01/31/26

Cuando ya no queden testigos | Sin permiso

Cuando ya no estén los sobrevivientes del Holocausto, la memoria dependerá por completo de terceros: archivos, libros, docentes, instituciones y ciudadanos. Ya no habrá testigos de primera voz. Y cuando una verdad histórica depende solo de la voluntad de recordarla, se vuelve frágil.

Esta semana se conmemoró el Día Internacional de la Memoria del Holocausto. Y el dato más inquietante no está en los archivos, sino en el calendario, porque el tiempo está cerrando una etapa de la historia. Hoy quedan unos 196,600 sobrevivientes judíos del Holocausto en el mundo, según la Claims Conference, la organización internacional que desde 1951 mantiene el registro más completo sobre las víctimas del nazismo. Puede sonar a mucho. No lo es. Representan apenas un 3 % de los seis millones de judíos asesinados por el régimen nazi y sus colaboradores. El resto no envejeció. No llegó al después. No tuvo memoria que transmitir.

La velocidad de esa desaparición es clara. En 2018 había alrededor de 415,000 sobrevivientes vivos. En enero de 2025, la cifra rondaba los 220,000. Hoy ya baja de los 200,000. No es una alarma artificial: es el paso del tiempo cerrando el ciclo.

Quienes siguen vivos tienen, en promedio, finales de los 80 o más de 90 años. Y hay un dato clave: el 97 % de los sobrevivientes actuales fueron “niños sobrevivientes”, nacidos en 1928 o después. Vivieron el Holocausto como infancia interrumpida: separaciones, escondites, hambre, trenes, miedo sin explicación. Los adultos que podían narrar con plena conciencia lo que ocurría ya no están. Lo que queda es memoria real, muchas veces fragmentada, y aun así ha sido durante décadas la barrera más directa contra la mentira.

Porque el problema nunca ha sido la falta de evidencia. El Holocausto es uno de los hechos más documentados de la historia moderna. Lo que existe hoy no es ignorancia inocente, sino comodidad. Negar o minimizar no borra el hecho; solo borra la incomodidad de enfrentarlo.

Aceptar el Holocausto implica asumir algo incómodo: no fue solo obra de fanáticos aislados. Fue posible gracias a una larga cadena de normalizaciones. Funcionarios que obedecieron. Empresas que lucraron. Vecinos que callaron. Países que cerraron puertas. La maquinaria no funcionó sola. Funcionó porque demasiadas personas decidieron callar, alimentando esa maquinaria.

Y hay que decirlo con claridad: no solo murieron judíos. El régimen nazi persiguió y asesinó también a personas gitanas (Roma y Sinti), personas con discapacidad, opositores políticos, homosexuales, testigos de Jehová y otros grupos definidos como “indeseables”. El Holocausto tuvo un objetivo central —el exterminio del pueblo judío—, pero se sostuvo sobre una lógica más amplia: la deshumanización, la creación de espacios marginados —físicos, legales y sociales— para quienes no encajaban en una idea jerarquizada de humanidad.

Ese punto no es accesorio. Explica por qué esta historia no pertenece solo a una comunidad. Explica por qué cada vez que una sociedad decide que ciertos grupos valen menos, sobran o representan una amenaza, el terreno empieza a parecerse peligrosamente a uno ya conocido. El discurso de odio no siempre vuelve con estridencia; a veces regresa con lenguaje pulido, eufemismos y silencios cómodos.

Por eso esta conmemoración no es un acto ceremonial. Es una advertencia. En países pequeños, como Panamá, la memoria ya no depende de testigos vivos, sino de algo más frágil: educación, archivos y voluntad pública. Aquí el riesgo no es la negación abierta, sino la indiferencia. El Holocausto no se borra solo con mentiras; también se diluye cuando deja de incomodar.

Los sobrevivientes que quedan —ese 3 %— no son símbolos. Son los últimos testigos directos. Cuando ya no estén, la verdad dependerá exclusivamente de nosotros.

¿Quién cuida la memoria cuando los testigos ya no están?

¿Qué tan resistente es una verdad que solo vive si decidimos recordarla?

Por: Flor Mizrachi
Periodista

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