El prestigio de ser perseguido
28 de Enero de 2026
Exclusivo para Contrapeso
Siempre me llamó la atención un estudio que circula entre psicólogos políticos. Sostiene que quienes desean ser presidentes comparten ciertos rasgos de personalidad poco comunes. Algunos son admirables: energía, resistencia, una convicción inquebrantable. Otros resultan más inquietantes: narcisismo, una tolerancia elevada al riesgo, una relación ambigua con los límites. Para quien solo aspira a vivir en paz —no molestar y no ser molestado— esa ambición resulta difícil de comprender. Someterse voluntariamente a la exposición pública, a la sospecha permanente, al desgaste constante, parece un precio demasiado alto.
Aún más difícil de entender es el caso de quien ya fue presidente y, después de todo lo vivido, quiere volver a serlo. Especialmente en países donde la historia reciente demuestra que el poder rara vez se abandona sin consecuencias. Investigaciones, procesos judiciales, acusaciones que aparecen cuando el mandato termina. En nuestras latitudes, el riesgo ya no es teórico. Es real, frecuente y cada vez más visible.
El patrón se repite con una regularidad casi pedagógica. Durante el gobierno en curso circulan denuncias públicas de corrupción. Se comentan, se filtran, se discuten en voz baja, pero rara vez se investigan con seriedad. El poder protege mientras dura. Luego viene el cambio de gobierno y, con él, la promesa de justicia. Se anuncian investigaciones contra las autoridades salientes. Algunas avanzan, otras se empantanan. La mayoría se dilata.
Las razones son múltiples y, en apariencia, respetables. Investigaciones mal hechas que nacen condenadas al fracaso. Otras bien orientadas, pero atrapadas en normas deficientes, pensadas más para la forma que para el fondo. Decisiones judiciales que tardan años en llegar. Recursos de la defensa que estiran el proceso hasta el límite, a veces abusivos, a veces legítimos. Jueces y magistrados que también demoran en resolver, por cautela, por carga de trabajo o por simple inercia. El tiempo, siempre el tiempo, se convierte en el mejor aliado.
Con los años, el político aprende. Aprende que el escenario que tanto temía no necesariamente marca el final de su carrera. Descubre, incluso, que puede ser el inicio de algo distinto. Ser investigado, ser acusado, pasar por tribunales ya no implica una muerte política automática. En ciertos casos, ocurre lo contrario. La figura del “perseguido político” empieza a resultar familiar, casi cómoda. Se ensaya el discurso, se repite, se perfecciona.
Hay detenciones que no eran indispensables. Hay fugas que parecieron demasiado fáciles. Todo contribuye al relato. El imputado se presenta como víctima de un sistema injusto, de una revancha, de una conspiración. Y el público, que olvida rápido, que se cansa pronto, que se deja dividir con facilidad, empieza a escuchar. La sospecha se transforma en insignia. El proceso penal, en medalla de honor.
Mientras tanto, lo verdaderamente importante permanece a salvo. El dinero. Los activos obtenidos mediante el abuso del poder. Eso no queda al azar. Se protege con cuidado. Se dispersa. Se coloca en manos confiables: abogados, banqueros, contadores, auditores, asesores de inversión. No todos, por supuesto. Solo los necesarios. La lógica es simple: mantenerlo lejos, bien resguardado. Y si algo sale mal, siempre existe la posibilidad de devolver una fracción. Una parte. El costo de hacer negocios.
Este plan, sin embargo, tiene un defecto estructural. La corrupción es, por naturaleza, corrupta. En el camino aparecen intermediarios que reclaman su parte por ayudar. Gestores, operadores, facilitadores. Cada favor tiene precio. Cada silencio también. El corrupto descubre entonces una paradoja incómoda: no hay a quién reclamarle. No hay tribunal al que acudir. No existe un espacio donde quejarse del abuso, porque el abuso es la regla. El sistema que diseñó para protegerse empieza a devorarse a sí mismo.
Aun así, a veces todo sale bien. Un error procesal oportuno. Una prescripción que llega a tiempo. Una sentencia favorable en un caso mal llevado. El resultado es el mismo: la absolución definitiva. La cosa juzgada. El blanqueo legal de lo que alguna vez fue cuestionado. El pasado queda cerrado por decisión judicial y, con él, cualquier reproche formal.
Entonces llega el último acto. El regreso. El antiguo presidente anuncia su candidatura. Se presenta como alguien que ya pasó por el fuego, que resistió, que fue probado. Gana. Y vuelve al poder con una ventaja que antes no tenía: la experiencia. Esta vez sabe exactamente dónde están los riesgos, cómo cubrirlos, qué errores no cometer.
La segunda oportunidad no es para redimirse.
Es para hacerlo mejor.
Por: Carlos Barsallo
Abogado
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