La complacencia: “la calma” que no cambia nada.
10 de Julio de 2026
Por: Vali Maduro de Gateño,
Doctora en Psicología
Exclusivo para Contrapeso
La complacencia es un estado de satisfacción excesiva con uno mismo o con las circunstancias que atravesamos; un acomodo que nos lleva a ignorar riesgos, evitar el esfuerzo o resistirnos al cambio, casi siempre sin que exista una razón objetiva que sostenga esa tranquilidad. No es paz genuina. Es ansiedad que ha aprendido a esconderse bajo el disfraz de la conformidad. Puede presentarse como autoengaño, cuando nos convencemos de que todo está bien, pese a señales que decidimos no ver, o como pasividad relacional, cuando cedemos repetidamente ante otros, no por convicción, sino por evitar el conflicto.
¿Por qué caemos en ella con tanta frecuencia?
Porque cumple algunas funciones psicológicas. Nos ahorra la incomodidad de sostener la incertidumbre, protege el estado emocional a corto plazo y evita el costo social de confrontar a alguien o algo. Cuando alguien piensa: “Si alzo mi voz, no va a cambiar nada”, rara vez parte de evidencia real; funciona como permiso para no actuar, un mecanismo cercano a lo que la psicología llama indefensión aprendida, donde generalizamos, a partir de fracasos pasados, que ningún esfuerzo futuro servirá. Y cuando justificamos la irregularidad de alguien cercano, no lo hacemos por él, sino para protegernos nosotros mismos de la tensión de señalarla.
Los ejemplos, vistos de cerca, revelan que casi toda complacencia nace de uno de tres miedos: al cambio, a las consecuencias o a mirar de frente la realidad tal como es.
El miedo al cambio puede aparecer en quien lleva años en el mismo trabajo sin crecer y se repite que “no está tan mal” para no enfrentar la incertidumbre de empezar algo distinto, o en la organización que tuvo éxito en el pasado y no actualiza sus prácticas porque “siempre ha funcionado así”, prefiriendo lo conocido, aunque ya no funcione.
El miedo a las consecuencias puede aparecer en quien guarda silencio ante algo que considera incorrecto dentro de un círculo social o profesional privilegiado, no porque esté de acuerdo, sino porque señalarlo podría costarle el lugar que ocupa allí; en quien justifica que una fundación no elabore contratos formales con sus colaboradores diciendo: “Es que no tienen mucha plata”, para no tener que confrontar a alguien cercano; o en quien calla frente a alguien con poder pensando: “No quiero meterme en problemas”.
El miedo a vivir dentro de la realidad y la verdad puede aparecer en quien, tras una infidelidad, concluye que “todos son iguales”, una generalización que evita el trabajo más verdadero y doloroso de procesar esa traición específica.
Los efectos negativos de la complacencia se repiten sin importar el contexto en que aparezca. El primero es el estancamiento disfrazado de estabilidad: dejamos de detectar señales de que algo necesita cambiar, y cuando esas señales se vuelven imposibles de ignorar, el costo de actuar ya es mucho mayor. El segundo es la erosión silenciosa de la autonomía, pues cada vez que cedemos o callamos reforzamos la idea de que nuestra voz pesa menos que la incomodidad de expresarla. El tercero es que las generalizaciones nacidas de la complacencia programan cómo interpretaremos el futuro, filtrando la realidad para confirmar la conclusión ya tomada. Y el cuarto, quizás el más difícil de ver, es que la complacencia le quita al malestar su función de aviso, esa brújula interna que existe precisamente para señalarnos que algo requiere atención.
Salir de la complacencia no requiere gestos dramáticos, sino práctica sostenida. Ayuda nombrar con precisión lo que sentimos, distinguiendo el miedo legítimo de la resignación aprendida, porque solo lo que se nombra correctamente puede trabajarse. Ayuda también cuestionar las generalizaciones antes de adoptarlas como verdad —“todos son iguales”, “esto no cambiará”— y preguntarnos si describen la realidad o simplemente nos protegen de sentir algo incómodo. Es útil, además, tolerar pequeñas dosis de incertidumbre de manera deliberada, porque la tolerancia a la incomodidad se entrena, no aparece por decreto. Y conviene rodearse de personas o espacios que permitan decir en voz alta lo que preferiríamos evitar, ya que la complacencia se sostiene mejor en el silencio que en la conversación honesta. La aceptación sana, a diferencia de la complacencia, no niega ni generaliza: reconoce lo que ocurrió, sostiene la incertidumbre y deja espacio para hacer algo al respecto.
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