Panamaá, 9 de enero de 1964 | Sin Permiso
El 9 de enero de 1964 no fue un accidente. Fue la reacción de un país cansado de que lo trataran como invitado en su propio territorio. Ni siquiera éramos bienvenidos: no nos dejaban entrar ahí.
Ese día, estudiantes del Instituto Nacional marcharon hacia Balboa High School para exigir que se cumpliera el acuerdo Kennedy–Chiari de 1963, que establecía que la bandera panameña debía izarse junto a la estadounidense en áreas específicas de la Zona del Canal. Era un compromiso reciente, resistido por sectores zoneítas que no aceptaban la presencia simbólica de Panamá en un territorio que consideraban suyo.
Para los jóvenes de hoy conviene recordar algo básico: la Zona del Canal era un enclave bajo control estadounidense desde 1904, con sus propias leyes, escuelas, policía y un sistema laboral. Funcionaba como una jurisdicción paralela dentro del territorio panameño, donde los trabajadores estadounidenses recibían mejores salarios y beneficios (gold roll) que los panameños (silver roll), aun realizando funciones similares.
Cuando los estudiantes del Instituto llegaron a Balboa High School, la tensión se centró en un símbolo: la bandera panameña. Y aquí existen múltiples versiones históricas sobre cómo terminó rota:
Versión panameña más difundida: estudiantes estadounidenses habrían intentado impedir que se izara la bandera panameña, provocando un forcejeo que la terminó rasgando.
Versión de algunos testigos zoneítas: la bandera se habría roto accidentalmente durante un empujón entre autoridades escolares y estudiantes panameños.
Versión de autoridades de la Zona: la rotura habría sido producto del “caos” y no de un acto intencional.
Versión institucional panameña: la bandera fue ultrajada en un contexto de rechazo explícito a la presencia panameña en la Zona.
Entender estas versiones importa, porque recuerdan algo esencial: la historia no siempre la narra quien tiene la razón, sino quien tiene el poder. Y Panamá, ese día, decidió recuperar la narrativa sobre su propio territorio.
Lo que sí está claro es que el símbolo nacional apareció roto en suelo panameño controlado por una potencia extranjera, y eso desató décadas de frustración acumulada.
La respuesta de las autoridades de la Zona del Canal fue desproporcionada. Las protestas que siguieron fueron enfrentadas con fuerza letal: 21 panameños muertos y más de 500 heridos. Civiles contra armas de guerra. Panamá rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos, y la comunidad internacional tuvo que mirar de frente un sistema desigual que por años se había normalizado.
La presión moral y política que surgió del 9 de enero abrió, años después, el camino a los Tratados Torrijos–Carter de 1977, que establecieron la transferencia del Canal a manos panameñas. Ese proceso culminó el 31 de diciembre de 1999.
Todo lo que hoy damos por hecho —un Canal administrado por panameños y respetado internacionalmente— empezó con ese día.
Pero lo esencial para los jóvenes de hoy es entender que la soberanía no se sostiene solo por la ausencia de tropas extranjeras.
Estados Unidos sigue defendiendo sus intereses en la región.
China busca ampliar su influencia en puertos, tecnología y logística.
Taiwán intenta mantener aliados en un entorno cada vez más tenso.
Tres potencias, tres agendas. Y todas miran a Panamá por lo mismo: somos un punto vital para el comercio mundial, un hub financiero y logístico cuyo peso supera por mucho nuestro tamaño geográfico.
Hoy la soberanía rara vez se pierde en guerras. Se pierde con contratos mal negociados, endeudamientos opacos, concesiones que comprometen recursos estratégicos y decisiones tomadas sin transparencia.
Se pierde cuando un país deja de exigir, de fiscalizar, de preguntar.
Por eso el 9 de enero no es solo historia.
Es un recordatorio que debería importarle a cada panameño, porque lo que está en juego no es el pasado, sino nuestra capacidad real de decidir por nosotros mismos hoy.
Es una lección cívica y un recordatorio simple: Panamá ganó respeto cuando se atrevió a reclamarlo.
Y lo que costó vidas conseguir puede perderse sin ruido, casi sin darnos cuenta.
No con disparos.
Con firmas.
No es drama.
No es teoría.
Por: Flor Mizrachi
Periodista
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