El remezón de Washington y sus efectos en Panamá

4 de Noviembre de 2026

Por: Juan McKay
Analista político especialista en política estadounidense

Exclusivo para Contrapeso


Terminan las elecciones de medio término en Estados Unidos y todo parece indicar que inicia una nueva etapa del gobierno de Donald Trump, quien, en su calidad de presidente, realizó 30 giras de apoyo a candidatos del Partido Republicano en 32 días, quizás un récord para un mandatario en ejercicio.

El descontento de la población se hizo sentir en las urnas de una manera tan enérgica que resonó en una significativa mayoría de los estados de esta nación, quizás la más poderosa del hemisferio occidental y principal socio comercial de la mayoría de las naciones del continente, en especial de Panamá, con quien nos une una relación histórica, con sus altas y sus bajas, y una relación comercial aún mayor.

Una cifra poco usual para unas elecciones de mitad del período envió un mensaje que estremeció los cimientos hasta de la nueva ala en construcción de la Casa Blanca, en Washington, D. C. Según las encuestas a boca de urna que realizaron las cadenas de noticias estadounidenses, la principal razón del voto era un llamado a corregir lo que sorprendió a muchos en canales de televisión afines al propio presidente de turno, cuando los votantes alegaban que había que poner un alto a la corrupción, lo cual marcó un claro primer lugar entre las respuestas que se recibieron.

En segundo lugar, aparecía el gran lunar de muchas administraciones: a los ciudadanos no les gusta tener a su país en una guerra, y menos si es una que no entienden y que, desde la perspectiva de muchos, se inició a solicitud de otro mandatario en otro país y que, al igual que las armas de destrucción masiva que se alegó que existían durante la invasión a Irak por parte de otro presidente republicano, no se han visto.

Ahora, ¿por qué es tan importante el resultado de unas elecciones donde no se elige a una nueva cabeza del Órgano Ejecutivo? En el sistema estadounidense, el Congreso tiene, entre sus responsabilidades, la aprobación de cualquier ley que requiera aprobación parlamentaria, especialmente el presupuesto general de la nación, así como promover investigaciones contra los ministros de Estado del gobierno de turno. Igualmente, el Senado podría bloquear la designación de nuevos funcionarios.

Algo muy importante: es el Congreso el que pudiera demorar o negar la designación de nuevos magistrados de la Corte Suprema de Justicia y de jueces federales, clave para un balance correcto en un sistema democrático, como ha quedado demostrado en el último par de años.

Las prioridades del Ejecutivo estadounidense van a tener que ajustarse a esta nueva realidad, lo cual debilitará el poder del presidente, y no sería extraño verlo retornar a las «órdenes ejecutivas», las cuales podrían ser «demoradas» en su entrada en vigor, por no decir que también pueden ser anuladas.

Los próximos dos años serán para comprar palomitas de maíz y sodas, y hasta un «raspao» con bastante leche condensada, pues, si la inteligencia no prevalece en el nuevo estilo que debería ser, ya veremos un gobierno paralizado por la intransigencia de las partes.

Interesante, por decir lo menos, ver que en el nuevo Congreso habrá combinaciones que nadie se imaginó, mucho menos el actual presidente. Un senador musulmán a quien el presidente sugirió hacer pasar por un detector de metales antes de entrar al Congreso, varios legisladores de origen latino, así como una mujer en el estado de Texas, electa para ser la primera latina en ocupar la gobernación del estado.

Pero ¿por qué nos debe importar tanto el resultado de estas elecciones a países que, como Panamá, no somos parte de esa nación? Pues es nuestro principal socio comercial, se mantiene entre los primeros lugares de origen de gran cantidad de turistas que nos visitan y de nuevos residentes que nos han escogido como su nuevo hogar.

Ahora, ¿se van a ver cambios de inmediato? La respuesta es un rotundo no. El cambio en el Congreso estadounidense no se dará hasta enero y se percibirá una vez empiecen a generarse nuevas leyes o designaciones. Lo que sí creo es que una de las primeras cosas que se iniciarán serán las investigaciones a funcionarios del actual gobierno, entre los cuales considero que ocupará uno de los primeros turnos, si no el primero, el actual secretario de Guerra, Pete Hegseth, lo cual podría tener una incidencia directa en el mal llamado «escudo de las Américas», que supuestamente debe promover la defensa contra el narcoterrorismo, aunque, por alguna razón curiosa, este escudo no tiene presencia para combatir ni el consumo ni el lavado del producto del microtráfico en el propio EE. UU.

No me extrañaría que una de las primeras iniciativas que se vean en el nuevo Congreso sea propiciar la eliminación de los aranceles impuestos a varias naciones del mundo, incluyendo algunas de nuestro continente americano. Esta medida podría ayudar a que nuestros puertos y toda la industria logística del país se vuelvan a fortalecer, lo cual generaría nuevos empleos, circulante y desarrollo económico para todo el país.

Llega un momento para el país que debe ser aprovechado por el actual Ejecutivo para desarrollar nuevos negocios y nuevas oportunidades para Panamá, a través de esas grandes empresas que han encontrado en nuestro país tierra fértil para su desarrollo.

Es un buen momento para partir por delante de los vecinos y promover una agresiva estrategia diplomática con las nuevas autoridades, que pudiera servirnos de apoyo para, por un lado, dejar claramente establecido que el Canal es panameño y lo seguirá siendo, y que no nos veamos amenazados por arbitrariedades egocentristas; y, por el otro, para negociar nuevas oportunidades para nuestra nación.

Es una bendición muy grande estar donde estamos y saber que no solo podemos, sino que queremos trabajar de la mano con nuestros socios, pues tenemos claro que, mientras tengamos una buena relación de respeto, tendremos una mejor relación comercial, base fundamental de nuestro ser y estar.

WhatsApp Compartir en WhatsApp
Siguiente
Siguiente

Falta de protocolos: el costo de improvisar