«¡Son Mulinos, señores!»
23 de Agosto de 2026
Por: Pedro Crenes Castro
Escritor
Exclusivo para Contrapeso
Siempre es recomendable leer el Quijote, y más si se es académico de número, correspondiente u honorario, pero no leer como verbo frío («pasar la vista por lo escrito o impreso...»), sino aplicarlo como verbo humectante («...poner en práctica un conocimiento, medida o principio, a fin de obtener un determinado efecto o rendimiento en alguien o algo»), directo sobre la piel del criterio, para ahorrarse sinsabores, penurias vergonzantes y dolorosos entuertos venidos después de parir deslices absurdos, como el de nombrar académico honorario a José Raúl Mulino.
La Academia Panameña de la Lengua, centenaria a pesar de todo, ha cometido un error de bulto: politizar la institución. ¿Motivos? Da igual los que sean. El personaje, que se retrata a sí mismo a cada paso (recuerden la perla que lanzó mandando a introducir el órgano muscular, situado en la cavidad bucal, en el orificio donde termina el conducto digestivo), nunca debió poner un pie en la Casa Amarilla, como algún que otro «académico» que ostenta sillones y lleva por derroteros vergonzantes a una institución de por sí muy alejada del público. Con este «nombramiento» deslavazado, ha conseguido convertirse en un páramo añejo y alcanforado que tomará años orear.
En este pasaje del Quijote, encontramos la clave moral para entender semejante desliz:
«Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho le dijo:
—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!»[1].
Ceder ante cualquier tipo de poder es privarse de libertad, es saborear el banquete tras los barrotes de la celda de la servidumbre y del «señor, sí señor». No tiene sentido llamar a la Academia a una persona sin más mérito literario que sus exabruptos y el poder que ostenta. Pero hay precedentes de asillonados sin obra, sin esplendor académico, con una herencia de viejas dictablandas tricolor partidista e ideológica; pudientes que usan su privilegio como bien les parece, porque, sí, desde hace muchos años, la cultura es privilegio de unos pocos, «uno para todos y todos para uno», «mis tres amigos y yo, que siempre seremos cuatro». Luego están los paniaguados, los seguidillas, a los que les invitan a formar parte del «Club de los cuatro», hasta que cambien de opinión o de interés. Y queda, siempre, un puñado de los que resisten, que piensan en las instituciones, la Academia o la Cultura como tal, antes que en su propia proyección. Menos mal.
La más conocida de las aventuras del caballero de la triste figura es la que menos tiempo ocupa en la obra, pero que nos deja una enseñanza fundamental: ante el pretendido heroísmo de la gesta, ante la magnitud de la supuesta causa, Sancho se alza como portavoz de la razón y la cordura, él, tan cateto, cazurro y llena la boca de refranes populares, le dice a su señor:
«—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino Mulinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino»[2].
¡Señores, son Mulinos! No por gigante, sino porque muele voluntades, perspectivas diferentes y la disensión en la piedra de molino de su autoritarismo, rofeo constante y falta de respeto a la razón del diccionario, porque sigue sin reconocer qué significa nepotismo, y tiene nombrado a su hermano de embajador en Portugal. Que mande guardar la lengua (curioso que sea una Academia de la Lengua la que lo nombre), en el orificio aquel que nos sabemos (lean sobre él en el clásico Gracias y desgracias del ojo del culo, de Francisco de Quevedo), es lo de menos, no somos ingenuos, las palabras no son sucias o limpias, el problema es que pretende politizar y silenciar cualquier intento de alzar la voz, y la lengua guardada bien adentro de donde la espalda pierde su púdico nombre garantiza su honorabilidad de la mano y el diploma acreditativo de los intelectuales de este país.
Dice el maestro Martín de Riquer que «quien no ríe leyendo el Quijote es o porque no entiende la novela o porque tiene la desgracia de no poseer la facultad de reír, que es la que distingue al hombre de los animales», así que riamos, porque Caraculiambro es uno de esos gigantes que figura en la novela, y no se puede negar que, a cualquier «gigante», le viene bien el nombre. Cada vez que recordemos el incidente de «la lengua en el ojo», recordaremos a Caraculiambro.
Su discurso, lleno de lugares comunes y redactado a saber por quién, es solo una manera más de rofeo institucional, muy trumpista de patio limoso, que no sé cómo no produjo la deserción de los más ilustres y finos pensadores que por allí se hallaban, síntoma muy común en relación con las instituciones: taparse la nariz y seguir participando. Nadie quiere salir movido en la foto.
El desaguisado académico no es óbice para perder amistades, retirar saludos ni torcer la cara: «el que tiene boca se equivoca», dice el refranero, y también dice que «rectificar es de sabios». Por mí, «con su pan se lo coman», si creen que han prestado un servicio cultural al país con este gesto. Cuando el gigante muela, como hace siempre, en medio del lloro y crujir de dientes que sufrirán, les diré, te lo dije, como Sancho, «...no son gigantes, sino Mulinos de viento...». Ojalá fueran gigantes.
[1] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, I, cap. 58, p. 984, 985 (ed. de Francisco Rico).
[2] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, I, cap. 8, p. 75 (ed. de Francisco Rico).
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