Todos sabemos lo que está mal en Panamá.

2 de Junio de 2026

Por: Rubén Blades


Exclusivo para Contrapeso

Una de las razones por las cuales estoy programando mi regreso al país donde nací y me crié, Panamá, es mi convicción de que mis experiencias en el extranjero, acumuladas en distintas áreas, profesionales y personales, podrán contribuir al desarrollo de otros, especialmente los más jóvenes. El conocimiento que no se comparte es un desperdicio negligente, y considero necesario que tratemos siempre de mejorar las condiciones de la sociedad que encontramos al nacer y al crecer.

Admito que es desalentador el panorama que encuentro. En el área política, la corrupción campea abiertamente y alcanza niveles jamás antes vistos, apoyada por la impunidad y la complicidad de una ciudadanía más interesada en administrar sus problemas que en resolverlos. Cuando expreso comentarios, escribo opiniones o converso con personas que no he conocido antes, invariablemente recibo de vuelta más negatividad que otra cosa, expresada de manera abierta, velada o a través de preñados silencios. ¿Quizás mi generación recibió oportunidades educativas e influencias familiares y sociales que ayudaron a crear mentalidades más desarrolladas, sobre todo en cuanto a la capacidad de pensar, razonar y deducir? De ser así, a nuestra edad, la mayoría debemos recurrir a nuestras amistades históricas para sostener discusiones o conversaciones que tengan sentido y no sean producto de las webadas derramadas en redes sociales y que hoy son aceptadas como información.

Los artículos que publico en mi blog, "La esquina de Rubén", suscitan todo tipo de reacciones, la mayoría en apoyo a los argumentos que cuidadosamente presento. Pero una constante porción está representada por virulentos ataques, odiosas estupideces y pensamientos que demuestran un obvio desprecio hacia el examen racional y objetivo de lo planteado. Un odio que solo propone más odio.

En Panamá no es un secreto lo absurdo que resulta para la ciudadanía esperar una administración decente y eficiente que provenga del detrito cívico que compone la mayoría de la partidocracia tradicional. El pueblo, independientemente de su condición económica, reconoce la corrupción como un problema para el desarrollo de nuestro país y condena la falta de voluntad gubernamental para desarrollar respuestas y resolver problemas de enorme urgencia, como la falta de agua potable a nivel nacional, por ejemplo. Durante décadas hemos sabido que porcentajes altos de agua se pierden anualmente por la falta de mantenimiento y por el deterioro de las cañerías que la surten. ¿Cómo es posible, entonces, que la "urgencia" se haya transformado en algo normal, que provoca airados comentarios, pero no el tipo de movilizaciones civiles masivas y constantes capaces de generar reacciones y respuestas inmediatas del presente desgobierno? La simple respuesta: el pueblo es cómplice por su inacción.

Nuestro desastre administrativo ocurre a la vista de todos, sin que ese hecho cause una indignación sostenida que se traduzca en acción cívica. Los otrora autollamados "civilistas" hoy se han aliado a la corrupción o permanecen en silencio desde que cayó Noriega y sus intereses regresaron al poder. Ni siquiera los supuestos herederos de la izquierda de los 40 y 50, representada, entre otros, por Domingo H. Turner, Cristóbal Segundo, Paula Jiménez, Diógenes de la Rosa y Thelma King, han exhibido el mínimo real interés por presentar propuestas concretas sobre cómo resolver las necesidades del pueblo que dicen representar. Se mantienen con sus desfasados discursos de barricada de los 60, su apoyo a dictaduras de izquierda bajo el absurdo de que, por ser antiimperialistas, tienen que ser defendidas y, mucho antes que sus camaradas venezolanos, descubrieron que ser ambidiestros resulta más productivo que ser marxistas. Todos sabemos lo que está mal en Panamá, lo que necesita ser arreglado, pero pocos estamos dispuestos a intentar hacerlo.

En dos ocasiones distintas, primero con el Movimiento Papa Egoró y después como funcionario público, puse en suspenso mi interés económico y dediqué mi tiempo a tratar de ayudar a mejorar las condiciones existentes. No importa lo que digan quienes maldicen mi nombre por ahí, esos años de labor política dejé de ganar millones de dólares para defender, no solo a la nación, sino a mi propia integridad y alma, y hacerlo me hizo y me hace ser un mejor panameño.

¿Cuál político nacional puede afirmar que perdió millones por su servicio público y, además, probarlo? Hago este comentario para recalcar que cada uno de nosotros tiene un deber hacia la patria que incluye la necesidad de sacrificios. Hoy por hoy, creo que hay más gente decente y correcta en Panamá que corruptos y antipatrias. Pero si esa mayoría no decide enfrentar el penoso estado en que se encuentran nuestras reales posibilidades de progreso, no veo cómo será posible para nosotros sobrevivir como democracia. En estos últimos períodos de mi existencia terrenal trato de continuar contribuyendo a defender la posibilidad del bien frente al existente control político detentado por el mal, algo que indiqué al principio que era una de las razones que me traen de vuelta a mi siempre querido Panamá. Otro motivo es el de compartir con los innumerables amigos que tengo y que representan la mejor inversión de mi vida, antes de que nos mudemos todos para "el otro barrio".

Sigo siendo optimista, a pesar de los pesares, porque sé que, unida, cualquier sociedad puede recobrar lo perdido, hurtado, robado o pospuesto. La vaina es encontrar la forma en que esa mayoría que hoy no cree en nada comience por fin a creer en sí misma, individual y colectivamente. Porque, para crear el Panamá posible, necesitamos manos y no solo dedos señalando las deficiencias de otros mientras pretendemos ocultar, disimular o negar nuestras propias irresponsabilidades.

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