"¡Ay, tú sabes cómo somos los panameños!"

30 de Marzo de 2026

Exclusivo para Contrapeso

"Ay, tú sabes cómo somos los panameños". He perdido la cuenta de las veces que he escuchado la expresión para explicar por qué actuamos de manera irresponsable, estúpida o indiferente, o no reaccionamos cívicamente ante temas que exigen seriedad, solidaridad o consideración objetiva. Siempre me ha ofendido la frivolidad de esa frase, una patética excusa utilizada para justificar actitudes aberrantes, que deben producir el repudio de cualquier ser inteligente.

Actuar estúpidamente no me parece un atributo idiosincrásico; más bien lo interpreto como un defecto, atribuible a una deficiencia personal o la inevitable consecuencia de muchas décadas de repetida aceptación de mentiras y medias verdades.

En Panamá, la irresponsabilidad política y cívica incluye a la llamada "intelectualidad", aunque esta se considere superior a la masa. Cuando los hijos de Ricardo Martinelli confesaron haber recibido 28 millones de dólares en sobornos y admitieron haberlos "blanqueado", hecho ocurrido durante la presidencia del padre, ninguno de los defensores del civilismo pareció escandalizarse lo suficiente para exigir públicamente al expresidente Martinelli una explicación sobre cómo pudo ocurrir semejante hecho sin su conocimiento, el de su gobierno y el de las autoridades. Tampoco pareció importarle, al intelectual o al lumpen, que el expresidente no ofreciera voluntariamente disculpas y una declaración al país lamentando lo que sus hijos confesaron en un juicio público haber hecho durante su estancia en el Ejecutivo.

¿Acaso puede atribuirse la indiferencia cívica nacional ante semejante escándalo a un condicionamiento genético que nos convierte a todos los que hemos nacido en Panamá en alcahuetes y perennes cómplices de la trampa y la corrupción?

Seguramente la "intelectualidad" responderá que no, al igual que todos los que se consideran "buenas personas", religiosamente van a misa los domingos y rezan para que sus hijos e hijas no cometan delitos y alcancen un estatus económico y social superior al suyo.

¿Entonces cómo se explica el silencio de todos estos "buenos panameños y panameñas" ante la elección de esos dos convictos como diputados y representantes de Panamá ante el Parlacen? ¿Y por qué en 2024 muchas de esas "buenas personas" aceptaron la recomendación electoral de un convicto y prófugo de la justicia, y eligieron presidente a un candidato que se identificó totalmente con un declarado corrupto? ¿Cómo se puede defender eso sin comprometer y ensuciar nuestra honestidad? ¿Cómo se defiende eso sin desvirtuar nuestras propias denuncias de la deshonestidad de otros? ¿Cómo esperar gobiernos decentes si nuestra voluntad cívica y nuestro voto no lo son?

¿Acaso lo que digo es falso? ¿Acaso lo que escribo no tiene sentido?

Panamá no avanzará jamás en la dirección correcta hasta que aceptemos que nuestra cobardía es la responsable del presente y deficiente estado administrativo de la cosa pública. Nosotros, con hipocresía, silencio y miedo a las consecuencias de enfrentar y reformar lo que criticamos, hemos permitido y continuamos permitiendo que la corrupción y la mediocridad politiquera mal administren y eructen el futuro nacional.

Nunca alcanzaremos a cumplir con el extraordinario potencial que poseemos física y espiritualmente mientras no decidamos actuar, enfrentar y asumir las consecuencias requeridas para vivir sin la corrupción y la parálisis que su hegemonía produce.

Constantemente se nos presentan oportunidades para eliminar la excusa de nuestra inaceptable ausencia de civismo. La más reciente es la súbita aparición de dos prófugos de la justicia panameña, escondidos por más de una década. ¿Y por qué motivo aparecen ahora?

La especulación sugiere una conexión con el futuro de un convicto y prófugo expresidente. Finalmente se va a celebrar un juicio en contra de los acusados, Ronny "Didier" Rodríguez y William "Guillermo" Pitti, encargados de un departamento de la vigilancia electrónica del Consejo de Seguridad que supuestamente recibía órdenes y se reportaba exclusiva y separadamente al entonces presidente Ricardo Martinelli. Se les acusa de haber intervenido ilegalmente comunicaciones privadas y de haber hurtado la máquina encargada del servicio de espionaje estatal.

Durante ese juicio, una de las más importantes preguntas seguramente será si actuaron o no por instrucciones del Ejecutivo para intervenir ilegalmente las comunicaciones privadas de empresarios, políticos, periodistas y de personas consideradas como enemigos, rivales u opositores del gobierno.

Creer que es una coincidencia que se hayan entregado después de 11 años de estar bajo tierra sería pecar de ingenuidad.

Dos posibilidades a considerar:

a) Se estaba extinguiendo el período legal para juzgarlos, hecho que impediría un juicio y el uso de sus testimonios con el propósito de exculpar al exmandatario Martinelli.

b) Se busca culpar al exmandatario, utilizando la declaración directa de sus otrora supuestos cómplices y empleados, para así anular cualquier intento legislativo que procure crear leyes que eliminen cualquier condena o impedimento y permitan a Martinelli participar en la elección de 2029.

¿Quién estará detrás de la súbita aparición de "Guillermo" y "Didier"? ¿Quién protegió a los prófugos y los mantuvo económicamente a flote todos estos años? ¿Acaso busca el gobierno mejorar su imagen para que eso influya en la opinión popular y produzca simpatía y apoyo a favor de la reapertura de la mina y de la iniciativa de río Indio?

Como quiera que sea, la repentina rendición, sospechosa por lo inesperada, parece tener una intención premeditada y posiblemente oscura.

¿Cuál será? Pronto lo sabremos. Y si al final del juicio nos encontramos nuevamente ante un resultado que destile el familiar e innegable hedor a corrupción, seguramente escucharemos como explicación nuevamente la manoseada excusa que busca justificar como idiosincrasia lo que cívica, legal o racionalmente resulta injustificable: "¡Ay, tú sabes cómo somos los panameños!".

WhatsApp Compartir en WhatsApp

Por: Rubén Blades

Siguiente
Siguiente

Los desamparados, otra enorme deuda de Panamá