¿Por qué Panamá es tan desigual, y cómo nos afecta eso?
1 de Diciembre de 2025
Exclusivo para Contrapeso
Según la Cepal, en su informe Panorama Social de América Latina y el Caribe, 2025, la República de Panamá es el segundo país más desigual de América Latina y el Caribe, solo superado por Colombia. Esta afirmación se fundamenta en el cálculo del coeficiente de GINI de 12 países latinoamericanos. Este coeficiente fue desarrollado por el estadístico, demógrafo y sociólogo italiano Corrado Gini. Según el índice, entre más cerca esté del “0”, más igualitaria es una comunidad, y entre más cerca esté del “1”, más desigual es.
El informe de la CEPAL detalla que Colombia tuvo en el año 2021 un GINI de 0.566, y en el 2024 el índice fue de 0.559. En el caso de Panamá, en el 2021 el coeficiente fue 0.512 y en el 2024 de 0.506. En tercer lugar quedó Brasil con un índice en el año 2021 de 0.527 y en el 2024 de 0.504. Por su parte, Costa Rica quedó en cuarto puesto con un índice GINI en el 2021 de 0.501 y para el 2024 de 0.470. Es decir, que entre Panamá con su fragilidad institucional y Costa Rica con su fortaleza en políticas públicas sociales solo hubo una diferencia de 0.036 en el coeficiente de GINI. Este es un gran problema latinoamericano.
Para un dato comparativo: en el 2015, luego del grueso de la inversión de la ampliación del Canal de Panamá, las Cintas Costeras, el Saneamiento de la Bahía y la ampliación de la vía Panamericana de Santiago a la frontera, el coeficiente de Gini de Panamá fue de 0.515. Es decir, cuando la economía estaba volando, éramos aún más desiguales.
El hambre
El ENCOVI 2024, un estudio desarrollado conjuntamente por la Universidad Santa María La Antigua (USMA) y la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) de Venezuela, encontró que una tercera parte de los hogares panameños enfrentaron un grado moderado o severo de inseguridad alimentaria, es decir, no pudieron comer apropiadamente en el periodo cubierto por el estudio. Aunque se pueda pensar que este es un problema restringido a las comarcas indígenas y a las zonas rurales, en la provincia de Panamá hay 60 mil familias que enfrentan inseguridad alimentaria.
Este trabajo conjunto de estas dos universidades privadas le quitó el velo al rostro de la problemática social panameña. El dato usual sobre inseguridad alimentaria en Panamá es de 5.7%, lo que significa unas 200 mil personas, principalmente en comarcas y zonas rurales. Al cambiar el paradigma de evaluación, se visibilizaron otras tragedias. Por ejemplo, la gran escalera de ascenso social —la educación— no le está funcionando a una parte significativa de la población. La gran deserción escolar o desincorporación al sistema educativo se da entre los hombres por falta de recursos económicos para seguir estudiando en un 32%, o porque deben trabajar en un 29%. Es decir, que 6 de cada 10 hombres que dejan de estudiar lo hacen principalmente por razones económicas.
En el caso de las mujeres, el dato de abandono o suspensión de la educación es de 37% por razones económicas y un 8% porque tienen que trabajar. Es decir, que el 45% de las mujeres que se desincorporaron del sistema educativo lo hicieron por razones económicas. Sin embargo, un 26% lo hizo por otras razones, entre las cuales están el embarazo o la necesidad de cuidar a un familiar. Este conjunto de datos obliga a hacer la reflexión de si el “Pase U” (antigua Beca Universal) está cumpliendo su cometido, o si el mecanismo de distribución de este fondo es ineficiente para cubrir las necesidades puntuales de la población más vulnerable.
Las causas de la desigualdad
La desigualdad tiene muchas causas y muchos rostros. Existen causas históricas como la discriminación a los pueblos indígenas y a los afrodescendientes, o la marginación de las mujeres y niñas. Existen causas coyunturales como lo pudo ser la pandemia, algún desastre natural o los cambios políticos generadores de disrupción en los servicios sociales o en las políticas públicas. Por supuesto que hay causas culturales como las creencias religiosas y la superstición, por ejemplo. Adicionalmente, existe un conjunto de causas de la desigualdad proveniente de la delincuencia común, la violencia y la corrupción. Así, por ejemplo, no es lo mismo que por un peculado no se modernice una carretera en el área metropolitana, a que no se construya un puente sobre un peligroso río en alguna comarca indígena.
En una autocrítica que debemos hacernos los panameños, existe una mentalidad dominante en cuanto al uso de los fondos públicos que privilegia la construcción de megaproyectos de miles de millones de dólares cada uno, principalmente concentrados en el área metropolitana de la capital panameña, por encima de proyectos medianos y pequeños de infraestructura a lo largo de todo el territorio. Esa mentalidad concentra más recursos en la capital del país, lo que a su vez promueve más migración interna, lo que causa más tranques, más problemas de agua y de basura, reclamos por la cobertura educativa y de salud, y por supuesto, más conflictividad social.
Los impactos
La desigualdad nos persigue en América Latina. En el caso panameño es precisamente una de nuestras principales características sociales. El dato de que casi la mitad de los adultos panameños está inscrito en partidos políticos y la proliferación de la cultura clientelar del: “¿Qué hay pa’ mí?” son indicios de los efectos de la desigualdad. Ese primer gran efecto es la erosión de la calidad de nuestra democracia y Estado de Derecho. En una sociedad en la que hay que pedir favores y estar bien con quien tiene el poder, se abre la puerta a gobiernos débiles, impunidad de los grandes delitos y pérdida de fe en las instituciones. Esto lleva al callejón sin salida de la creencia de que lo que le falta al país es un “hombre fuerte que resuelva las cosas”.
El segundo impacto más grave es la pérdida de potencial económico. Es cajonero que se repita como un espacio común que: “Panamá puede ser otra Singapur” o que “Panamá puede ser la Irlanda latinoamericana”. Estos conceptos evidencian el potencial del desarrollo humano y económico del país. Los datos históricos son más reveladores: Panamá estaba mucho más desarrollada que Singapur cuando este último país nació a la vida soberana. A su vez, hace tan poco como una generación atrás, Irlanda era el país más pobre de toda Europa, con indicadores sociales y económicos peores que los de Panamá. Tanto Singapur como Irlanda hicieron su tarea creando instituciones robustas y transparentes e invirtiendo muy significativamente en el desarrollo de su capital humano.
No es accidental que en ambos países se realicen importantes festivales de arte y que se den espectáculos de ópera y conciertos de música clásica. La política de ambos Estados es la de darle la mejor educación posible a su población; esto es, dentro y fuera de las aulas. Como un recordatorio de la enfermedad panameña, Irlanda y sobre todo Singapur han construido una reputación de ser economías caracterizadas por la transparencia y la integridad. Ambas cualidades no son precisamente las que definen a la economía panameña.
Quizás el impacto más doloroso de la desigualdad sea el debilitamiento de la cohesión social. Ante la evidente concentración de la riqueza en Panamá y la desmejora en la calidad de vida de grandes segmentos de la población del país, se empiezan a perder las esperanzas personales y el optimismo ante el futuro. Se está haciendo más común escuchar a jóvenes que expresan su frustración ante la desigualdad y manifiestan que estarían interesados en migrar de Panamá. Incluso jóvenes muy educados en algunas de las mejores universidades del mundo manifiestan su desencanto ante la realidad inmediata que perciben.
Esa creciente actitud generacional, que probablemente se evidencia de distintas formas, puede conducir a una disminución del pegamento social que nos une en un proyecto común más allá de la selección nacional de fútbol, los carnavales y el desfile de Navidad. Sin esas ganas de convivir juntos, de sacrificarnos los unos por los otros, o de contribuir anónimamente a un desconocido para que tenga su escuela, compre su primera casa o desarrolle un negocio, se terminan los sueños comunes. Si permitimos que la desigualdad acabe por robarse nuestros sueños, solo quedarán las pesadillas que tanto conocemos en América Latina.
Por: Rodrigo Noriega
Abogado
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