Ricardo Lombana, la factura de un secreto
29 de Septiembre de 2026
Por: Rubén Blades
Exclusivo para Contrapeso
Es difícil desestimar la coincidencia. En el preciso momento en que Vamos decide convertirse en partido político y comienza a movilizarse para solicitar a la ciudadanía su apoyo electoral, una figura que por años ha representado la esperanza nacional contra la corrupción política ve su credibilidad empañada por una reunión secreta. ¿Casualidad o premeditación?
Uno de los efectos lógicos de un escándalo semejante sería el aumento del escepticismo popular hacia cualquier propuesta anticorrupción, como consecuencia del desencanto y la sacudida de fe provocada por la noticia. Convencer a un pueblo cínico e incrédulo de la sinceridad del argumento anticorrupción es probablemente más difícil después de producirse una decepción como la creada por Ricardo Lombana.
Sigo sin entender el propósito de ocultar el encuentro, ni por qué, después de regresar de Colombia, Lombana no convocó a su bancada legislativa Seguimos para compartir lo “escuchado” de boca del prófugo. Tampoco vislumbro la ganancia política que se esperaba obtener, el beneficio capaz de justificar semejante decisión.
Alguien escribió un artículo arguyendo que el viaje demostró la “madurez política” del excandidato y presidente de Moca, porque en Panamá “... tenemos que tragar sapos...” si deseamos tener éxito. Este absurdo tipo de lógica es una de las razones que hacen que nuestra realidad política sea controlada por la deshonestidad.
Acceder a “tragar sapos” normaliza la amoralidad y la acepta como algo irremediable, nos convierte en cómplices de la corrupción política y nos ubica en una posición de subordinación que resulta humillante, porque nos somete. Nosotros creamos ese tipo de mito con nuestra cobardía cívica y baja autoestima. Nos creemos buenos panameños, pero elegimos y aceptamos ser gobernados por gente incapaz y corrupta. En realidad, “tragar sapos” no es necesario.
Lo imperativo es aceptar nuestra irresponsabilidad civil y corregirla eligiendo a gente capaz y honesta.
No perdamos la perspectiva. El problema no es que Lombana haya aceptado reunirse con un rival político. En Panamá tenemos que hablar todos, con todos y de todo, pero hay que hacerlo de frente, de forma honesta. Durante mis cinco años en el servicio público, mi deber como funcionario exigió atender a personas que me resultaban desagradables y jamás se me ocurrió aceptar la opacidad como condición necesaria para conversar o “escuchar”. Aquí radica el meollo del tema: si Lombana hubiese anunciado su decisión y explicado su motivo para entrevistarse con el prófugo, entonces quizás se podría plantear su acto como ejemplo de “madurez política”. Si Lombana, a su regreso de Colombia, hubiese presentado a su bancada legislativa información que los ayudara a desarrollar propuestas sobre las reformas electorales a discutirse, entonces tal vez el viaje hubiese adquirido justificación para sus copartidarios.
¿Acaso Martinelli sabe algo que obligó a Lombana a irlo a ver y por eso mantuvo el viaje en secreto?
La acusación de que Martinelli ha recurrido al chantaje para obtener beneficios es algo que ha sido discutido y denunciado públicamente antes. No es absurdo asumir que el encuentro pudo ser forzado.
Basta y sobra recordar la experiencia de Bosco Vallarino para considerar el punto. Cualquier tema, frase o expresión comprometedora de Lombana contenida en conversaciones grabadas con Martinelli y otros pudo haber sido utilizada en su contra a cambio del apoyo de Moca en la Asamblea, cuando se reanude el intento de otorgarle al prófugo algún tipo de reconsideración legal que le permita regresar a Panamá y renovar su carrera política. ¿Acaso fue esa contingencia la razón por la cual la bancada de Seguimos, al enterarse de la reunión, se apresuró a declarar al país que “no apoyarían amnistías” ni “pactarían con corruptos”? Si lo que se procuraba era perjudicar cualquier futura oportunidad electoral de Moca, la trampa funcionó a la perfección. No solo se ha carbonizado la ilusión de los que idealizaron a Lombana. La sospecha y la descalificación del electorado, abanicadas por la desilusión del “... vihte, te lo dije...” y el “... eh, por gusto...” del eterno cínico, han hecho más empinada la loma que enfrenta quien incursiona en el proceso político, especialmente si lo hace por primera vez. ¿Acaso fue esa la intención detrás de la invitación a Colombia? ¿Defenestrar a Lombana, exhibiéndolo como un “fraude”, para así crear la decepción popular que impediría la recolección de firmas para constituir a Vamos en partido oficial? ¿Fue acaso ese propósito el que motivó al abogado de Martinelli a “sapear” y revelar súbita y públicamente el secreto viaje? De ser así, él, Camacho y el prófugo se jodieron, setenta mil veces.
He recibido con mayúscula alegría la noticia de que Vamos ya obtuvo las 70,000 firmas para constituirse en colectivo político y lo hizo en menos de un mes de silencioso y efectivo trabajo. Esa realidad feliz contrarresta y desinfla la otra campaña en medios y redes, patrocinada por la partidocracia corrupta y sus patrocinadores, que busca desanimar cualquier muestra de simpatía y apoyo a la intención electoral de candidatos y partidos independientes, asegurando que son tan inescrupulosos como aquellos a los que critican. Fracasaron los que pensaron aprovechar la coyuntura del “efecto Lombana” para hacer ver que todos los que cuestionan al sistema por corrupto están igualmente podridos.
Octavio Paz comentó que, en política, lo que se cree no existe a menos que se demuestre.
Hoy más que nunca, la ciudadanía necesita ver que no es inútil creer en el Panamá posible, y estas 70,000 firmas que acaba de recoger Vamos demuestran que sí queremos, sí creemos y sí podemos.
Ha sido la más grande bofetada a la corrupción en los últimos años y sugiere que “a rey muerto, rey puesto”. El pueblo ha decidido crear una mejor alternativa política y esa reacción ya no la para nadie.
¡Viene el cambio! ¡Viene Vamos!