Vivir en San Felipe

17 de Marzo de 2026

Exclusivo para Contrapeso

Nací en el barrio de San Felipe, el viernes 16 de julio de 1948, a eso de las 2 a. m., de acuerdo con mi madre, Anoland. Por entonces mis padres vivían en una pensión ubicada frente a la Plaza Herrera y la Avenida A. El sitio desapareció hace tiempo en uno de los incendios que frecuentemente ocurrían en el área.

Siempre anhelé regresar al “viejo barrio”, un sueño que se convirtió en realidad a principios de la década de los 90. El extraordinario pintor panameño Brooke Alfaro, buen amigo, me comunicó su intención de adquirir y restaurar un inmueble en el área. Me preguntó si consideraría comprarle un piso y le dije que sí. Brooke reparó el edificio, cuyo diseño original contemplaba solo tres apartamentos. El excelente productor teatral y también amigo Bruce Quinn ocupaba el primer piso; yo, el segundo; y Brooke, el tercero. Si no me equivoco, me mudé allí en 1992.

Por aquel entonces, mucha gente consideraba una locura establecerse en San Felipe, porque la actividad pandillera creaba una constante sensación de inseguridad. Tal era la mala fama del sector que muchos taxis se negaban a entrar y teníamos que ir a pie hasta Santa Ana, por el Café Coca Cola, para encontrar uno. Recuerdo que en la esquina próxima a nuestro edificio dos personas fueron baleadas en pleno día, a unas dos cuadras del Palacio de las Garzas, sede de gobierno y residencia presidencial.

Mucho ha cambiado el área desde entonces. La actividad “pandilleril” luce inexistente y ahora hay mucho movimiento humano y vehicular. Desde la calle frente a mi balcón oigo a los guías turísticos anunciar a los visitantes: “...esta es la casa de Rubén Blades...”, como si el inmueble lo ocupara solo yo.

Hay muchos restaurantes, tiendas y taxis, y aunque me alegran los cambios y las reparaciones de edificios que devuelven belleza a los espacios marchitos y antes abandonados de mi lugar de nacimiento, vivir en San Felipe sigue siendo difícil.

La decisión de ubicar oficinas públicas, ministerios e incluso mantener la Presidencia en un territorio tan minúsculo como el que define al barrio continúa asfixiando la calidad de vida de sus habitantes. A toda hora el tránsito vehicular es mayúsculo y los tranques, constantes. Entrar y salir del Casco Viejo no es tarea apta para gente con horarios que cumplir o, sencillamente, impaciente. Frecuentemente, personas estacionan su automóvil bloqueando la entrada a los garajes de los edificios. No hay estacionamientos suficientes para complacer la insaciable demanda de espacio. Más de una vez me he quedado esperando a amigos porque no encontraron dónde estacionar. Las aceras son tan estrechas que dos personas no pueden caminar a la vez si no van en “fila india”.

El servicio de internet llega como el amor: cuando le da la gana. Todavía, frente a la Plaza de la Catedral, se yergue un adefesio: el edificio paralizado y sin terminar que no sé si aún es propiedad de Rodney Zelenka, pues me parece recordar que se le había ordenado adecuarlo a una ordenanza municipal.

Todavía hay gente exigiendo millones de dólares por edificios que adquirieron bajo la premisa de repararlos prontamente y que, en cambio, han utilizado para especulaciones financieras, sin que las autoridades digan ni pío, a pesar de no haber cumplido con la estipulación de hacerlos habitables.

Como ocurre con los descomunales tranques vehiculares que se producen a diario en la ciudad, a la hora de entrada y salida del trabajo y a la del almuerzo, la autoridad competente demuestra su incompetencia y no resuelve el problema, ni siquiera ensayando la posibilidad de escalonar las horas de trabajo. La ciudadanía, a pesar de quejarse constantemente, acepta la situación con una docilidad incomprensible.

¿Qué están esperando para sacar la Presidencia de San Felipe? Es completamente inadecuada la ubicación de un lugar tan importante en un sitio tan imposible de proteger. Basta cerrar tres calles para trancar todo el sector. ¿Qué están esperando para convertir San Felipe en un área estrictamente peatonal? ¿Por qué no ganar terreno rellenando sectores de costa marítima, como se hizo en otras zonas de Panamá, y construir estacionamientos para que residentes y visitantes dejen allí sus automóviles y sean trasladados por busitos eléctricos a lo largo y ancho del sector, de manera ininterrumpida, con un horario adecuado a la vocación turística del área y a la calidad de vida de sus habitantes?

Cuando estuve a cargo de la Autoridad de Turismo de Panamá, el 90% de los planes que presentamos para modificar y mejorar el área vial y turística fueron ignorados o rechazados. Propusimos un tranvía que partiría desde la antigua estación del ferrocarril, en la Plaza 5 de Mayo, cruzaría por San Felipe y seguiría por El Chorrillo hasta llegar al Museo de la Biodiversidad. Recomendamos un teatro y una piscina públicos en el sector aún abandonado donde estaba ubicada la antigua estación eléctrica (La Noria), cerca del edificio de la antigua “Estrella de Panamá”. Planteamos un plan para la recreación y reinvención de la peatonal de la Avenida Central, para convertirla en una versión panameña de la famosa Rambla de Barcelona, con restaurantes, teatros, bares, cafés, tiendas, lugares de esparcimiento, negocios y cines, reemplazando el desorden y abandono que hoy exhibe. El plan incluía la recuperación del Barrio Chino, por su tradición, cultura e importancia urbana. Nada prosperó, desafortunadamente, y la posibilidad fue desaprovechada, igual que ocurrió con el extraordinario plan que Harrison Price preparó para la ciudad de Colón y que tampoco fue apoyado por las autoridades.

He leído que la alcaldía desearía que Elon Musk y su compañía construyan un túnel peatonal y ciclista por debajo del Canal, y que el proyecto produciría “una experiencia turística transformadora...”. Me parece que lo más efectivo sería concentrarse en mejorar lo que ha sido abandonado por la mediocridad y falta de imaginación de gobierno tras gobierno.

Reitero la sugerencia de trasladar la Presidencia de San Felipe para ubicarla en el antiguo “Administration Building”, sede del poder norteamericano durante la ocupación en la Zona del Canal. Aún es un edificio imponente, donde podría instalarse una estructura administrativa panameña remozada y eficiente, con el número adecuado de empleados, luego de eliminar previamente el Ministerio de la Presidencia, ese ente oficial totalmente innecesario, cuya existencia sugiere trampas, “chanchullos” y rebuscas.

El simbolismo del cambio de ocupante para ese lugar, tan icónico y representativo del periodo en que fuimos una disfrazada colonia, sería el más sincero homenaje a nuestros mártires de enero y una demostración de madurez civil. El actual edificio presidencial en San Felipe se convertiría en una atracción turística una vez se trasladen todas las oficinas públicas que allí operan. ¿Por qué no ampliar las aceras y convertir el barrio en un área completamente peatonal, construir estacionamientos para reducir el tránsito vehicular, licitar con garantías un servicio de buses eléctricos que trasladen a residentes y visitantes a sus destinos, determinar días y horas específicas para la entrega de mercancías a hoteles y negocios del barrio, mejorar la oferta de entretenimiento y de artículos para turistas y nacionales, y no clonar más tiendas que vendan los mismos sombreros y chécheres? Por favor, sean originales. En nuestro país abundan genuinos artistas y artesanos, creativos e innovadores, que esperan la oportunidad de mostrar y comercializar sus obras 100% “made in Panamá”.

Y si estas ideas no entusiasman a las autoridades, entonces pídanle a Elon Musk que considere hacer otro túnel subterráneo, esta vez en San Felipe, para mejorar la experiencia de la industria turística panameña, favorecer al comercio local... y a ver si por lo menos nos evita un colapso nervioso cada vez que salimos o entramos al lugar donde algunos nacimos y hoy muchos vivimos.

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Por: Rubén Blades

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