La metamorfosis de Doña Etelvina | Sin Permiso.
Etelvina no llegó a la UNACHI como la reina que es hoy. Llegó como todos, prometiendo transparencia, cambio y ruptura con las viejas prácticas. Pero terminó convertida en lo que decía combatir: una figura de poder sostenida por reformas, planilla, padrinos políticos, clanes familiares y una universidad pública tratada como finca privada.
La Universidad Autónoma de Chiriquí nació como extensión regional de la Universidad de Panamá, hasta que empezó a operar como institución autónoma en 1995. Sus primeros rectores fueron Roque Lagrotta, Virgilio Olmos y Héctor Requena.
En 2013, la esposa de Requena aspiró a la rectoría y desató polémica. Todavía se veía mal que una pareja pretendiera administrar una universidad pública como finca privada.
Ahí apareció Etelvina de Bonagas: profesora de economía, discurso liberal e independiente. Sin supuestas conexiones políticas visibles. Su promesa era acabar con la opacidad.
Pero su campaña ya olía más a política tradicional que a academia: artistas, caravanas en autos de lujo, escoltas, barras de aduladores, taxis y buses con su rostro. Repartía chupachups, libras de arroz con su cara y chocolates. Y ganó de forma arrolladora con el voto ponderado. Su gran promesa fue una villa universitaria con cuartos para estudiantes, al estilo de Estados Unidos. Esa promesa se la llevó el viento.
Después vino lo importante: Etelvina no solo ganó elecciones. Logró que el sistema se adaptara a ella.
Con Varela se abrió la puerta para su reelección de 2018 a 2023. Y después, con Cortizo y con respaldo de diputados de la Asamblea, Raúl Pineda impulsó otra reforma que le permitió reelegirse otra vez.
La UNACHI dejó de parecer universidad y empezó a parecer maquinaria política: crecieron la planilla, los vínculos familiares y las cuotas políticas. Un cuartel de invierno del PRD, llegó a decir Mulino.
En ese ecosistema fueron señalados casos como el de Juan Carlos Muñoz, entonces gobernador, quien también figuró como docente y luego como decano de Derecho; y el de Evelia Aparicio, decana de Medicina, quien además ejercía como doctora del Seguro y luego enfrentó un proceso penal que terminó con una orden judicial de separación del cargo.
También llegaron los títulos cuestionados: diplomas de universidades extranjeras no acreditadas, incluidas entidades de Hawái, usados para optar por cátedras, ascensos y mejoras salariales. Algunos salarios superaban los 7 mil dólares mensuales. Y la rectora ganaba más de 16 mil dólares.
El feudo familiar terminó bajo investigación. La Antai indagó más de 80 casos por posibles nexos familiares con directivos de la UNACHI, sancionó a 28 funcionarios por nepotismo y recomendó destituciones. Ya no era solo percepción.
El Ministerio Público también mantiene investigaciones sobre propiedades, cuentas bancarias y sociedades anónimas vinculadas a la rectora y a 12 miembros de su familia nuclear, por presuntos delitos contra la administración pública. Además, el procurador ordenó diligencias por la homologación masiva de diplomas de entidades extranjeras no acreditadas.
A eso se suman reportes sobre estructuras societarias del entorno Bonagas: hijos de la rectora, incluido Moisés Bonagas, la Bonagas Medianero Foundation y vínculos familiares con la Universidad Iberoamericana de Panamá, S.A., una universidad privada en Chiriquí.
Mientras tanto, la UNACHI enfrenta una crisis financiera seria: recorte de más de un tercio frente al presupuesto solicitado, morosidad de más de 12.5 millones de dólares con el Seguro, profesores y administrativos sin atención médica regular, y cientos de trabajadores afectados en su historial crediticio.
El poder que antes parecía intocable empezó a agrietarse. Atrás quedaron los días en que Etelvina conseguía con facilidad lo que pedía en Presupuesto y en el Ejecutivo.
Parecía que su era llegaba a su fin. Meduca confirmó que presentó renuncia voluntaria el 11 de mayo, efectiva a partir del 11 de junio de 2026. La ministra Lucy Molinar notificó al Consejo General Universitario y remitió denuncias y quejas contra la administración.
Su círculo cero negó la renuncia en dos comunicados escuetos.
Y entonces vino el giro más panameño del libreto: después de la renuncia, las investigaciones, la crisis financiera, las sanciones por nepotismo y el desgaste institucional, el Consejo General Universitario decidió pedirle que se quedara.
Y Etelvina, claro, aceptó.
Así Etelvina se volvió Etelvina: con votos, reformas, favores, planilla, padrinos políticos, silencio interno y una universidad convertida en territorio propio.
La institución que debía formar criterio terminó dando una clase magistral de cómo se conserva el poder a costa de lo que sea. En ese feudo abierto pierden los de siempre: la educación, los estudiantes y el país. Y a saber cuántas Etelvinas más no habrá por ahí ultrajando al país.
Por: Flor Mizrachi
Periodista
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