Sin ética no hay independencia. Sin independencia no hay confianza.

10 de Febrero de 2026

Exclusivo para Contrapeso

Este artículo surge de una invitación que agradezco públicamente. Fui convocado como conferencista al Congreso Nacional de Auditoría Interna (CONAI 2026), organizado por el Instituto de Auditores Internos de Panamá (IIA Panamá), bajo el lema “Adaptar, innovar, liderar”. Durante tres días, más de doscientos profesionales de auditoría, riesgo y control reflexionaron sobre transformación digital, inteligencia artificial, madurez organizacional y los desafíos estratégicos de la profesión.

Se me pidió cerrar el congreso con una ponencia titulada “Ética, independencia y confianza en tiempos de cambio”. No como un tema técnico más, sino como una reflexión transversal. Lo que sigue recoge —y desarrolla— esas ideas, trasladadas ahora al formato de columna, para un público más amplio, pero con la misma intención: incomodar con preguntas que no siempre nos hacemos.

En tiempos de cambio acelerado solemos concentrarnos en herramientas, procesos, innovación y métricas. Hablamos —con razón— de tecnología, analítica avanzada y nuevos riesgos. Todo eso importa. Pero hay algo que, si falla, vuelve irrelevante cualquier sofisticación técnica: la ética, la independencia y la confianza.

No como conceptos aislados ni como slogans, sino como un sistema interdependiente. Si la auditoría no es ética, no es independiente. Si no es independiente, no genera confianza. Y sin confianza, la auditoría —por más avanzada que sea— pierde legitimidad.

Ética: cuando lo no jurídico necesita ser codificado

El Instituto de Auditores Internos promueve un Código de Ética sólido, basado en principios claros: integridad, objetividad, confidencialidad y competencia. No hay discusión técnica sobre su calidad. El problema nunca ha sido el texto.

La paradoja es otra: la ética, en su esencia, no es jurídica. No nace de la ley, no depende de la coerción ni del castigo. Es una convicción interna. Y sin embargo, las profesiones sienten la necesidad de codificarla. ¿Por qué?

Porque cuando la ética empieza a fallar, intentamos sustituirla por reglas. Y cuando las reglas no se aplican, el código se convierte en un ritual vacío.

Panamá ofrece un ejemplo revelador. En dos momentos distintos —con la Ley 57 de 1978 y con la Ley 280 de 2021— se emprendieron procesos amplios, participativos y técnicamente bien diseñados para dotar de códigos éticos a la profesión. En ambos casos, el resultado se postergó durante años. En el segundo, todavía no existe.

La ética queda así suspendida en el limbo. Y la pregunta incómoda es inevitable: ¿de qué sirve un proceso ejemplar si el resultado nunca llega?

Hace algunos años pedí a estudiantes de cursos de transparencia y programas de maestría que revisaran datos públicos sobre sanciones éticas en el ámbito contable. El resultado fue sorprendente: cero sanciones éticas durante años, en un país con miles de profesionales activos.

Eso no es excelencia ética. Es estadísticamente imposible.

Donde hay ejercicio profesional, hay errores. Donde hay errores, hay dilemas. Y donde hay dilemas, debería haber criterio ético aplicado. Cuando no hay sanciones, normalmente no es porque no haya faltas, sino porque no se investiga, no se documenta, no se decide o no se quiere incomodar.

La ética que no se aplica no educa, no previene y no genera confianza.

Independencia: el principio más citado y menos vivido

La independencia es, probablemente, el concepto más repetido en auditoría y el menos vivido en su esencia.

En el papel, Panamá ha avanzado: normas, leyes marco, regulaciones sectoriales y pronunciamientos institucionales. Todo está ahí. Pero la independencia no vive en el papel. Vive en la práctica cotidiana.

Quien ha pasado por inspecciones reales sabe que la independencia no se presume: se demuestra. Se demuestra con decisiones incómodas, renuncias a clientes, pérdida de ingresos, conflictos internos y, en ocasiones, soledad profesional.

La independencia cuesta. Y precisamente por eso vale.

En nuestro entorno, con frecuencia la independencia existe formalmente, pero no conductualmente. El auditor depende jerárquicamente, el presupuesto condiciona, la evaluación de desempeño presiona y el “no hagas olas” se normaliza. Así, la independencia se convierte en una declaración o un checklist, pero no en una postura ética sostenida.

Confianza: el activo invisible que se agota

La confianza no se decreta, no se regula ni se impone. Se construye… o se pierde.

Panamá vive desde hace años un fenómeno de hiperdesconfianza. Encuestas recientes muestran niveles alarmantes: cuando se pregunta qué institución genera mayor credibilidad, las autoridades clave aparecen con puntuaciones mínimas o inexistentes. No es un dato aislado; es una erosión profunda del contrato institucional.

Existe además evidencia empírica internacional que muestra una paradoja inquietante: cuando las organizaciones utilizan de forma excesiva palabras como “ética” o “confianza” en sus informes, los resultados reales de gobernanza suelen ser peores, no mejores. El lenguaje sustituye a los hechos.

Esto obliga a la auditoría interna a ir más allá del discurso. No basta con verificar que algo se dijo; hay que preguntarse qué significa, cómo se sustenta y si los comportamientos lo confirman.

La confianza también se destruye cuando el reglamento contradice la ley, cuando la interpretación vacía la norma o cuando el espíritu se sacrifica por la forma. Cuando el propio Estado relativiza sus reglas, el mensaje es devastador: si no se respeta la ley desde arriba, ¿por qué debería confiar el ciudadano?

La confianza no muere por un solo escándalo, sino por acumulación de incoherencias.

Ética, tecnología y el riesgo de delegar lo indelegable

La automatización ejecuta reglas. La inteligencia artificial aprende, adapta y decide. La analítica avanzada profundiza la lectura de datos. Todo eso es valioso. Pero hay algo que no debemos olvidar: la tecnología no es neutral.

Refleja los valores, sesgos e incentivos de quien la diseña y de quien la utiliza. Dos plataformas distintas pueden responder de forma diferente a la misma pregunta, no porque una “mienta”, sino porque las decisiones humanas importan.

En auditoría interna ocurre lo mismo. Las herramientas no sustituyen el juicio, la ética ni la independencia. Solo las amplifican.

Lo esencial no es negociable

Adaptar no es solo cambiar procesos. Innovar no es solo usar tecnología. Liderar no es solo ocupar una posición.

Adaptar es revisar convicciones. Innovar es cuestionar hábitos. Liderar es sostener principios cuando resulta incómodo.

La auditoría interna tiene hoy una oportunidad histórica: ser garante de confianza o convertirse en una espectadora sofisticada del deterioro institucional. La diferencia no la marcarán las normas, sino cada decisión concreta, cada silencio tolerado y cada informe firmado.

Desde el margen, esa es la pregunta que importa.

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Por: Carlos Barsallo

Abogado

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