La normalización de lo no saludable
28 de Mayo de 2026
Por: Vali Maduro de Gateño,
Doctora en Psicología
Exclusivo para Contrapeso
Cuando alguien a nuestro alrededor empieza a actuar de manera diferente, se aísla, llora sin razón aparente, explota emocionalmente o simplemente deja de ser quien era, nuestra reacción muchas veces no es acercarnos. Es el juicio. “Está loco”. “Solo busca atención”. “Es un exagerado”. Estas frases, tan comunes y normalizadas, revelan que hemos aprendido a enfocarnos en la conducta y a tratar el sufrimiento ajeno como un defecto de carácter, no como una señal de que algo le pasa a esa persona. Aprendimos a leer acciones, no emociones. Y esa es, quizás, una de las limitaciones más peligrosas.
Lo que se sale de la norma genera incomodidad, y la incomodidad genera distancia. Así, en lugar de preguntarnos qué le está pasando a esa persona, nos preguntamos qué tiene de malo. Y ese cambio de pregunta lo cambia todo: deja de ser alguien que necesita ayuda para convertirse en alguien de quien hay que alejarse.
En ocasiones, el sufrimiento ajeno nos confronta con nuestra propia fragilidad. El juicio, entonces, funciona como un escudo: nos protege de lo que no queremos ver en nosotros mismos o en nuestros seres queridos. A esto se suma algo profundamente humano: nos asusta lo que no entendemos. Lo desconocido activa en nosotros una alarma instintiva, una necesidad de clasificar y alejarnos de aquello que se sale de lo familiar. Y el mundo emocional de otra persona, especialmente cuando está en crisis, es un territorio desconocido. Por eso, en lugar de acercarnos con curiosidad y apertura, nos alejamos con críticas.
Lo que muy pocas veces vemos, porque ocurre en la intimidad del sufrimiento, es lo que le pasa a una persona cuando su entorno la rechaza justo cuando más necesita apoyo. El aislamiento no es solo doloroso: es peligroso. Una persona que ya está luchando con su salud mental y que, además, recibe críticas, burlas o indiferencia, podría interpretar esto como un mensaje: tu dolor no es válido, y tú tampoco lo eres.
Ese mensaje puede empujar a alguien hacia adentro, hacia el silencio total, hacia la convicción de que no hay nadie con quien contar. Y en ese silencio es donde los problemas de salud mental se agravan. No porque la persona sea débil, sino porque los seres humanos necesitamos conexión para sanar. Nadie se recupera completamente solo.
Uno de los grandes problemas es que nadie nos enseña cómo estar al lado de alguien que sufre. Crecemos sin herramientas para acompañar el dolor ajeno, y entonces optamos por evitarlo. Pero acompañar no requiere tener respuestas, ni ser psicólogo, ni decir las palabras perfectas. A veces basta con una pregunta honesta: “¿Cómo estás, de verdad?”. Y luego, lo más difícil: escuchar sin juzgar, sin minimizar, sin apresurarse a “arreglar” lo que se siente.
Hay una diferencia enorme entre querer solucionar el problema de alguien y simplemente estar presente con esa persona. Lo segundo, aunque parezca menos, es frecuentemente lo más poderoso. Sentirse visto y escuchado puede ser el primer paso que alguien necesita para buscar ayuda profesional, para no rendirse, para saber que no está solo.
En muchas familias, reconocer que alguien necesita ayuda psicológica todavía se vive como un estigma, como una señal de que algo falló. Ir al psicólogo es “cosa de locos” o “de gente que no sabe resolver sus problemas”. Este pensamiento no solo aísla a quien sufre, sino que perpetúa la idea de que el sufrimiento emocional debe aguantarse en silencio, con fortaleza, sin molestar a nadie. Y esa idea, repetida suficientes veces, se vuelve norma.
La próxima vez que alguien a tu alrededor actúe de manera extraña, antes de juzgar, antes de alejarte, antes de comentarlo con otros, detente un momento. Pregúntate: “¿Podría esta persona estar pasando por algo que no sé?”.
No se trata de convertirse en terapeuta de nadie. Se trata de elegir la empatía como primera reacción en lugar del juicio. Se trata de normalizar preguntar cómo está alguien y realmente querer escuchar la respuesta. Se trata de entender que una persona que “actúa raro” no es una amenaza ni un espectáculo: es un ser humano enviando señales de que algo no está bien. A veces, lo que salva a una persona no es que le den una solución. Es alguien que decidió tratar de entender.
Más de Entregas Especiales