Parque Felipe Motta

6 de Mayo de 2026

Por: Essdras M. Suarez
Fotógrafo panameño ganador de Premios Pulitzer


Exclusivo para Contrapeso

En medio del caos y el bullicio diario —construcción, tráfico, bocinas y un sinfín de espinas decibélicas— existen en la ciudad de Panamá espacios concebidos como oasis de paz y tranquilidad. Uno de ellos es el Parque Felipe Motta, en Costa del Este: un pulmón verde bien cuidado, con senderos caminables, áreas abiertas y cercanía a manglares que lo convierten en refugio tanto para personas como para la vida silvestre.

Se han registrado entre 110 y 130 especies de aves en el parque. En lo personal, he llegado a fotografiar hasta 15 especies en un solo día y a identificar, por sonido, cerca de otras 30. Su ubicación —entre lo urbano y lo costero— crea un punto de encuentro donde residentes y migratorias coinciden, ofreciendo oportunidades constantes para observar y “hacer” fotografías con intención. También es común encontrar patos y loros, mientras que ardillas recorren los árboles con su energía inagotable y anolis se desplazan con sigilo entre troncos y follaje, añadiendo capas de vida a este pequeño ecosistema urbano.

Mientras algunos se preparan para darle la bienvenida a nuevas vidas —tejiendo, ajustando y defendiendo sus nidos— otros llegan a finales abruptos. Incluso en este aparente rincón de calma, la naturaleza sigue su curso sin concesiones. En la serenidad del amanecer, podemos toparnos con la eterna pugna por la supervivencia. Un llamativo carpintero de pico recto, mientras busca larvas bajo la corteza de los árboles, puede pasar de recolector meticuloso a oportunista, depredando huevos de otras especies.

De igual forma, el zumbido constante de un abejorro —que muchos asocian con Bumblebee— puede interrumpirse de golpe por el ataque preciso de un atrapamoscas pico ancho, transformando a un polinizador en presa.

Así es la naturaleza: bella e implacable. Y el Parque Felipe Motta es uno de esos lugares, fácilmente accesibles, donde ese drama se revela ante quien esté dispuesto a observar con atención. Un recordatorio de que, incluso en medio de la ciudad, la vida salvaje nunca se detiene.

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