La normalidad de lo podrido
17 de Febrero de 2026
Exclusivo para Contrapeso
A raíz de la publicación de la reciente evaluación de Transparencia Internacional sobre la corrupción político-administrativa a nivel mundial, otra vez leo publicaciones en Panamá lamentando nuestra pésima posición en la escala que mide el tema. Como si el asunto debiera sorprendernos o impresionar a una ciudadanía que, de manera constante y uniforme, ha manifestado su indiferencia cívica de mil distintas formas.
En Panamá, algunos continuamos identificando a la corrupción político-administrativa como un problema, pero es hora de crear un nuevo término para identificarla. Cuando hablamos de corrupción, primero es necesario asumir la existencia de un cuerpo sano. ¿Cuándo fue la última vez que en Panamá existió una administración pública "sana"?
Si, en efecto, como lo expresa la opinión de una mayoría ciudadana, nuestro actual sistema político y administrativo se ve afectado por una corrupción de muchas décadas, entonces no debemos continuar definiendo lo que ocurre como "corrupción". Lo que ha estado podrido no puede "corromperse"; ya lo está, y esa anormalidad se ha convertido en la normalidad que rige el devenir nacional. Nuestro sistema y paradigma administrativo está basado en el "clientelismo político", en el "amiguismo", el nepotismo, el soborno, el "¿qué hay pa' mí?", y tal realidad continúa prohijando Asambleas que sirven intereses antipatria y antipopulares, que patrocinan a un Órgano Judicial inconsistente y vulnerable al "matraqueo" y al "chanchullo". Todo apoyado por la ausencia de una indignación o protesta social sostenida. ¿Y quiénes son los responsables de tan horrorosa situación? Nosotros. ¿Por qué, entonces, nos quejamos del estado actual de un Estado que nuestra desidia ha hecho fallido? Lamentar editorialmente la corrupción sin aceptar nuestra responsabilidad por su existencia es un ejercicio de falso civismo, dirigido a disimular el hecho de que el ciudadano promedio solo cree en el Panamá inmediato, el de hoy. La ciudadanía parece no poseer una visión solidaria del futuro, quizás porque tal concepción resulta imposible de ser producida por quienes continúan mental y emocionalmente dudando o ignorando el potencial de su fuerza personal y colectiva, con su autoestima aún sufriendo el efecto desmoralizador del colonialismo.
Se anuncia que pronto concluirá el juicio en Panamá sobre los sobornos que el grupo Odebrecht ofreció a figuras políticas y civiles locales, y pocos creen, a nivel nacional, que el desenlace producirá un resultado justo o adecuado. ¿Cómo suponerlo si nos resulta imposible creer que la justicia será aplicada de acuerdo con la norma? Debe resultar patético esperar lo mejor, a sabiendas de la realidad de nuestra corrupción nacional, pero muchos prefieren esconderse tras una fantasía que esperan los proteja de algo peor cuando, en realidad, ya nada puede ser más pésimo que la mentira representada por "la política" actual. Nuestra "democracia" se limita al espectáculo del "voto", la elección celebrada cada cinco años. La idea de "justicia" es percibida como algo que solo existe para el que pueda pagar abogados influyentes. La "libertad" es patrimonio exclusivo de los que tienen dinero, influencia y poder para evitar que los jodan, con o sin razón. Todo es un cuento. Vivimos de la ilusión, lo sabemos y no hacemos nada para cambiar eso que decimos nos afecta, preocupa o detiene.
Frente a la vista de todos se desarrolla la mentira, con su ropaje de oficial solemnidad y olor a carro nuevo, maquillada por expertos sofistas al servicio de la continuidad de un sistema administrativo fallido. La mayoría del país o lo sabe o lo presiente, y aun así vivimos quejándonos sin hacer nada por verdadera y definitivamente cambiar eso que produce nuestro lamento y descontento.
Viene el desenlace del "affaire Odebrecht" y, mientras se preparan argumentos e interpretaciones legales que permitan la eliminación o reconsideración de sentencias ejecutoriadas, todo hecho con nombre y apellido propios, dirigidas a borrar fallos y favorecer a declarados corruptos, como el expresidente convicto Ricardo Martinelli, quien pacientemente espera por el pago al patrocinio político que llevó al solio presidencial a José Raúl Mulino, actual mandatario de nuestro país y autodeclarado amigo y aliado del hoy prófugo de la justicia.
¿Qué nos asegura que las expectativas de no impunidad de los culpables no se verán premiadas en el futuro? Absolutamente nada.
El informe de Transparencia Internacional nos identifica compasivamente como... un país "con una democracia imperfecta".
A pesar del eufemismo, sabemos perfectamente la verdad que oculta su dictamen: nuestro sistema, sea administrativo o político, y los Órganos Judicial, Legislativo y Ejecutivo, están carcomidos desde hace mucho tiempo por el comején de la corrupción.
Aun reconociendo la existencia de personas decentes y de funcionarios honorables, correctos, honrados, que tratan de evitar el desmoronamiento final de nuestra "democracia", la vaina no se ve bien para nuestro país, no importa el ángulo que se aplique.
Como lo indicó el brillante William Shakespeare en su obra teatral "Julio César", la culpa de lo que nos ocurre no está en las estrellas, sino en nosotros mismos.
Por: Rubén Blades