El poder que movió los votos sin sentarse en el pleno.
6 de Julio de 2026
Por: Ana Matilde Gómez R.
Exclusivo para Contrapeso
La reciente elección de la presidenta de la Asamblea Nacional no debe leerse solamente como una votación interna del Legislativo. Detrás de los votos, las alianzas y los discursos de verborrea estéril y de ocasión, hay una lectura política más profunda: el verdadero ganador de esa elección no estaba sentado en el pleno, y el verdadero perdedor, una vez más, fue el pueblo panameño y su falible modelo republicano.
En apariencia, ganó una bancada, una alianza y una nueva directiva. Pero, en el fondo, ganó el control político del Ejecutivo sobre un órgano que debería actuar con independencia. Cuando una Asamblea se ordena alrededor de cálculos de poder y no de las necesidades ciudadanas, la democracia queda reducida a una aritmética de votos. Y, cuando esa aritmética se impone por encima de la separación de poderes, el país pierde equilibrio institucional.
José Raúl Mulino llegó a la Presidencia de la República con una fuerza electoral que no puede entenderse sin el endoso político de Ricardo Martinelli. Mulino heredó una maquinaria, una narrativa y una promesa: devolverle al pueblo el famoso “chen chen” en los bolsillos. Esa frase funcionó como ilusión de alivio económico para miles de panameños cansados de la carestía, el desempleo y la desconfianza en los políticos tradicionales.
Pero la realidad ha sido otra. Una vez instalado en el poder, Mulino se fue desprendiendo de la figura que lo empujó hasta las urnas. La relación política, que antes parecía inseparable, terminó convertida en una muestra de conveniencia. Martinelli sirvió para ganar; luego dejó de ser útil como símbolo público de gobierno. Y el episodio del salvoconducto profundizó esa percepción: al permitir su salida del país, el Estado panameño dejó en el aire una pregunta incómoda sobre justicia, poder y privilegios.
Ricardo Martinelli fue condenado a 128 meses de prisión por blanqueo de capitales en el caso New Business y, además, quedó pendiente una multa millonaria. No se trata de una diferencia política menor ni de una disputa entre antiguos aliados. Se trata de una condena judicial en un caso emblemático de corrupción. Por eso, cuando el poder político facilita la evasión práctica de las consecuencias penales, el mensaje que recibe la ciudadanía es devastador: la ley no pesa igual para todos.
La elección en la Asamblea, entonces, es apenas el capítulo más reciente de una historia más amplia. A dos años de gobierno, con una desaprobación que distintas encuestas ubican en niveles alarmantes, Mulino ha tenido que volver a recurrir a RM. Intentó mostrarse distinto, como un hombre de ley y orden, pero las prácticas denunciadas de conflictos de interés, contrataciones directas, nombramientos de amigos y parientes, y una larga lista de etcéteras han terminado por demostrar que no era tan diferente de aquello que decía superar.
Por eso, si se mira con atención, la elección de la presidenta de la Asamblea no tuvo como gran ganadora a quien levantó la mano para asumir el cargo. El gran ganador fue el poder que logró ordenar el tablero sin necesidad de estar en todos los asientos. Y el gran perdedor fue el pueblo panameño, que votó esperando alivio, justicia y renovación, pero sigue recibiendo pactos, impunidad percibida y más distancia entre la política y la vida real. Si al final se gobierna con los mismos métodos y con los mismos pares deseosos de cogobernar, ¿para qué fingir falsas alianzas o falsas diferencias?
Queda, entonces, la interrogante de fondo: ¿quién se valió de quién? ¿El que está en el poder y ocupa la silla presidencial, pero necesita alianzas que no resisten un filtro democrático para gobernar? ¿O el que gobierna y decide sin estar sentado ni en la Presidencia ni en la Asamblea, pero al que ambos necesitan, buscan y temen? El costo y desenlace de esta maniobra aún están por verse, y todas las cuentas quedan por cobrar.
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