La educación nacional: un balance ante la reforma.
21 de Enero de 2026
Exclusivo para Contrapeso
La educación nacional enfrenta una crisis cualitativa, con buenas excepciones, públicas y privadas, que aún dan lustre al sistema. Sin embargo, la misma tiene su origen en el punto donde la masa alcanza su mayor densidad cuantitativa. Para plantear la solución hay que partir de allí. Eso me obliga a hablar de la tendencia que expresa el daño estructural que entiendo todos vemos como la razón para que se hable de la urgente necesidad de “reformar y/o transformar” el sistema cuya crisis lo recorre todo. En sentido vertical, desde la escuelita multigrado hasta las universidades; en sentido horizontal, desde la escuela de las capitales de provincia hasta las escuelas-ranchos del interior campesino y de las comarcas.
La única certeza que tenemos hoy del sistema educativo panameño es que está sometido a una poderosa tensión que eventualmente lo puede hacer implosionar y que el incremento de la tasa de aceleración de esa catástrofe está relacionado con la tasa de crecimiento económico que en la región hemos tenido de manera sostenida.
Aceptar esa tensión para resolverlo es un desafío que solo será exitoso si no nos engañamos y lo encaramos. Quien honestamente lo admita aceptará que el desacople entre desarrollo humano y evolución de la economía es evidente.
Aunque a ese divorcio no se le puedan atribuir causas económicas directas, sí puede atribuírsele a una excesiva desregulación jurídica y de facto de la economía y al deterioro de la política, y con ella, de los partidos políticos.
A mayor tasa de crecimiento económico sin desarrollo humano, más se aproxima el punto en que la recuperación de nuestro sistema educativo exigirá recursos humanos, políticos, financieros, culturales y sociales que llevarán a Panamá a su límite como proyecto de país democrático, independiente y pleno de oportunidades.
Sin educación no se sale de la pobreza ni del subdesarrollo. Sin educación no hay libertad ni democracia. Sin educación no hay herramientas para que cada uno labre su propio destino.
El sistema país se mueve hacia su destino incumplido con una fuerza y a velocidad incontenible. El encadenamiento de sus características geográficas con la economía global (con todos los enormes peligros y oportunidades que de esa relación derivan) imponen inexorablemente su propio ritmo y condiciones, rompiendo el equilibrio entre política y economía, favoreciendo esta última. Este desequilibrio favorece la ruptura entre ciudadano y gobernante, haciendo crisis también en el sistema de representatividad.
La educación es una de las responsabilidades más significativas del Estado panameño, pero el desequilibrio del que vengo hablando la tiene rezagada y la ha tornado intrascendente para el destino de las personas.
Cuando la educación carece de utilidad social para el colectivo, el sistema educativo se vuelve un espacio controlado por la politiquería y el gremialismo, un espacio cuyas facilidades quedan reducidas a meros repositorios de niños y jóvenes.
La cobertura del sistema es razonablemente amplia. Sus resultados son desafortunadamente muy pobres. Su infraestructura está enferma y carece de facilidades funcionales apropiadas para activar con éxito e innovación un nuevo modelo pedagógico.
Los estudiantes panameños recorren el sistema escolar con tasas aceptables de permanencia y acumulan diplomas que lo certifican, pero sin que les aseguren un ingreso en la educación superior o en el mercado laboral.
El grueso de los contenidos académicos del sistema están cada vez más disociados de sus vocaciones y destrezas y no les ayudan ya a encarar la vida y a labrarse un futuro. El currículo de la escuela panameña colapsó porque la realidad, la vida, la sociedad y el mercado lo hicieron obsoleto.
El cuerpo docente, otro gran dilema, en su mayoría, ha quedado pedagógica, académica y científicamente atrapado en ese marasmo generado por el agotamiento del modelo que una vez dio tantos buenos frutos y la imposibilidad política de concertar un acuerdo y hoja de ruta que direccione el prolongado esfuerzo que será necesario para superar la crisis y romper con las ataduras disfrazadas de ideologías con agendas politiqueras y ajenas a los beneficios del sistema país.
La relación gobierno-educadores está muy intoxicada y atravesada de agendas particulares de parte y parte. Eso empaña el llamado a la reforma que plantea el de turno. Cualquier esfuerzo de convocatoria sería viable solo después de un conjunto de medidas de confianza y creación de escenarios lo menos politizados posibles.
Acompañar al Gobierno sin un tercero independiente y de jerarquía académica a escala mundial que nos brinde una definición clara que identifique los ejes de fuerza del desarrollo económico y humano nacional, para proponer un prototipo de lo que pretenden con la llamada reforma, hacia dónde quieren llevar el país, con quiénes se acompañará el proceso y cómo entrará la sociedad civil, más allá de la tríada educativa, es como montarse en el tren David-Panamá; una decisión sí, pero de resultado incierto.
Por: Ana Matilde Gómez R.
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