Cosas que no entiendo de Panamá: ¿por qué el tranque es culpa de la corrupción?

22 de Mayo de 2026

Por: Esperanza Villalobos

Exclusivo para Contrapeso


Rufina Alfaro, un corregimiento de San Miguelito, está colapsando. Pero su historia se parece a la de muchas otras barriadas dentro de una ciudad que parece crecer de manera desordenada.

En 2024 empezó a operar la Policlínica Dra. Cecilia Guerra de la Caja de Seguro Social, ubicada en San Antonio. Desde entonces, en las horas de la mañana, cuando los residentes salen de sus casas para ir a trabajar y llegan los pacientes de la policlínica —que no cuenta con suficientes estacionamientos para su personal y visitantes—, el tranque los recibe prácticamente en la puerta de sus hogares. Para los vecinos de esta zona, el tráfico ya no es una problemática que pueda evitarse tomando rutas alternas o esquivando las calles principales; parece acompañarlos desde el momento en que ponen un pie fuera de casa hasta que regresan.

Para quienes viven en Paitilla, Condado del Rey, San Francisco, Hato Pintado y otras zonas residenciales, esta situación no resulta extraña. Panamá ya no parece una ciudad organizada por sectores claramente definidos, sino una mezcla caótica de residencias y áreas comerciales luchando constantemente por espacio, muchas veces con pocos o ningún estacionamiento disponible. Hay lugares de la ciudad a los que simplemente ya no se puede ir en carro sin enfrentar problemas. Y junto con ese desorden llegan también las molestias vecinales: vehículos estacionados frente a las casas durante todo el día, calles saturadas y comunidades que sienten que perdieron el control de su entorno.

En el Reglamento de Tránsito de Panamá, el artículo 175 establece las zonas donde está prohibido estacionarse. Estas áreas suelen estar señalizadas con pintura amarilla en el borde de la acera, acompañada de señales de tránsito que indican la restricción. Frente a las residencias normalmente no se coloca esta señalización, porque los espacios urbanos fueron concebidos para permitir que las personas puedan estacionarse cerca de sus hogares o que las visitas tengan dónde hacerlo. Esa misma lógica es la que hoy permite que quienes asisten a la policlínica ocupen los espacios frente a las viviendas.

Por su parte, el artículo 178 enumera los lugares donde no debe estacionarse un vehículo: en curvas, a cinco metros de una esquina, a diez metros de una señal de “Alto”, frente a accesos residenciales o en cualquier punto que impida la entrada o salida de vehículos. Todas estas situaciones constituyen infracciones que pueden terminar en multas y en el retiro inmediato del vehículo mediante grúa, si se solicita la intervención de la ATTT.

La molestia de los residentes es entendible. El problema recae sobre los vehículos y sus conductores ocupando espacios que originalmente eran residenciales. Pero tampoco se trata de negar que comunidades como Rufina Alfaro necesitan policlínicas, escuelas y nuevos comercios. La solución no pasa por eliminarlos, sino por aceptar que el crecimiento urbano exige planificación seria. Y ahí es donde aparece la verdadera contradicción: el desarrollo llega, pero sin la infraestructura adecuada para sostenerlo.

La policlínica fue construida durante la administración del expresidente Laurentino Cortizo, y hoy las consecuencias de esa planificación insuficiente recaen sobre el gobierno actual. Esto deja en evidencia un fenómeno que se repite constantemente en Panamá: gobiernos que priorizan inaugurar obras rápidamente, sin completar estudios integrales, sin suficiente participación ciudadana y sin prever los impactos reales sobre las comunidades. Luego, los problemas quedan heredados a la siguiente administración.

Porque sí: omitir planificación, evitar diálogos ciudadanos y construir obras incompletas también es corrupción.

Y ustedes, ¿cuántas horas pasan en el tranque?

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