en Panamá— seguimos en lo básico: bullying y acoso. Importante, pero insuficiente. Nuestra ley de datos no define edad mínima, verificación, límites algorítmicos ni reglas de diseño. Hay anteproyectos sobre inteligencia artificial, sí, pero ninguno que ponga a los menores en el centro. Y eso debería preocuparnos porque aquí también ocurre el daño, solo que con menos medición y menos conversación pública.

Casi nadie habla de la niña que no duerme porque un filtro le convence de que su cara “no alcanza”; del pelao de 11 que sale de TikTok con peor ánimo sin saber por qué; o del menor que siente ansiedad porque, si no responde al instante, “queda fuera”. Estudios muestran que muchos preadolescentes se sienten peor consigo mismos después de usar redes. Ese deterioro no es teoría: pasa todos los días, en silencio.

Y falta lo más delicado: la inteligencia artificial que conversa, que imita empatía, que nunca se cansa y que sabe exactamente qué decir. Y la inteligencia artificial que inventa: deepfakes con voces de niños, imágenes manipuladas, identidades falsas. Europa ya clasifica estos riesgos como serios. Panamá ni los discute.

Mientras medio mundo intenta —con autoritarismos, regulaciones o pleitos judiciales— poner orden, Panamá sigue en neutro. Y ese es el punto: cuando el Estado no pone reglas, los pelaos no quedan libres. Quedan solos. Solos frente a plataformas que los conocen mejor que sus propios padres. Y mientras aquí debatimos si el límite debe ser una o dos horas, quien realmente los está moldeando —con una precisión que ningún adulto puede igualar— es el feed.

Entonces, la pregunta final es inevitable:
Si el Estado no entra a jugar, ¿quién está cuidando a los menores?
Porque alguien ya lo está haciendo.
Y no es quien piensa en su bienestar.

Por: Flor Mizrachi
Periodista

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