El último round con el abogado y gestor cultural Rolando Domingo
18 de Enero de 2026
ENTREVISTA
¿Qué fue lo que falló en la organización del Desfile de las Mil Polleras el año pasado y qué se intentó corregir este año?
La Autoridad de Turismo, al asumir la organización, no siguió el manual de procedimientos basado en experiencias previas ni contó con el personal idóneo para controlar el desfile. Hubo falta de apoyo logístico y coordinación con los estamentos de seguridad, lo que provocó desorden en la salida de las delegaciones.
Se colaron instituciones gubernamentales que solo participaban por el día y, por su autoridad, se metían en delegaciones civiles. Ahí empezó el problema.
Este año se contrató una empresa para organizar el desfile, pero sin integrar a personas con experiencia previa. Además, se modificó un manual que ya existía y se emitió una resolución ilustrada que era solo una guía.
Muchos la interpretaron como una ley restrictiva. Aunque se aclaró que no hay “policía del folclor” ni sanciones, quedó instalada la idea de que habría represión sobre cómo vestir la pollera, generando una gran confusión.
Al subcontratar la organización, ¿se integró suficientemente a personas con experiencia previa en el desfile?
No lo sé, porque muchas de las personas vinculadas históricamente al desfile no fueron llamadas. No conozco a quienes hoy están al frente, y pueden ser profesionales con otra visión, por lo que les doy el beneficio de la duda.
Ojalá el resultado sea positivo, porque este desfile es clave para reafirmar la pollera como ícono de nuestra identidad nacional.
En Panamá tendemos a empezar de cero y a no aprovechar la experiencia acumulada. ¿Eso ocurrió con el manual y la guía del desfile?
En Panamá suele pensarse que todo lo anterior estuvo mal. Sin embargo, la experiencia importa: hay cosas que pueden mejorarse, pero no todo lo previo fue incorrecto.
Reconocer lo que ya funcionó y evaluarlo con apertura es clave para avanzar.
Se emitió un decreto con un reglamento ilustrado que era más una guía que una norma. ¿Cómo se generó tanta confusión sobre qué vestimentas estaban permitidas o no?
El documento se presentó de forma poco didáctica y poco clara. Se repetían polleras similares con distintos arreglos, lo que llevó a pensar que todo lo que no aparecía ahí estaba prohibido.
Con tantas variantes existentes, debió sintetizarse mejor: mostrar lo más común y, por separado, aclarar qué no es admisible en el desfile.
Es importante aclarar que cualquier reglamento aplica solo a quienes desfilan dentro de una delegación oficial. Un espectador puede vestirse como desee.
La restricción real busca evitar casos como el del año pasado, cuando personas desfilaron en jeans y camisetas. Para participar en una delegación, sí se exige vestir de la forma más correcta posible.
La confusión aumentó al darle carácter legal a una guía, sin consenso entre sectores tradicionales, gestores culturales y estudiosos del folclor.
¿Cree que este año faltó divulgación y orientación clara sobre el uso correcto del vestuario?
Sí. Faltó una respuesta clara y oportuna a través de los medios que más consume la gente hoy: redes sociales institucionales, radio, televisión y prensa.
Ante la confusión generada, las instituciones debieron emitir una aclaración directa, precisa e inmediata sobre el reglamento y su alcance.
Costó reconocer errores de comunicación. En lugar de una corrección concreta, se intentó “salvar cara” con explicaciones dispersas, lo que abrió espacio a campañas paralelas y a mayor polarización.
Ambas posturas terminaron siendo injustas con el objetivo central del desfile: exaltar la pollera como símbolo de identidad nacional y todo el universo cultural que la rodea.
A pesar de la polémica, el desfile siempre es concurrido. ¿Eso ha llevado a subestimar la importancia de comunicar bien sus lineamientos?
El desfile sigue siendo concurrido porque hay grupos organizados que se planifican bien, familias que mantienen la tradición y empresas privadas que apoyan y financian a sus delegaciones.
Siempre habrá gente que quiera vivir esa experiencia al menos una vez, y eso garantiza asistencia y buena imagen en televisión.
Esa concurrencia oculta problemas reales de organización que muchos viven en carne propia y que hacen que algunas personas no regresen.
El Estado no debería financiar delegaciones oficiales; lo correcto sería fomentar que los empleados públicos se organicen y participen por cuenta propia.
Además, el desfile se ha quedado como turismo interno y se está perdiendo la oportunidad de crear un producto paralelo, pensado para atraer turismo extranjero con proyección internacional.
Usted ha respaldado la decisión del MEF de no permitir el uso de fondos públicos para delegaciones oficiales. ¿Por qué considera que esa medida fue acertada?
En un contexto de desempleo y baja recaudación, la austeridad también debe reflejarse en decisiones simbólicas. No se trata del monto, sino del mensaje.
Financiar delegaciones oficiales no es prioritario y pierde sentido si no forma parte de un plan real de “apretarse el cinturón”. La medida es correcta, siempre que se cumpla y no se busquen atajos para evadirla.
No tiene sentido que la derrama económica provenga del Estado. Si se trata de apoyar a la región, ese dinero debería ir a agua, infraestructura, hospitales y necesidades reales.
La derrama que vale es la que viene del sector privado y del turismo bien pensado. Además, se ha fallado en crear productos turísticos que vayan más allá del desfile: paquetes de varios días que incentiven conocer y consumir en la región.
¿Le preocupa que algunas instituciones intenten hacer “bypass” para seguir financiando su participación con recursos públicos?
Sí, y no solo instituciones: también políticos, diputados, alcaldías y representantes. Hay que estar atentos, por ejemplo, cuando un abanderado es un político, a saber de dónde salieron los recursos.
El riesgo de bypass existe porque forma parte de una cultura arraigada: buscar atajos para evadir reglas, como ocurre con otros gastos y beneficios públicos.
Los incentivos no deberían darse sin criterios claros. Los bonos o beneficios deben responder a metas, eficiencia y buen desempeño, no repartirse indiscriminadamente.
Una alternativa más sensata sería crear alianzas con hoteles y operadores turísticos para ofrecer paquetes en temporada baja, que los empleados públicos puedan aprovechar con sus propios recursos. Eso requiere visión, planificación y una política turística bien pensada.
¿Qué rol debería jugar la empresa privada en el desfile, considerando que invierte recursos propios y lo asume como parte de la identidad cultural?
Muchas veces la motivación para participar no es cultural, sino “cepillar” al abanderado político. En el contexto actual, ningún ministro debería aceptar ser abanderado; si alguien quiere participar, debe pagarlo de su bolsillo, como ocurre en las fiestas de pueblo.
El Estado no debería subvencionar ese tipo de protagonismo. La empresa privada cumple un rol clave. Bancos, aseguradoras, medios y otras empresas invierten recursos propios para formar delegaciones cuidadas y didácticas, incluso capacitando a sus colaboradores sobre el uso correcto del vestuario.
La pollera es una prenda costosa y exige tiempo, paciencia y disciplina. Sin la empresa privada, el desfile perdería dimensión y se reduciría a un evento mucho más pequeño y local. Su aporte es fundamental para la belleza y el nivel del desfile.
En medio del debate sobre vestimentas, ¿se ha perdido de vista que Panamá tiene muchos tipos de polleras, que ninguna es mejor que otra y que conocer su historia es clave para valorar lo que se lleva puesto?
Esa es la clave de todo: nadie puede amar lo que no conoce. No hay polleras mejores o peores, hay polleras bien y mal llevadas. La diferencia está en saber lo que se luce, entender su origen y respetar su historia.
Más que exageración u ostentación, lo que debería incentivarse es el conocimiento, la sencillez bien ejecutada y la formación cultural alrededor de la pollera.
PERFIL
Rolando Domingo: Abogado de formación, con maestría en Derecho Internacional (University of Notre Dame – London Centre), Rolando es gestor cultural, autor y pionero en la coordinación y decoración de eventos en Panamá.
Es creador del primer diplomado académico dedicado al estudio integral de la pollera, fundador de la Academia Nacional de la Pollera y de la Escuela Nacional de Jueces para Concursos de Pollera, además de revitalizar el Concurso Nacional de la Pollera de la Capital.
Autor de obras clave como El gran libro de la pollera, La pollera revelada y otros títulos fundamentales para entender este patrimonio cultural.
Por: Flor Mizrachi
Periodista
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