Antes y después de las Torres Gemelas
11 de Septiembre de 2026
Por: Rodrigo Noriega
Abogado
Exclusivo para Contrapeso
El 30 de abril de 1994 conocí las gigantescas Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York. Mis compañeros becarios habían escogido el Windows on the World, el restaurante-discoteca en los pisos 106 y 107 de la Torre Norte, para celebrar mi cumpleaños. El puertorriqueño que manejaba la música no encontró nada panameño, por lo que me ofreció la canción “De Frente Panamá”, interpretada por Óscar de León. Así que, en la cumbre más alta de la ciudad que no duerme, un grupo de latinos coreamos: “aquí no estamos con la derecha, tampoco con la izquierda, de frente Panamá” (la canción es autoría de José “Pepe” Zamora y de Andrés Vega “Domplin”).
Mientras vivía en la Costa Este de los Estados Unidos, era habitual atender a turistas y visitantes que pedían conocer las Torres como parte de su gira. Con el paso de los años, llegué a conocer abogados, corredores de seguros, contadores y otras personas que trabajaban allí. También había consulados y oficinas comerciales de distintos países, por lo que visitar las Torres Gemelas podía ser necesario para alguna diligencia personal o profesional.
El nacimiento de las Torres
La ciudad de Nueva York es la capital financiera más importante del mundo y, desde mediados del siglo pasado, existió la idea de construir un complejo denominado World Trade Center (Centro de Comercio Mundial) para facilitar inversiones y transacciones internacionales, concentrando en un mismo espacio servicios logísticos, legales, financieros, contables y de otra naturaleza necesarios para mover los hilos del comercio mundial.
El proyecto no era una iniciativa privada, sino una propuesta del estado de Nueva York para impulsar el desarrollo económico e inmobiliario de la zona sur de la ciudad. El principal arquitecto de las Torres Gemelas fue el estadounidense de ascendencia japonesa Minoru Yamasaki. La construcción del complejo comenzó en 1966 y fue inaugurado en 1973 con dos torres de 110 pisos cada una. En las décadas siguientes se añadieron cinco edificios de menor altura como parte de la plataforma logística y de negocios que ofrecía la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, propietaria de las Torres Gemelas hasta 1998.
Creo que la primera vez que las vi fue en la película King Kong, de la década de 1970, en la cual el gigantesco simio trepa a una de las Torres cargando a la bella protagonista en una de sus manos. Las Torres Gemelas eran parte de la imagen clásica de Nueva York, casi siempre acompañadas por tomas de la Estatua de la Libertad. Además de ser un atractivo turístico, cumplían una función esencial para la prosperidad de los Estados Unidos y proyectaban el poderío económico de la primera potencia del mundo.
El terror
El primer atentado terrorista reconocido como tal contra las Torres Gemelas fue el 26 de febrero de 1993. Terroristas islámicos intentaron tumbar una de las Torres con explosivos en el sótano, pero la idea no funcionó. Esa meta le correspondió a Osama bin Laden, uno de los miembros de la segunda familia más rica de Arabia Saudita, reconocida por sus empresas de construcción y sus importantes proyectos inmobiliarios. Bin Laden sabía de ingeniería civil y calculó que para tumbar las Torres se necesitaban aviones de pasajeros cargados de combustible.
El plan era simple: 19 terroristas, entre egipcios y sauditas, secuestrarían cuatro aviones comerciales de pasajeros, dos de American Airlines y dos de United Airlines. Todos debían partir de la Costa Este con destino a Los Ángeles y San Francisco, en California, para que las aeronaves estuvieran cargadas de combustible. El plan de Bin Laden era usar dos contra las Torres Gemelas, un tercero contra el Pentágono, en Virginia, y el cuarto contra el Capitolio, sede del Congreso de los Estados Unidos, en Washington.
Tres de los aviones cumplieron con sus cometidos. El cuarto se estrelló tras el contraataque de los pasajeros, que entendieron lo que pretendían hacer los terroristas con la aeronave.
El 11 de septiembre de 2001
Por razones de trabajo con la multinacional en la que laboraba, el 11 de septiembre de 2001 me encontraba en París, Francia, tomando un entrenamiento para una nueva posición en la empresa. Poco después del almuerzo, uno de los altos directivos interrumpió la sesión de la tarde para decirnos que un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas en Nueva York.
Era el vuelo 11 de American Airlines, que se había estrellado contra la Torre Norte a las 8:46 de la mañana, hora de Nueva York. Mientras veíamos la noticia en las pantallas de televisión del hotel, el vuelo 175 de United Airlines se estrelló contra la Torre Sur a eso de las 9:03 a. m. Cundió el pánico y se hizo obvio que se trataba de atentados terroristas.
El vuelo 77 de American Airlines se estrelló a las 9:37 a. m. contra el lado oeste del Pentágono. El vuelo 93 de United Airlines se estrelló a las 10:03 a. m. en una zona rural de Pensilvania, después de que los pasajeros se enteraran por sus celulares de lo ocurrido con los otros vuelos y decidieran luchar contra los terroristas que habían tomado el avión, provocando que la aeronave se estrellara.
Ese 11 de septiembre de 2001 murieron 2 mil 996 personas y otras 25 mil quedaron heridas. Antes de las 11 de la mañana, las Torres Gemelas se habían desplomado y desaparecido para siempre del horizonte de Nueva York.
El regreso
Toda la aviación comercial sobre el espacio aéreo de los Estados Unidos y Canadá fue suspendida hasta el 13 de septiembre. Se improvisaron registros pormenorizados de pasajeros y equipajes como medidas de seguridad inmediatas.
El 14 de septiembre hubo una gigantesca marcha en París de cientos de miles de personas que llevaban banderas de los Estados Unidos, fotos de las Torres Gemelas, cartulinas con la Estatua de la Libertad y otros símbolos de solidaridad con Estados Unidos y Nueva York. Europeos, latinoamericanos, asiáticos, africanos y árabes coreaban repetidas veces la letra de la canción de Frank Sinatra “New York, New York”. El mundo estaba dispuesto a tomar decisiones difíciles para enfrentar al terrorismo.
El sábado 15 de septiembre me tocó volar de vuelta a Estados Unidos. Mis compañeros y yo íbamos en un vuelo de American Airlines. Pasamos el registro pormenorizado, quitándonos los zapatos, atravesando varias veces los escáneres y enfrentando múltiples revisiones con detectores de metales portátiles.
Los pasajeros entramos al avión en silencio y miramos a las azafatas mientras daban las instrucciones para casos de emergencia. Las dos de mi sección tenían rosarios en sus manos, por lo que muchos pasajeros les decían “que Dios te bendiga” en inglés. El vuelo fue silencioso y no recuerdo haber comido. Cuando tocamos tierra en Chicago, todos rompimos a aplaudir.
Sin embargo, esa felicidad se transformó, en las semanas y meses siguientes, en preocupación y ansiedad colectiva por posibles nuevos ataques terroristas que nunca se dieron.
La oficina en la que trabajaba estaba a dos cuadras de la Torre Sears, entonces el edificio más alto de los Estados Unidos. Varias veces nos tocó evacuar por rumores o noticias mal entendidas. Como estaba en el piso 34, no era un chiste bajar todas esas escaleras.
Las medidas de seguridad y la ansiedad colectiva dieron paso a la islamofobia y la xenofobia. Una amiga panameña que estudiaba en Indiana y que llamó la atención a compañeros estadounidenses por sus actitudes racistas recibió, a cambio, un insulto y un reclamo de que se devolviera a su país. Estuve en vuelos comerciales en los que se bajaba del avión a pasajeros musulmanes.
El espíritu de solidaridad y apoyo internacional a los Estados Unidos se difuminó cuando empezó la guerra de Irak. Todo aquello que se pudo hacer para reformar al mundo árabe y promover una comunidad internacional fundamentada en la tolerancia fue descartado.
El legado
El 11 de septiembre de 2001 tuvo consecuencias para todo el mundo. Estados Unidos y sus aliados se embarcaron en las guerras de Irak y Afganistán, abandonando a este último país a su suerte y manteniendo una situación de inestabilidad en Irak. A pesar de la ejecución de Osama bin Laden el 2 de mayo de 2011, otros grupos terroristas mantienen sus ataques contra Occidente. La actual guerra de Irán ha desprestigiado enormemente a Estados Unidos y a Israel y no parece que tendrá un resultado favorable a corto plazo.
Sin embargo, también hubo cambios positivos producto de la reacción a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Como las células terroristas que secuestraron los cuatro aviones escondieron su financiamiento mediante una sofisticada red de blanqueo de capitales, las principales economías del mundo occidental impulsaron un marco regulatorio mucho más estricto contra este delito.
Ese impulso llevó a que países de América Latina y del Caribe, Asia y África adoptaran nueva legislación y fortalecieran su capacidad de persecución de delitos financieros. Como resultado no intencional de ese esfuerzo global, las leyes antiblanqueo y los fiscales especializados han permitido desmantelar redes de crimen organizado y capturar a sus miembros, incluidos políticos corruptos, narcotraficantes y contrabandistas, además de combatir organizaciones dedicadas a la explotación sexual comercial, la pornografía infantil y la trata de personas, entre otras lacras sociales.
Esto significa que el fortalecimiento de las leyes contra el blanqueo de capitales y el financiamiento del terrorismo ha servido también para combatir muchos de los peores crímenes del mundo.
Los actos terroristas del 11 de septiembre de 2001 fueron también un fracaso de los complejos y costosos servicios de inteligencia de los Estados Unidos. El FBI tenía parte de la información, la CIA otra y otras agencias tenían pedazos sueltos. De haber existido más comunicación e interacción de buena fe entre ellas, quizás habrían podido evitar los atentados.
Sin embargo, ese fracaso burocrático alimentó teorías de la conspiración que hasta hoy acompañan este tema. Estados Unidos creó una superentidad de inteligencia en la que todo el mundo habla con todo el mundo. Algo tan sencillo como tener el número de teléfono o el correo de algún contacto en otra agencia pudo hacer toda la diferencia.
Esto seguramente ocurre también en muchos otros temas a nivel mundial, desde la lucha contra la corrupción hasta el cambio climático. El silencio de los buenos siempre les abrirá las puertas a los malos.
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