Pandora: la corrupción que ya ni sorprende.

28 de Julio de 2026

Por: Rubén Blades

Exclusivo para Contrapeso


En Madrid terminaremos la porción europea de nuestra gira musical de 2026. Con Roberto Delgado y el “Big Band” de Panamá, cumpliremos el duodécimo concierto programado, luego de habernos presentado en Italia, Suiza, Alemania y Francia. Los comentarios del público que, de manera entusiasta, asistió a nuestras presentaciones y las reseñas de los periodistas han resultado favorables. Nos ha llenado de alegría haber tenido la oportunidad de representar a nuestro país de manera positiva y demostrar que la mayoría de los panameños sabemos cómo cumplir con nuestras obligaciones de forma responsable.

Mientras nosotros estamos trabajando duro y ganándonos el sustento honradamente, en Panamá la corrupción sigue campeando y creciendo cada vez más. Ahora el escándalo du jour es la trampa destapada por el operativo Pandora, que parece haber sorprendido a más de uno. Funcionarios de la Dirección General de Ingresos (DGI) se apropiaron de fondos del Estado, aprovechando el acceso que les brindaban sus puestos en esa institución, precisamente encargada, entre otras funciones, de supervisar el cobro y el pago oportuno de obligaciones financieras.

Una de las incógnitas es por qué la estafa se desarrolló durante años sin que los supuestos controles estatales existentes notasen que testaferros manejaban y ostentaban dineros que no correspondían a sus reales capacidades económicas. Ni el propio Mesmer podría haber hipnotizado tan efectivamente a una población como para que esta ignorara la realidad de la corrupción y las excusas y contradicciones con las que voceros oficiales pretenden diariamente justificar lo injustificable.

Aunque aún languidece el escándalo de un ministro que hace poco defendió el secretismo de una compra gubernamental, argumentando razones de “seguridad nacional”, algo completamente absurdo, en una semana lo de Pandora no será recordado porque el asunto se verá reemplazado por otra exhibición de corrupción más fresca. ¿Por qué nos sorprende que funcionarios de menor jerarquía hayan decidido hurtar, hurtar y hurtar? Ellos comprenden que el sistema entero está podrido, desde la cabeza hasta la cola. Todo lo que han hecho es imitar a sus jefes en la hurtadera, a sabiendas de que, si los descubren, pueden acogerse al arreglo de pago por días de cárcel, subterfugio legal con el cual ya varios ladrones, antes modelos “civilistas” con nombres conocidos, han evitado pisar una celda luego de ser condenados por corruptos.

Al final, como ha sido la norma en Panamá, colgarán a los más pendejos, pero no a sus beneficiados cómplices, esos que aseguran que fueron cogidos de pendejos, aunque para otras cosas sí son unos tigres. Cuando más, el seguro de esas empresas les pagará sus pérdidas porque ocurrieron “de buena fe”, y el consumidor de sus servicios simplemente verá aumentar los gastos para adquirirlos.

¿Recuerdan a Rafael Guardia Jaén y el caso PAN? A pesar de los treinta millones de dólares que entregó de vuelta, solo un idiota puede creer que su subordinado cerebro fue el único responsable de idear y ejecutar el desfalco de los fondos del Programa de Ayuda Nacional. Ningún “cocotudo” pisó la cárcel, excepto Rafael, y no sorprendería que ocurriera lo mismo aquí.

En cuanto a la investigación sobre la súbita bonanza de un lote de “limpios”, la política bancaria “Conozca a su cliente” parece aplicarse o no de acuerdo con criterios que no parecen ser consistentes. El escandaloso ejemplo del caso Héctor Brands —¿lo recuerdan?— demostró que un perfecto limpio en Panamá puede, de pronto, aparecerse con una American Express Centurion, gastarse dinerales que no puede justificar con su sueldo, todo sin llamar la atención de las instituciones financieras y sus cacareados controles.

Yo, que puedo explicar cada real que ingresa a mis cuentas, me veo en la continua necesidad de cumplir con las demandas de prueba de procedencia de ingresos que exigen los bancos. Conste: no me quejo por eso, pero debieran hacerlo con todos, y la realidad es que en Panamá no ocurre así forzosamente.

En una encuesta realizada recientemente por un diario panameño, una de las conclusiones anunciadas fue que, para una parte de los entrevistados, el mayor problema en Panamá es la corrupción. Si es así, ¿por qué razón más de un millón de panameños está inscrito en colectivos políticos corruptos que se nutren del clientelismo, que ayuda a la corrupción a mantenerse en el poder y controlar el país? ¿Acaso no son los votos de la ciudadanía los que los sostienen y alimentan? ¿De qué se queja aquel que eleva al poder a quien lo oprime?

De acuerdo con la mitología griega, la esperanza fue lo único que no escapó de la jarra que abrió Pandora. Pero en Panamá pareciera que confiar en la probidad del servidor público es inútil. Nuestra esperanza, dondequiera que haya ido a refugiarse, parece que ya se ha cansado de esperar.

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