7 de Noviembre de 2026
Por: Pedro Crenes Castro,
escritor
Exclusivo para Contrapeso
Dice el diccionario que transparencia es una cualidad y que transparente es «dicho de un cuerpo, que permite ver los objetos con nitidez a través de él», es decir que, si el Estado fuera un cuerpo, podríamos ver perfectamente a través de él cualquiera de sus funciones gubernamentales, léase, cómo se gasta el dinero que es de todos. Y cuando decimos «dinero» hablamos también del que se destina al despacho de la primera dama, el que se gasta en viajes, el que se pone en algunos bolsillos por medio de programas como el «Qué hay pa’ mí» (perdón, «Panamá pa’ ti») o comprando el queso que sobra a los productores. Pero hay quien cree que esto no forma parte de lo que ha de estar sujeto a transparencia, a pesar de que existe una institución como la Antai que, cosas de la vida, lleva en sus siglas la palabra «transparencia».
Interviniéndole al escritor Carlos Fuentes (panameño por casualidad) el título de una de sus novelas más célebres, «la región menos transparente» del Estado panameño es la Asamblea Nacional, copada, salvo honrosas excepciones, por un nutrido grupo de oscurantistas políticos, maestros en el arte de opacar todo lo que tocan, incluso el orden constitucional, manipulando de forma torticera las leyes para crear nuevas que perpetúen su capacidad de gestionar, en las densas tinieblas de su ambición sin límite, espacios para delinquir con guante blanco, como las nuevas excepciones a la Ley de Contrataciones Públicas, que amplían la discrecionalidad para los contratos de hasta un millón de dólares.
Para muchos, instalados ya en el fin de año, dispuestos a gastarse en disfraces de patria lo poco que les queda y poniendo la vista en las fiestas que se acercan, prefieren mirar para otra parte, salir a hacerles los honores al Legislativo y al Ejecutivo celebrando las migajas de lo que pudimos ser y no somos. Porque el pensamiento transparente brota desde la ciudadanía, que es la que nutre las instituciones, y no al revés. El que espera que la transparencia se instale en las instituciones, que lo haga sentado, porque, casi dos años y medio después de mandato, las cosas siguen bastante turbias en las aguas de nuestro terruño.
Hay que insistir en el hecho de que lo que ha puesto de manifiesto el terremoto que sufrimos —que sufren miles de personas que siguen sin soluciones de verdad— es que sucesivos gobiernos han vivido dando la espalda a los que de verdad necesitan los recursos, que nos hemos acostumbrado a sobrevivir y a que vivan los de siempre, que hemos aprendido, a pesar de tener recursos, a tender la mano a los de fuera para que nos traten como si no tuviéramos nada. Es la lección que nos deja el terremoto y debemos seguir haciendo réplicas, que no dejen de temblar los políticos, que no nos echen cuento.
Saltan las alarmas de todos los estamentos de transparencia reaccionando a la «yuca», que tiene forma de excepción y argumenta urgencias, poniendo como excusa posibles necesidades, pero ya verán cómo nos introducen el doloroso tubérculo y nadie podrá hacer nada porque los de siempre, reídos, estarán amparados por leyes que el Judicial solo puede aplicar, señalando de nuevo a los que hacen leyes como los menos transparentes de esta «región insólita» llamada Estado panameño.
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