Vamos, en el sistema que criticó. Poder y riesgo rumbo a 2029

2 de Septiembre de 2026

Por: Diputado 72

Exclusivo para Contrapeso


La decisión de Vamos de iniciar su transformación en partido político puede leerse como evolución, contradicción, pragmatismo electoral o preparación para 2029.

Probablemente tenga un poco de todo.

Reducirlo a que “Vamos dejó de ser independiente” es demasiado simple. Vamos nació como una coalición de candidatos por libre postulación y en 2024 se convirtió en una de las fuerzas legislativas más importantes del país. Ahora concluye que, para seguir creciendo, necesita entrar al mismo sistema partidario que durante años cuestionó.

La pregunta es: ¿puede convertirse en partido sin terminar reproduciendo las prácticas que criticó?

Eso solo se verá en la práctica.

Primero, las reglas

Hay una razón electoral concreta detrás de la decisión.

En las reformas electorales se han discutido fórmulas que afectan especialmente a las candidaturas independientes en los circuitos plurinominales.

Mientras los partidos pueden competir como listas y aprovechar una estructura colectiva, los independientes tienen herramientas mucho más limitadas.

No es un detalle menor. Parte del éxito de Vamos en 2024 consistió precisamente en lograr que varios candidatos independientes compitieran bajo una misma identidad política.

El partido puede presentar equipo.

El independiente juega mucho más solo.

A esto se suma un antecedente importante. En marzo de 2024, la Corte Suprema declaró inconstitucional que la posibilidad de que un partido postulara a un candidato independiente estuviera limitada a circuitos uninominales. El fallo puso sobre la mesa las diferencias de trato entre candidatos partidarios e independientes.

Así que Vamos tiene razones para sostener que el sistema electoral incentiva su transformación.

Pero no necesariamente esas reglas fueron creadas para frenar a Vamos. Muchas forman parte de un sistema electoral que desde hace años privilegia la organización partidaria.

Decir que “los obligaron” sería exagerado.

Lo que sí puede ocurrir es algo políticamente mucho más interesante: que reglas que dificultan el crecimiento de una coalición independiente terminen empujándola a convertirse en un partido más fuerte.

Lo que gana convirtiéndose en partido

La ganancia no es solo electoral.

Un partido tiene acceso a subsidio electoral, recursos para capacitación, organización permanente y estructura territorial.

Una coalición puede sobrevivir una campaña con voluntarios, entusiasmo y buenos candidatos. Una organización nacional necesita dinero, personal, formación y presencia territorial durante cinco años.

También cambia la escala política.

Vamos ya no estaría limitado a funcionar como plataforma legislativa o municipal. Puede construir una oferta nacional y eventualmente presentar candidato presidencial.

Y entonces aparece Lombana.

En 2024, MOCA y Vamos podían convivir relativamente bien. Lombana concentraba buena parte del voto de cambio en la elección presidencial y Vamos era una referencia importante para la Asamblea.

No competían exactamente por lo mismo.

En 2029 podrían hacerlo.

Si Vamos presenta candidato presidencial, disputará parte de un electorado parecido al de MOCA: urbano, crítico de los partidos tradicionales y atraído por discursos de transparencia, institucionalidad y renovación.

El votante que en 2024 podía escoger a Lombana para presidente y a Vamos para diputado podría terminar teniendo que escoger entre ambos.

A menos, claro, que terminen aliados.

Rumbo a 2029, Vamos no solo podría disputar votos con MOCA y Ricardo Lombana.

También tendrá que mirar al nuevo proyecto político de Martín Torrijos, que buscará ocupar parte del espacio de centro y del electorado desencantado con los partidos tradicionales. El tablero de la oposición puede terminar mucho más fragmentado de lo que parece hoy.

Lombana recorrió antes un camino parecido. Comenzó como independiente y luego concluyó que, para competir de manera sostenida, necesitaba estructura partidaria.

Vamos llega ahora a ese mismo punto.

El costo de dejar de ser independiente

Institucionalizarse también tiene un precio.

Parte del atractivo electoral de Vamos fue precisamente que no era un partido.

Para muchos votantes, “independiente” terminó funcionando como sinónimo de renovación, aunque nunca haya sido garantía de nada.

Ahora algunos de los que se acercaron precisamente por ese carácter independiente pueden preguntarse si quieren seguir dentro.

Y algunos electores pueden sentir que Vamos terminó entrando al mismo club que prometía fiscalizar.

Ese riesgo existe.

A partir de ahora la diferencia ya no estará en la etiqueta.

Tendrá que estar en las prácticas.

¿Y qué piensa Vamos?

Aquí aparece otro problema menos visible.

Vamos tiene una identidad relativamente clara en temas como anticorrupción, institucionalidad, fiscalización y rechazo al clientelismo.

Pero no tiene una ideología homogénea.

Mientras el objetivo principal era escoger buenos candidatos y fiscalizar, esa diversidad podía manejarse.

Como partido, y eventualmente como opción de gobierno, tendrá que fijar posiciones sobre economía, seguridad, educación, salud, política exterior, derechos sociales y muchos otros asuntos.

Ahí pueden aparecer diferencias que hasta ahora no eran determinantes.

El problema estará adentro

Como movimiento, Vamos podía controlar con bastante rigor a quién respaldaba y quién representaba su marca.

Como partido será más complicado.

Una organización abierta a miles de adherentes atraerá ciudadanos comprometidos, pero también oportunistas, políticos reciclados y dirigentes provenientes de otros colectivos.

Y aquí aparece una prueba incómoda.

¿Qué ocurrirá si mañana quiere entrar a Vamos un dirigente que pasó por varios partidos o representa justamente la política que el movimiento ha cuestionado?

Convertirse en partido significa que ya no basta con que sus dirigentes digan quién les gusta y quién no. Tendrán estatutos, procedimientos y derechos de los adherentes que respetar.

Lo mismo ocurre con la disciplina.

Juan Diego Vásquez ha ejercido hasta ahora un liderazgo muy directo y, en ocasiones, público sobre los miembros de Vamos.

En un partido, las diferencias y posibles sanciones deberán pasar por instancias, procedimientos, derecho a defensa y reglas conocidas.

Eso puede hacer más lentas las decisiones.

Pero también puede hacerlas más institucionales y menos dependientes de una figura.

La verdadera prueba será si esas reglas funcionan incluso cuando contradigan a sus principales dirigentes.

Todo partido necesita disciplina.

La pregunta es: ¿disciplina respecto de qué?

¿De principios y estatutos conocidos?

¿De compromisos asumidos?

¿O de lo que decida coyunturalmente la dirigencia?

Ahí estará la diferencia entre construir una institución y construir obediencia.

Y hasta los símbolos importan.

Este fin de semana Juan Diego Vásquez utilizó en su discurso la frase “duela a quien le duela”, una expresión bastante conocida en la política tradicional panameña.

Es apenas una frase.

Pero resulta irónica precisamente ahora: Vamos acaba de convertirse en partido y deberá cuidar no solo sus estructuras, sino también cuánto empieza a parecerse —en prácticas, códigos y lenguaje— a aquello que nació cuestionando.

El dinero

Convertirse en partido también significa administrar subsidio electoral y recursos públicos.

Vamos ha criticado durante años cómo los partidos tradicionales manejan dinero, estructuras y privilegios.

Ahora tendrá la oportunidad de demostrar qué hace cuando esos recursos estén bajo su propia administración.

Y ahí las exigencias deberían ser incluso mayores.

Transparencia en sus cuentas.

Criterios claros para contratar.

Información sobre cómo utiliza el subsidio.

Y reglas conocidas para repartir recursos entre candidatos y estructuras internas.

No bastará con decir que son distintos.

Podrán demostrarlo.

La lectura política

Vamos gana mucho con esta decisión: mejores condiciones electorales, estructura permanente, financiamiento, capacidad nacional y eventualmente la posibilidad de competir por la Presidencia.

Pero también se expone mucho más.

Puede perder parte de su marca independiente, sufrir fracturas internas, recibir políticos que busquen reciclarse, enfrentar disputas ideológicas y administrar ambiciones con reglas mucho más formales.

Por eso convertir esta historia en “los partidos quisieron destruir a Vamos y terminaron fortaleciéndolo” sería demasiado sencillo.

Puede haber algo de eso.

También hay un sistema electoral construido alrededor de los partidos, una organización que quiere crecer y una decisión pragmática de aprovechar las herramientas disponibles.

Lo interesante empieza ahora.

Porque el verdadero examen de Vamos no será convertirse en partido.

Será descubrir qué hace cuando tenga dinero, estructura, poder, adherentes, ambiciones y las mismas tentaciones que durante años criticó.

Hasta ahora podía decir que era distinto.

Rumbo a 2029 tendrá que probarlo.

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