El juega vivo también da clases

31 de Agosto de 2026

Por: Rodrigo Noriega

Abogado

Exclusivo para Contrapeso


Una joven maestra de escuela primaria del sector público interrumpió su clase matutina con niños y niñas que ven en ella una segunda madre. Acudió a la dirección del plantel, donde la esperaban la directora y un fiscal que le notificó una orden de aprehensión. Afuera fue esposada y trasladada en una patrulla al recinto donde deberá permanecer hasta su audiencia de imputación y medidas cautelares. Su presunto delito es la compra de un diploma con el cual obtuvo el puntaje que le abrió las puertas de esa escuela pública. Pase lo que pase, a esos niños y niñas se les ha robado parte de su inocencia.

La opinión pública panameña está atosigada de casos penales, escándalos de nepotismo y conflictos de interés. Queda un sabor amargo de crisis de la moral pública. Nos vemos reflejados en la maestra, el auditor, el abogado, el médico, el policía, la ministra, la magistrada o el político involucrado en el escándalo de turno. En la última década, la pasarela de la justicia estuvo conformada por banqueros, expresidentes, exministros, empresarios de alto vuelo y hasta rostros de la televisión. Ahora son personas de clase media y trabajadora las que ven sus nombres en los diarios, pagan abogados para enfrentar a la justicia y cargan con el estigma de su presunta conducta. No nos engañemos: hay corruptos en todas las familias, clases sociales, religiones y partidos políticos.

Por razones históricas, Panamá siempre tuvo proclividad al “juega vivo”, a la trampa, a la tranza y al dinero sucio. La asfixiante burocracia del imperio español en la época colonial fomentó una sociedad en la que la corrupción fue un atajo de pocas consecuencias. A eso se sumó una cultura económica basada en la encomienda, donde el trabajo indígena era prácticamente gratuito, y en la esclavitud, donde el trabajo de los afrodescendientes no tenía remuneración. Todo eso moldeó una mentalidad profunda. Esta es una República en la que, salvo periodos excepcionales, la corrupción sí ha pagado. Y parece que sigue pagando. La impunidad se exhibe sin pudor.

La gran ruptura

La formación de la clase media panameña nace de tres fenómenos distintos, pero relacionados. El primero fue la excelente educación pública de la primera mitad del siglo XX, que abrió las puertas a su masificación y consolidación. El segundo fue la creación de un colchón social para muchas familias en momentos de vulnerabilidad: la Caja de Seguro Social. El tercero fue el acceso barato al capital. Para comprar una vivienda, adquirir un automóvil o iniciar un negocio, Panamá estuvo durante años a la cabeza de América Latina en facilidad de acceso al crédito.

Con más educación y más crédito, las familias de clase media hicieron posible que la reversión del Canal fuera viable, gracias a una masa crítica de profesionales y técnicos capaces de asumir los exigentes puestos de la Autoridad del Canal de Panamá. Algo similar ocurrió con el Centro Bancario Internacional. Profesionales y técnicos bilingües permitieron que crecieran en Panamá bancos y servicios financieros de categoría mundial. Así se dibujó una promesa panameña: si estudias y te preparas bien, tendrás un buen trabajo, acceso al crédito y la posibilidad de mejorar la condición económica de tu familia.

Hoy esa promesa parece un contrato roto. Y eso incentiva a cada vez más panameños a tomar atajos.

El offshoring

La historia económica panameña tiene capítulos de avance social e institucional producto de luchas sociales y grandes acuerdos nacionales. También tiene otros que generaron distorsiones y llevaron al país hacia un modelo basado en exoneraciones de impuestos y privilegios. Ese modelo produjo mucha prosperidad, pero concentrada en pocas manos.

Es cierto que la Zona Libre de Colón genera mucho empleo. Pero el no pago de impuestos sobre la renta o sobre transferencias de bienes y servicios debilita la posición fiscal del Estado. Esa pérdida de ingresos se suma a las carencias estructurales de Colón y termina creando un enclave de prosperidad rodeado de pobreza y violencia.

El modelo de la Zona Libre de Colón ha sido copiado hasta llegar a cerca de medio centenar de zonas francas. Pero no todas pueden justificar sus beneficios con los miles de empleos que genera la Zona Libre. A esto se suman las exoneraciones de transacciones financieras en la bolsa de valores, las fundaciones de interés privado, los fideicomisos y el régimen de Sede de Empresa Multinacional, entre otros.

El resultado ha sido una tendencia clara: la carga tributaria recae cada vez más sobre asalariados, profesionales y empresas que no se han acogido a regímenes especiales. La ilusión de que las exoneraciones bastarían para atraer inversión extranjera y generar cientos de miles de empleos no llegó a buen puerto.

La esperanza canalera

Las dos grandes tendencias de las finanzas públicas panameñas en el siglo XXI son el aumento de las rentas del Canal y el crecimiento exagerado de la deuda pública. El mantra de “pide prestado que con el Canal pagamos” convirtió a Panamá en otro pobre país petrolero.

Nuestro petróleo es el Canal. Sus rentas, en vez de servir para resolver problemas fundamentales del país, se han convertido en garantía del endeudamiento público. Así, el Canal termina subsidiando un modelo económico en el que una parte de la élite empresarial paga muy poco o simplemente no paga.

La economía panameña ha sido liberalizada durante los últimos 35 años. La pequeña y mediana industria prácticamente desapareció con la rebaja de aranceles y la libre importación de bienes. Al mismo tiempo, buena parte de la gran empresa panameña pasó a manos de capital extranjero: cementeras, bancos, industrias de bebidas, parte del sector lácteo, panificadoras, cervecerías, supermercados, ingenios azucareros, la principal marca de café y otros negocios.

El empresario panameño que vendió su empresa se convirtió muchas veces en rentista, dueño de un nuevo yate, una mansión de playa o una casa en Boquete. El músculo productivo del país se quedó sin relevo generacional.

Mientras eso ocurría, la educación pública perdía calidad y la mejora continua de los salarios en el sector público hacía del gobierno un destino cada vez más atractivo. Conseguir un puesto público empezó a depender de redes clientelistas, relaciones familiares o favores políticos. El empleo público se convirtió demasiadas veces en botín electoral o premio de una transacción.

Al mismo tiempo, la megacorrupción de contratos y licitaciones coronaba una era. Precisamente cuando Panamá alcanzaba el grado de inversión, maximizaba su crecimiento con la ampliación del Canal y recibía grandes capitales extranjeros, se desencadenó la mayor corrupción que este país ha conocido.

La llave de la decadencia

La gran corrupción de los gobiernos pasados terminó convirtiéndose en una crisis de la justicia. El resultado ha sido, en buena medida, la impunidad y la no recuperación de fondos públicos.

Existió complicidad de la Asamblea Nacional, del Órgano Judicial y del Órgano Ejecutivo de varios gobiernos para que muchos procesos se cayeran por “exceso del tiempo de investigación” o para que fallos condenatorios fueran anulados en instancias superiores. Esa megacorrupción regó sus semillas por toda la República.

Los representantes de corregimiento y alcaldes beneficiados con la descentralización paralela palidecen frente a los políticos que se beneficiaron de cientos de millones de dólares distribuidos a través de la junta comunal de Río de Jesús, en Veraguas. En el interior del país se ven mansiones, fincas, caballos de paso, sementales y vehículos de alta gama propiedad de políticos y exfuncionarios a los que probablemente nunca llegará la Contraloría para documentar un posible enriquecimiento ilícito. Y aunque llegara, el Ministerio Público ya está saturado y asediado.

El poder del ejemplo de la impunidad es la peor pedagogía de la corrupción. ¿Cuántos diputados de los partidos tradicionales se han convertido en millonarios gracias a su curul? No sabemos la cifra exacta, pero las planillas “CashBack”, los fondos discrecionales, las partidas de descentralización, los contratos del IDAAN para camiones cisterna, las libretas de lotería, los cupos de taxi, la venta de terrenos estatales a centavos por metro cuadrado y hasta las canteras y contratos de obras locales se han convertido en fuentes de dinero para una partidocracia enferma.

Ese veneno de la impunidad, la riqueza fácil y el clientelismo ya llegó al torrente sanguíneo de la sociedad panameña. Los créditos fiscales irregulares en la Dirección General de Ingresos, la compraventa de diplomas falsos para obtener cargos reales en el sistema educativo, la venta de permisos de armas por policías, el preñado de contenedores con droga con ayuda de agentes de Aduanas, el cambio de colillas de maletas en Tocumen y tantos otros casos que ya se pierden en la memoria son síntomas de una enfermedad moral más profunda.

El suero de la verdad

Quiero ser sumamente honesto. No espero mucho del actual sistema de justicia en estos temas. Existen lealtades, relaciones, ambiciones personales y pagos de favores que entorpecen las actuaciones de fiscales, auditores e investigadores. El país se distraerá con otros temas, nuevos escándalos y más casos de nepotismo o conflictos de interés.

La gran esperanza está en otra parte. Esa esperanza eres tú, querido ciudadano.

Si estás harto de pagar impuestos que crees que serán despilfarrados o terminarán en los bolsillos de algún corrupto; si te molestan los baches y cráteres en las calles; si sufres por la falta de agua potable; si te preocupa el estado de las escuelas públicas; si recuerdas el abandono de niños y adolescentes en los albergues de la SENNIAF; o si te ofende la impunidad, tú puedes cambiar las cosas.

Empieza en pequeño. No permitas la deshonestidad ni las faltas a la ética en tu entorno. Documenta los abusos e irregularidades que conozcas. Sobre todo, explícales a los niños y niñas que te rodean por qué quienes hacen daño a los demás deben enfrentar las consecuencias de sus actos.

Si no estás activo en política o en redes sociales, actívate. Apoya a quienes intentan sanear la política panameña y promueven un modelo democrático transparente y una gestión responsable del presente y del futuro.

Esta historia no tiene un final feliz todavía. El relato de la macrocorrupción y la minicorrupción en Panamá solo terminará cuando la mayoría rechacemos el juega vivo, dejemos de celebrar el “me robó y simuló que hizo” y le demos la cara al mundo.

Somos los encargados de cambiar este país.

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