No todo lo que puede publicarse debe publicarse
13 de Julio de 2026
Por: Flor Mizrachi y Vali Maduro de Gateño
Exclusivo para Contrapeso
Este fin de semana, lamentablemente, otra persona murió por suicidio. Las redes sociales se llenaron de mensajes de tributo, tristeza, frustración y conmoción. También circularon datos, imágenes y comentarios que pueden causar daño a quienes atraviesan una situación vulnerable.
Cada vez que alguien publica sobre una muerte por suicidio participa, lo sepa o no, en un fenómeno que la investigación en salud pública lleva más de cinco décadas documentando. No es una advertencia moral ni mucho menos censura: es evidencia. La forma en que hablamos del suicidio en un post, una historia o un video puede proteger vidas o, sin intención, ponerlas en riesgo.
En 1974, el sociólogo David Phillips observó que los suicidios aumentaban después de que un periódico publicara una noticia sobre el tema en portada. Bautizó el fenómeno como “efecto Werther”, en referencia a la novela de Goethe que, tras su publicación en 1774, fue vinculada con casos de imitación en Europa. Desde entonces, la ciencia lo ha estudiado y cuantificado.
Un metaanálisis publicado en The BMJ en 2020 encontró que los suicidios aumentaban, en promedio, un 13 % después de la cobertura mediática de la muerte por suicidio de una figura pública. Cuando se mencionaba el método utilizado, las muertes por ese mismo método aumentaban un 30 %.
Otro metaanálisis, centrado en ficción y entretenimiento, encontró una asociación entre ciertas representaciones del suicidio y aumentos posteriores de suicidios e intentos, aunque sus autores señalaron limitaciones. El caso más estudiado es 13 Reasons Why, cuyo estreno se asoció con un aumento del 28.9 % en la tasa de suicidios entre jóvenes de 10 a 17 años en Estados Unidos durante el mes posterior a su lanzamiento. Como fue un estudio observacional, no permite afirmar que la serie haya causado por sí sola ese incremento.
Las redes sociales no son una excepción; probablemente amplifican esta dinámica. Un informe de Common Sense Media encontró que, entre las adolescentes con síntomas depresivos moderados o graves, el 75 % de las usuarias de Instagram y el 69 % de las de TikTok encontraban contenido dañino relacionado con el suicidio al menos una vez al mes.
Además, documentos internos de Meta, divulgados en 2021, indicaron que una de cada tres adolescentes que ya experimentaban problemas con su imagen corporal sentía que Instagram los empeoraba. Entre los adolescentes estadounidenses que habían reportado pensamientos suicidas, un 6 % los relacionó con la plataforma.
Pero la misma investigación que documenta el daño también registra lo contrario. Se le llama “efecto Papageno”, en honor a un personaje de La flauta mágica, de Mozart, que, a punto de quitarse la vida, encuentra otras alternativas gracias a quienes lo rodean.
Investigaciones dirigidas por Thomas Niederkrotenthaler han mostrado que las historias centradas en superar una crisis suicida, y no en el acto mismo, pueden reducir la ideación suicida y favorecer la búsqueda de ayuda. La comunicación sobre el suicidio no es neutra: puede dañar o proteger. La diferencia está en cómo se cuenta.
Si vas a hablar de una muerte por suicidio, evita describir el método, el lugar o los detalles del acto: es uno de los elementos con mayor evidencia de asociación con la imitación, especialmente entre jóvenes o personas que se identifican con quien falleció.
Aléjate también del lenguaje sensacionalista, los titulares dramáticos, las capturas de mensajes de despedida, las imágenes del lugar o del cuerpo y de cualquier estética que romantice la muerte, como velas, flores o filtros melancólicos superpuestos a la noticia.
Tampoco reduzcas el suicidio a una sola causa. Frases como “se suicidó porque lo dejó su pareja” simplifican un fenómeno casi siempre multicausal y pueden hacer que otra persona en crisis sienta que su propio dolor “justifica” un desenlace similar.
El lenguaje importa. Muchas guías recomiendan decir que alguien “murió por suicidio” y evitar “cometió suicidio”, expresión asociada históricamente con la culpa, el delito o el pecado.
Cada publicación sobre el tema también puede ayudar: incluye una línea de crisis visible, no escondida al final en letra pequeña; recuerda que pedir ayuda es un signo de fortaleza; y, si compartes una historia personal, centra el relato en cómo alguien atravesó una crisis y salió adelante, no en el momento del acto. Ese es, con evidencia de por medio, el contenido que protege.
En redes sociales hay dos cuidados adicionales. Los comentarios de una publicación sensible suelen concentrar el contenido de mayor riesgo —detalles del método, glorificación o expresiones de contagio—, por lo que moderarlos o desactivarlos es razonable. Y, si el contenido es educativo, conviene abrir con una advertencia para que quien lo lee decida si es el momento adecuado.
Durante mucho tiempo, estas recomendaciones se dirigieron casi exclusivamente a periodistas y medios. Hoy, cualquier persona con una cuenta en redes sociales cumple, en cierta medida, ese mismo rol. No hace falta ser profesional de la salud mental ni del periodismo: basta con conocer estos principios y anteponer el cuidado de quien puede estar leyendo en un momento vulnerable al impulso de contar algo de la manera más impactante posible.
Comunicar sobre el suicidio con responsabilidad no significa dejar de hablar del tema. El silencio también tiene un costo: alimenta el estigma y aísla a quienes lo atraviesan. Significa hablar de una manera que abra la puerta a la ayuda, en lugar de cerrarla.
Tu post tiene efectos. La pregunta es qué efectos quieres que tenga.
Esta reflexión también aplica a todo lo que publicamos sobre otras personas: una foto, un comentario, un detalle de su vida privada o un momento vulnerable capturado sin su consentimiento.
Cuando compartimos información sobre alguien que no puede responder, corregir o defenderse —porque falleció, porque no lo sabe o porque no tiene el mismo alcance para contestar— asumimos una responsabilidad que muchas veces subestimamos.
Antes de publicar, conviene preguntarse: ¿esa persona podría defenderse de lo que estoy diciendo? ¿Puede dar su versión, corregir un error o pedir que no se comparta? Si la respuesta es no, quizá no estamos informando: quizá estamos aprovechando una desigualdad.
Publicar también es ejercer poder. Y cuanto menos pueda defenderse la persona expuesta, mayor debería ser nuestro cuidado.
Si tú o alguien cercano atraviesa una crisis emocional o tiene pensamientos suicidas, puede llamar gratuitamente a la Línea 147 o acercarse al cuarto de Urgencias o centro de salud más cercano.
Por: Por: Flor Mizrachi
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