Mapaches de isla Flamenco
15 de Abril de 2026
Exclusivo para Contrapeso
Ojos negros, grandes, brillantes y curiosos se asoman desde las rocas. Delatan una inteligencia que va más allá de lo común en el mundo animal. Me refiero a los mapaches del final del Causeway de Amador, en isla Flamenco. Poco a poco se dejan ver por completo, y sus facciones casi infantiles —ojos grandes, nariz respingada y pequeño mentón— apelan de inmediato a nuestro sentido de ternura. Con miradas inquisitivas, pasos cautelosos y, a veces, con una forma casi humana de interactuar en busca de alimento, nos conquistan... y nos hacen olvidar por un instante su verdadera naturaleza.
En esta zona predomina el mapache común (Procyon lotor), una especie nativa que tiende a habitar áreas cercanas al agua. En condiciones naturales se alimentaría de cangrejos, peces e insectos, pero su capacidad de adaptación es extraordinaria. Isla Flamenco les ofrece algo aún más valioso que cualquier ecosistema natural: una fuente constante y predecible de alimento. Con la transformación del área —de uso militar a zona comercial con restaurantes y marinas— estos animales han aprendido no solo dónde encontrar comida, sino también cuándo hacerlo; su inteligencia les permite anticipar horarios, rutinas y hasta el comportamiento humano, además de ingeniárselas para superar obstáculos como basureros con tapas u otros intentos por limitar su acceso.
Durante el día suelen mantenerse ocultos entre las rocas del rompeolas o en guaridas fuera de vista. Pero, al caer la tarde, cuando las temperaturas bajan y las personas llegan para disfrutar las vistas de la ciudad, los barcos en espera para entrar al Canal o las embarcaciones que cruzan la bahía, para los mapaches esa presencia humana significa una sola cosa: comida fácil. No es raro verlos acercarse, olfateando el aire o asomando sus cabezas entre las piedras. No rechazan casi nada; lamentablemente, muchas veces se trata de comida chatarra, altamente procesada y cargada de químicos, lo que no solo altera su comportamiento, sino que también afecta su salud.
En mis visitas he visto situaciones preocupantes: niños intentando tocarlos y padres que se los permiten, personas acercándose demasiado e incluso mascotas pequeñas en riesgo. Se nos olvida que, tras esa apariencia inocente, estamos frente a un animal impredecible y potencialmente peligroso. Paradójicamente, esa cercanía los convierte en sujetos ideales para la fotografía: no temen a la cámara, se dejan fotografiar a nivel de los ojos y permiten una proximidad poco común. Y, curiosamente, en este entorno tienen incluso una ventaja: si se sienten amenazados, pueden retirarse rápidamente detrás de las cercas de malla ciclónica que delimitan ciertas áreas, encontrando ahí una barrera segura frente a los humanos. Pero basta un momento inoportuno para que ocurra un incidente y, al final, quienes pagan el precio son ellos. Hay que recordar: estos mapaches no invadieron nuestro espacio; nosotros transformamos el suyo. Depende de nosotros establecer límites.
Observar la naturaleza con respeto y admiración siempre será la mejor decisión.
Por: Essdras M. Suarez
Fotógrafo panameño ganador de Premios Pulitzer
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