La transición incómoda: por qué Venezuela cambia sin romper
5 de Enero de 2026
Exclusivo para Contrapeso
La transición que se abre en Venezuela no responde a un cauce constitucional clásico ni a una ruptura democrática. Se trata de una transición forzada de un régimen instaurado a la fuerza y que ahora parece que será administrada desde la lógica del poder real y no desde la legalidad ideal. En ese marco, la figura de Delcy Rodríguez aparece como un eslabón de continuidad institucional y no constitucional. Su relevancia no radica en legitimidad democrática, sino en la capacidad de garantizar estabilidad, control territorial y cohesión del estamento militar, variables centrales en cualquier escenario de salida ordenada.
Durante más de una década de negociaciones fallidas, los hermanos Rodríguez han sido actores recurrentes en los procesos de diálogo, sanciones y mediaciones internacionales. Han ocupado posiciones estratégicas que les permitieron construir redes diplomáticas, conocimiento del aparato estatal y vínculos funcionales con las fuerzas armadas. Esa acumulación de poder explica por qué, en una transición administrada, su nombre surge como la opción menos riesgosa para evitar el colapso del Estado y preservar una mínima gobernabilidad.
Sin embargo, el rechazo internacional a una sucesión encabezada por Delcy responde a la necesidad de reconocer la soberanía popular expresada el 28 de julio de 2024. Para actores regionales como Panamá, esta posición es particularmente sensible. Validar una salida percibida como arbitraria, que desconozca derechos políticos, resulta incompatible con su propia historia institucional y con el contexto de tensión geopolítica abierto tras las declaraciones de Donald Trump sobre el Canal de Panamá. Cualquier precedente que relativice la soberanía o los derechos políticos genera riesgos que el istmo no está dispuesto a asumir.
Al mismo tiempo, el eventual distanciamiento de Washington frente a María Corina Machado no obedece a una deslegitimación moral, sino a consideraciones estratégicas. Confluyen al menos tres factores. Primero, la narrativa construida durante años por el chavismo que la presenta como un actor radical y desestabilizador. Segundo, un discurso político que no ha logrado abrir compuertas claras hacia una negociación pragmática del poder, elemento clave en procesos de transición complejos. Tercero, la ausencia de capacidad efectiva para hacer valer el resultado electoral frente a un aparato estatal aún cohesionado.
Esto no implica que la transición esté perdida. Por el contrario, obliga a redefinir la estrategia. El primer paso es incorporar a Edmundo González Urrutia como parte central del proceso, quien representa el verdadero hilo constitucional, siendo una figura ideal y articuladora de la transición. El segundo, casi condicional, es la liberación de los presos políticos, el cese de la persecución y la creación de condiciones para el retorno de la dirigencia en el exilio.
Tras más de veinte años de retórica polarizante, el verdadero desafío ya no es derrotar al adversario, sino construir consensos mínimos, generar confianza y transformar una transición administrada en una transición sostenible. Sin ese giro estratégico, cualquier salida será frágil y reversible.
Por: Raniero Cassoni
Más de Entregas Especiales