Adiós, Casco Viejo

2 de Julio de 2026

Por: Rubén Blades


Exclusivo para Contrapeso

Fue en 1992, creo, que adquirí mi apartamento en San Felipe. El edificio fue comprado y renovado por Brooke Alfaro, amigo de juventud y uno de los mejores pintores del planeta Tierra.

A pesar de que en Panamá muchos creen que todo el inmueble me pertenece, eso no es cierto. Originalmente éramos tres los residentes. Brooke ocupaba la parte de arriba; yo, el apartamento del medio, y el primer piso lo ocupaba el hoy difunto Bruce Quinn, el gringo más panameño que he conocido y una de las personas más correctas y decentes que he tenido la fortuna de tratar.

Para mí, vivir en el Casco Viejo fue un sueño hecho realidad. Allí comenzó mi vida un viernes 16 de julio. A las dos de la mañana, “Skipper” y Anoland bajaron los viejos escalones de madera de la pensión donde vivíamos y no sé cómo llegaron al Hospital Santo Tomás, donde abrí mis ojos por primera vez.

En los 90, mudarse al Casco Viejo era como entrar al “Wild West” de las películas de vaqueros que veíamos en el Teatro Amador, o en los cines El Dorado y Variedades. Las pandillas controlaban el área y el nivel de peligrosidad era alto.

Un mediodía mataron a dos personas frente a la abarrotería propiedad de un señor de Las Tablas. No se veía un turista por el sector y, si querías un taxi, tenías que irte hasta Santa Ana a buscarlo, porque ninguno llegaba por mi casa.

Recuerdo que muchos me consideraban un zoquete por haber decidido asentarme en un barrio con tanto lío, en vez de procurar áreas más acordes con mi “estatus de artista famoso”. Les respondía que mi presencia en el área demostraba mi natural arraigo y compromiso con San Felipe. Que tal vez verme residiendo allí ayudaría a levantar la autoestima y mejorar la imagen del vecindario. Pocos regresan al barrio donde nacieron una vez adquieren éxito, por muchas y diversas razones.

Algunos consideran que salir del lugar donde se nació resulta un necesario proceso que demuestra progreso y mejoría económica. Pero para mí, en Panamá no había un mejor lugar para vivir. Recordaba los paseos con mi abuela Emma, cuando vivíamos en la Calle 13 Oeste, después de que la pensión en que nací se quemó en uno de los frecuentes incendios que, a través de las décadas, fueron creando lotes baldíos, todos reclamados por la naturaleza, que estuvo antes que nosotros y sobrevivirá a pesar de que no hemos parado de tratar de matarla y sojuzgarla, o dominarla a nuestro gusto.

Con los años, otros pioneros fueron tímidamente incorporándose al sector. Aparecieron los buitres inmobiliarios, muchos de ellos viles especuladores que prometían reparar los derruidos caserones a cambio de préstamos preferenciales, con bajísimas hipotecas, y que, en vez de cumplir lo prometido, los dejaron tal cual y comenzaron a pedir sumas millonarias a cualquiera que demostrara interés en establecer un domicilio en el sector, más aún si era extranjero.

Comenzaron a llegar más personas a visitar el barrio y muchas veces fui despertado en la mañana por voces que mencionaban mi nombre, luego de haber sido informados por un guía turístico que… “esta es la casa de Rubén Blades”.

Como otras grandes ideas que he tenido y que no funcionaron, poco de lo que soñé que ocurriría cuando me radiqué en San Felipe pudo concretarse. Salir a caminar por esas calles que adoro se me hizo difícil, por la atención que despertaba mi presencia, y actuar como un vecino normal y frecuentar los comercios, incluso ir a la iglesia, resultó imposible sin aceptar la constante y cariñosa solicitud de muchísimas personas para fotos, conversaciones, o ambas cosas.

Pero la mayor dificultad que encuentro después de más de tres décadas como residente en Casco Viejo es que resulta prácticamente imposible entrar y salir del área con facilidad. De ser un vecindario de trifulcas y exclusión, San Felipe hoy es un lugar lleno de restaurantes, bares, un centro de fiestas y de atracción turística.

Para colmo de males, la misma estúpida consideración que llevó a funcionarios gubernamentales a permitir que fétidos desagües fuesen depositados en la Bahía de Panamá es la misma mentalidad que los lleva hoy a llenar de oficinas públicas un sector sin aceras, con calles estrechas, de escasa amplitud y con absolutamente ningún plan para crear áreas de estacionamiento para residentes o visitantes. Las líneas amarillas, pintadas para indicar que no se puede parquear donde existen, son ignoradas hasta por los propios funcionarios públicos que allí laboran.

¿Qué hace la Presidencia ubicada en un sitio donde, para encerrar al Ejecutivo, solo hay que bloquear el par de vías de acceso que permiten la entrada y salida de autos a residentes y visitantes por igual?

Ya perdí la cuenta de la gente que me ha llamado para decirme que no podía llegar a visitarme porque no encontró un lugar donde estacionarse y, por eso, se regresaba a su casa. O de las ocasiones en las que, apurado, salía de mi casa para encontrar que un carro estaba estacionado frente a la entrada del garaje que Brooke atinadamente concibió como una necesidad en 1992, un ejemplo que muy pocos imitaron en el sector cuando renovaron inmuebles.

Hace poco me encontré con que, por razón de la visita de dignatarios para la celebración de un evento, el señor Irvin, mi conductor desde siempre —yo nunca aprendí a manejar automóviles—, no podía dejarme en mi casa, con mis maletas y chécheres, porque la entrada a mi calle estaba restringida “por motivos de seguridad”.

No voy a vender el apartamento en Casco Viejo. Sigo aferrado a mi cariño por este barrio, que tanto me recuerda a mi infancia, a mi padre, a mi abuela y a mis tías. Pero vivir aquí se me ha hecho imposible y eso me ha obligado a encontrar como alternativa otro sector donde no se vaya la internet ni la luz con tanta frecuencia, y donde pueda ver a mis amistades y atender mis asuntos profesionales sin que la posibilidad se vea determinada o impedida por el sinnúmero de autos particulares, taxis o buses que llevan turistas a hoteles, o vehículos transportando empleados públicos que llegan o salen de sus trabajos, todos intensificando el tránsito y convirtiendo en una ordalía lo que debiese resultar normal y adecuado, si hubiese algún tipo de voluntad dispuesta a ordenar el desorden imperante.

La calidad de vida en Panamá cada día desciende más y yo, a mi edad, procuraré disfrutar lo más que pueda bajo las mejores condiciones posibles. Quizás podamos llegar a ver un Casco Viejo peatonal y acogedor, y no afectado por el escándalo diurno y nocturno, por aceras intransitables por lo angostas y por las vías llenas de autos mal estacionados que hoy caracterizan su diario existir.

Pensé que, con lo del saneamiento de la Bahía, podría cumplir otro anhelo: el de poder bañarme otra vez en sus aguas, como hice cuando era un “pelaíto”, pero eso también luce como un sueño de opio. No son problemas imposibles de resolver, pero hace falta voluntad oficial para hacerlo. Y es eso, la ausencia de interés en resolver lo que puede ser resuelto, lo que nos mantiene sin alcanzar la plena felicidad que produciría la aparición del Panamá posible.

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Vamos: deserciones, poder y carácter.