Cosas que no entiendo de Panamá: ¿por qué insistimos en llamarla Tumba Muerto si ese no es su nombre?

31 de Julio de 2026

Por: Esperanza Villalobos

Exclusivo para Contrapeso


La Tumba Muerto no se llama así. En 1994, a través del Acuerdo Municipal n.º 23, se le colocó el nombre de avenida Ricardo J. Alfaro a la vía que va desde la intersección con la avenida Simón Bolívar hasta la intersección con la carretera Boyd-Roosevelt, en honor al expresidente y diplomático que falleció en 1971. Pero, aun así, con todo y documentos legales, la gente lo sigue llamando Tumba Muerto.

Es un fenómeno que explica la toponimia, la disciplina lingüística que estudia el origen, el significado y la evolución de los nombres de los lugares, como las calles, ríos, barrios y ciudades enteras.

Dentro de esta disciplina existe la resistencia toponímica. Es cuando las personas se rehúsan a aceptar el nombre oficial de un lugar y utilizan un nombre que significa mucho más para ellas, ya sea hasta que se olvide o hasta que se convierta en el nombre oficial.

Mucho antes de la calle que conocemos, se tenía evidencia, en un mapa de 1911, de que un camino a las afueras de la capital se llamaba el Sendero Tumba Muerta. Este nombre viene de una leyenda urbana sobre la aparición de un fantasma con una soga al cuello que merodeaba la zona.

El nombre quedó tan arraigado que, en 2013, cuando se implementaron los ruteros de metrobuses, la ruta se llamaba Tumba Muerto. En 2020, MiBus tuvo que informar que, para respetar el legado del presidente, utilizarían el nombre oficial de la avenida. Pero en Google Maps, comunicados gubernamentales y los medios siguen llamándola la Tumba Muerto.

En otros casos, la resistencia toponímica de la población suele lograr que se cambien y olviden los nombres oficiales. Fue lo que ocurrió en El Potrero, un corregimiento del distrito de Capira. Desde principios del siglo XIX se le llamaba así porque sus tierras se utilizaban para pastear el ganado, pero a su población no le agradaba para nada este nombre.

La alternativa no fue cambiarlo por algo que a su población le pareciera más adecuado; fue una coincidencia con causa. Varios países del mundo, para 1943, estaban colocando el nombre de Lídice a pueblos, plazas y hasta a bebés. Y es que, el 10 de junio de 1942, los nazis llevaron a cabo un ataque en Checoslovaquia, destruyendo por completo el pueblo de Lídice. Para que no desapareciera de la historia, unirse a la causa y aprovechar que la población de El Potrero solo quería otro nombre, el Ayuntamiento de Panamá, mediante la Resolución n.º 144 del 4 de septiembre de 1943, cambió el nombre de El Potrero a Lídice.

La resistencia no siempre es entre el Estado y la población; también nos ha tocado resistirnos al resto del mundo juntos. Así pasó con Aspinwall, la comunidad que se estableció en la última parada del ferrocarril en 1852. La Panama Railroad Company quiso ponerle el nombre de Henry Aspinwall para honrar a uno de sus directores. Pero la Gobernación de Panamá y sus habitantes ya habían elegido otro nombre: Colón.

Los Estados Unidos y otros medios extranjeros ya habían popularizado Aspinwall. Así que el gobierno ordenó a las oficinas postales del Istmo rechazar toda correspondencia que utilizara el nombre de Aspinwall, obligando al mundo a aceptar que Colón era su nombre oficial.

Y ustedes, ¿saben de lugares que se resisten a sus nombres?

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