Las señales de la transición venezolana: un marco de lectura para comprender el proceso en curso
13 de Enero de 2026
Exclusivo para Contrapeso
Las transiciones políticas no se definen por declaraciones formales ni por hitos simbólicos; requieren de un proceso sistémico que produzca cambios en la estructura real del poder. Estos procesos rara vez son lineales; se expresan mediante tensiones internas, reacomodos forzados y disputas abiertas o soterradas entre actores que buscan preservar posiciones, reducir riesgos o reconfigurar su supervivencia política. Es importante comprender las señales que indican el camino que tomará el proceso.
En semanas recientes, distintas voces han coincidido en describir el proceso venezolano como una transición por etapas. El planteamiento expuesto públicamente sobre una transición estructurada en etapas coincide con la lectura formulada por el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, lo que sugiere la existencia de un marco interpretativo compartido entre actores internos y externos. Esta convergencia no implica coordinación automática, pero sí una comprensión común de que el retorno al orden democrático no será inmediato ni espontáneo, sino el resultado de un proceso condicionado.
El problema central no es determinar si Venezuela atraviesa una transición, sino evaluar si los actores políticos y sociales están en capacidad de interpretar correctamente sus señales. La experiencia reciente demuestra que errores de lectura, de confundir gestos tácticos con transformaciones estructurales o estabilidad aparente con gobernabilidad, han prolongado el estancamiento y profundizado el desgaste institucional.
Reconfiguración interna del poder
Toda transición se inicia con una reconfiguración del poder real. Esta fase no está orientada a la apertura política, sino al ajuste interno del bloque dominante. En el caso venezolano, se manifiesta como una disputa dentro del chavismo por el control del aparato coercitivo del Estado tras la captura de Nicolás Maduro.
Los episodios recientes, como el caso no esclarecido de sobrevuelo de drones sobre el Palacio de Miraflores, que activó las baterías antiaéreas, y las demostraciones públicas de fuerza por parte de Diosdado Cabello, constituyen indicadores de fragmentación en la cadena de mando. Estas demostraciones refuerzan la hipótesis de que el control de las armas, de los cuerpos parapoliciales y del partido sigue siendo el principal activo en disputa, incluso la no ejecución de la liberación de los presos políticos.
Este tipo de reconfiguración suele derivar en escenarios de neutralización política selectiva. Arrestos, exilios y desplazamientos forzados no deben leerse únicamente como expresiones represivas, sino como mecanismos de ordenamiento interno. Aunque traumáticos, estos movimientos tienden a reducir la fragmentación del poder y a cerrar la etapa autoritaria, creando condiciones para un reacomodo posterior.
Dimensión externa y desplazamiento de influencias
Un segundo conjunto de señales proviene del entorno internacional. La exposición de la presencia cubana en Venezuela, visibilizada por el reconocimiento del gobierno cubano, ha reactivado el debate sobre la intervención extranjera. Paralelamente, la presión que ejerce Estados Unidos sobre Cuba busca limitar su capacidad de sostener o recuperar su influencia operativa en Caracas.
Desde una perspectiva estratégica, la reducción progresiva de la presencia cubana y el incremento del involucramiento directo de Estados Unidos y aliados occidentales constituyen señales favorables para la transición. Este desplazamiento responde a cálculos geopolíticos, no a consideraciones normativas, pero su impacto concreto es debilitar la capacidad del entorno chavista que no aceptaría la transición, que hoy es delegada en Delcy Rodríguez.
Presos políticos como indicador estructural
El tratamiento de los presos políticos funciona como un termómetro del proceso. El reconocimiento público de su existencia y los anuncios de liberaciones parciales representan un quiebre discursivo significativo. Las declaraciones y posteriores bloqueos asociados a Jorge Rodríguez confirman que la política de excarcelaciones está atravesada por disputas internas.
Las exigencias de la administración de Donald Trump, orientadas a generar garantías jurídicas y estabilidad política, colocan este tema en el centro de la negociación. Una liberación plena constituiría una señal estructural de descompresión del conflicto y un mínimo compromiso con una transición ordenada.
Liderazgo y ordenamiento opositor
Las transiciones requieren liderazgo reconocible y arquitectura política clara. En este sentido, el rol de María Corina Machado y Edmundo González Urrutia ha sido determinante para articular respaldo internacional y sostener una narrativa coherente de apoyo al hilo constitucional y reconocimiento de la soberanía popular expresada el 28 de julio de 2024.
Más relevante que el liderazgo individual ha sido el ordenamiento estratégico de roles: María Corina como operadora y Edmundo González como el presidente electo. La diferenciación entre liderazgo político y jefatura institucional reduce ambigüedades y fortalece la viabilidad del proceso. En contextos de transición, la claridad estratégica sustituye al carisma como activo central.
El pacto como condición sistémica
Ninguna transición se consolida sin un pacto político que redefina el contrato social. Este pacto no puede basarse exclusivamente en correlaciones electorales, sino en la representación efectiva de la diversidad política y en la reducción de incentivos a la confrontación violenta. Involucra tanto a los líderes democráticos como a disidencias del chavismo con capacidad real de incidencia.
La selección de operadores de negociación y la construcción de una intermediación política creíble serán determinantes para avanzar hacia una segunda etapa. Sin esta arquitectura, la transición permanece incompleta. La convocatoria de operadores políticos como Ramón Guillermo Aveledo, Gerardo Blyde y Enrique Márquez, entre otros, deberá impulsar un gran pacto nacional que configure cinco puntos vitales: 1. gobernabilidad, 2. restitución de las garantías políticas, 3. reordenamiento institucional, 4. marco de justicia transicional y 5. control civil del monopolio de la violencia, es decir, subordinación al poder civil.
La transición venezolana no será un evento fundacional ni un quiebre instantáneo. Será un proceso prolongado, frágil y disputado, que puede desembocar en una junta de gobierno para la concreción del pacto institucional. La correcta lectura de sus señales no garantiza el éxito; solo contribuirá a la acción temprana que deberán seguir los liderazgos nacionales y la comunidad internacional para lograr en Venezuela un retorno a la democracia.
Por: Raniero Cassoni
Consultor de estrategia política, especializado en análisis de poder, comunicación política y gobernabilidad. Es venezolano, autor del libro Todo es política.
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