Apuntes desde la esquina: ¿hay planes por si Trump invade Panamá para apoderarse del Canal?
18 de Enero de 2026
Exclusivo para Contrapeso
Esta semana pasada ha sido, como la mayoría de las demás, dominada por las cada vez más preocupantes declaraciones del presidente de Estados Unidos. El alucinado contenido de sus expresiones, desde autodenominarse “el presidente activo de Venezuela” hasta su aparente justificación del asesinato de Renee Good, argumentando que el episodio ocurrió por ser ella “irrespetuosa” con el agente de ICE que intentó detenerla, esto y mucho más nos obliga a reportar y a reflexionar sobre los efectos que tales acciones provocan, nacional e internacionalmente.
Hay quienes equivocadamente piensan que odio a Donald Trump y eso no es cierto. El odio es la emoción más inútil y perjudicial para la salud de cualquier persona. El odio no resuelve problemas ni castiga efectivamente a su objeto; por el contrario, envenena al que lo produce, intoxica su alma y afecta el diario existir.
Escribo sobre lo que Trump hace porque su maldad e ignorancia, su implacable narcisismo y su total ausencia de escrúpulos y empatía, unidas al extraordinario poder que le confiere su posición, crean continuos sobresaltos, nacional e internacionalmente, que producen efectos negativos a nivel mundial.
No parece haber límite para su necesidad de satisfacción egotista. La más reciente evidencia es el patético espectáculo escenificado por Trump al aceptar la medalla del premio Nobel de la Paz que le entregó María Corina Machado. La pública pataleta de Trump, reclamando y exigiendo que le otorgaran ese premio, argumentando que él “había detenido ocho guerras” y que merecía el galardón más que nadie, es otro ridículo capítulo en la vida política de la peor personalidad que jamás haya ocupado la Casa Blanca.
Uno se queda estupefacto ante la consistente muestra de total ausencia de vergüenza que Trump ofrece día a día con su proceder. Amenaza con arrebatar Groenlandia de Dinamarca “por la fuerza, si es necesario”, ha retomado la cantaleta de apropiarse del Canal de Panamá porque, según su alucinada mente, la vía acuática le pertenece a Estados Unidos, y también amenaza con intervenir militarmente en México, Colombia y en Irán.
Estos no son los actos de un presidente merecedor de un Nobel de la Paz, son las rabietas de un adulto malcriado que se considera superior y excepcional simplemente porque su ego así lo demanda.
Sobre su renovada amenaza contra el Canal de Panamá, cuando el presidente Mulino le respondió recordándole que somos un país soberano, Trump alegadamente respondió: “eso está por verse”, palabras que deben ser consideradas seriamente, más aún luego de la reciente experiencia venezolana.
¿Está Panamá preparada para enfrentar otra invasión? ¿Posee nuestro gobierno la capacidad para defender el interés y la seguridad nacionales, y además enfrentar las consecuencias económicas en caso de perder los actuales beneficios derivados de la operación canalera? ¿Existe un plan para tal contingencia? ¿O acaso la estrategia diplomática panameña será la de imitar a Delcy Rodríguez en Venezuela, “besar el anillo” y creer que eso pondrá al país a salvo de las locuras del sociópata?
El presidente Mulino expresó recientemente que “el problema del Canal estaba superado”, demostrando con tal apreciación su aparente incapacidad para comprender la realidad a la que se enfrenta el gobierno. El presidente Trump luce cada vez más irracional y ahora amenaza con imponer altas tarifas a los países que no aprueben su capricho de querer apropiarse de Groenlandia.
Repito la pregunta: ¿existe un plan para la contingencia de que Trump invada el territorio nacional para apoderarse del Canal?
Arranca el juicio por los sobornos de Odebrecht
Después de años de espera y de incontables demoras producidas por recursos legales, certificados médicos e incluso la imposibilidad de notificar a acusados, se inicia la sesión para determinar responsabilidades legales en el caso más grande de corrupción jamás presentado ante tribunales panameños. A medida que se vayan produciendo las noticias, comentaré sobre los resultados.
Desde ahora espero lo mejor y me preparo para lo peor. Incluso con evidencias que en el extranjero han servido para condenar por el mismo delito a varios de los ahora encausados en Panamá, el resultado de culpabilidad no está garantizado. Y es que pareciera que la verdad solo opera fuera de las fronteras nacionales. Los hijos del prófugo Ricardo Martinelli, ambos sentenciados y convictos en Estados Unidos por aceptar sobornos de la compañía brasileña Odebrecht, hoy gozan de inmunidad por haber sido electos como diputados al Parlamento Centroamericano, PARLACEN, y deberán ser juzgados aparte, por la Corte Suprema de Justicia, al igual que el expresidente Juan Carlos Varela, anteriormente vicepresidente durante el periodo 2009-14 en que Ricardo Martinelli ocupó el Poder Ejecutivo.
Lo cierto es que el resultado de estos juicios definirá de manera pública, nacional e internacionalmente, qué clase de Estado es Panamá.
Las maquinaciones para delinquir, declaraciones de testigos de los hechos, las confesiones de personas utilizadas como testaferros para la comisión de los delitos y las admisiones de cómplices que participaron personalmente en las trampas, todo está debidamente documentado. No importa cuáles nuevas artimañas produzcan los leguleyos contratados para defender a ladrones antipatria, las pruebas existen. Incluso desde Estados Unidos se han enviado documentos que sirvieron para definir y acusar a quienes estuvieron envueltos en la recepción de sobornos y posteriormente en el “lavado” de esos fondos sucios. ¿Qué más se necesita para determinar la inocencia o culpabilidad de los acusados? Pues en Panamá, si atendemos a las declaraciones de algunos exmagistrados y jueces, el “billete” puede ser determinante en establecer quién va preso y quién no.
Además, no olvidemos que el presidente tiene la capacidad de perdonar y liberar a personas convictas, y que los matraqueos legales incluyen la sustitución de encarcelamiento por el pago de multas, el “trabajo comunitario” o la determinación de “país por cárcel”, algo verdaderamente desconcertante por lo contradictorio.
Por: Rubén Blades