Una reforma educativa para quién y para qué
19 de Enero de 2026
Exclusivo para Contrapeso
El 9 de octubre de 1979 se realizó una gigantesca marcha en la ciudad de Panamá contra la reforma educativa propuesta por el gobierno del general Omar Torrijos. Para descalificar la iniciativa se usaban epítetos como “comunista”, “socialista”, “ñángara” y otras expresiones de variada índole. La marcha sepultó esa reforma educativa y, por casi medio siglo, cualquier intento de modernizar el sistema educativo panameño se ha encontrado con una amenaza similar de resistencia docente.
Panamá solía tener un sistema de educación pública muy bueno. Basta revisar los escritos, libros y hasta artículos de opinión de los panameños y panameñas formados en esas escuelas públicas de principios del siglo XX hasta la década de 1970. La calidad de la educación panameña descansaba sobre un cuerpo docente muy instruido y preparado para sus tareas académicas.
La educación pública panameña tuvo maestros y profesores como Ricardo J. Alfaro, José Dolores Moscote, Octavio Méndez Pereira, Fermín Nadeau, Tito del Moral, Reina Torres de Araúz y una larga lista de eminencias sobre cuyos hombros está construido este país. Panamá se benefició de los exiliados españoles que emigraron por la Guerra Civil que sacudió su país natal, y por decenas de maestros y profesores extranjeros que alimentaron las aulas panameñas con sus conocimientos y su pasión por la enseñanza.
La gran cantera de los educadores panameños es la Normal Juan Demóstenes Arosemena, ubicada en la ciudad de Santiago de Veraguas. Esa Normal ayudó a formar a los maestros y maestras que construyeron las escuelas rancho en las que se pudo educar a una parte importante de la población panameña. La Normal tenía entre su cuerpo docente talentos de todas partes del mundo y, al ser un internado estudiantil, el proceso de enseñanza era sumamente intenso, sin descontar que los estudiantes externos aportaban una experiencia de mucha riqueza.
La educación pública panameña se benefició durante las primeras décadas del siglo XX de la migración y la apertura laboral que entonces existía en Panamá. Con la Normal de Santiago de 1939 se consolidó una tendencia en la educación como actividad profesional: la atracción de grandes talentos femeninos que no encontraban otras oportunidades para canalizar sus aspiraciones educativas y laborales. El magisterio se convirtió, con excepciones, en una ocupación predominantemente femenina. Nuevamente, la apertura laboral al talento y la vocación de un grupo humano, las mujeres, que tenían muy pocas opciones para educarse, sirvió para el beneficio del sistema de instrucción pública de Panamá.
La ampliación del acceso a la Universidad de Panamá, la creación de una red de centros regionales universitarios y el despliegue en las principales provincias de centros de formación técnica possecundaria abrieron nuevas puertas a la educación de las mujeres panameñas, que ya podían ser abogadas, ingenieras, doctoras, administradoras, auditoras, farmacéuticas y toda la gama de disciplinas universitarias ofrecidas en el país.
Paralelamente, la educación pública panameña se empezó a deteriorar. En la década de 1960 se redujo el número de horas de enseñanza para abrir paso a los turnos vespertinos. Así, la misma escuela podía funcionar dos o tres veces para poblaciones distintas. El loable propósito significó que los estudiantes de las escuelas públicas empezaran a recibir menos horas de clase que sus pares en las escuelas privadas. La masificación educativa de las décadas siguientes hizo normales salones de más de 40 estudiantes, en los que solo pasar la lista de asistencia consumía los primeros 10 minutos de una hora de clase recortada. Con el tiempo, las infraestructuras construidas en las décadas de 1950 a 1980 se vieron afectadas por la falta de mantenimiento y lo inadecuado de las instalaciones para el desafío que debían enfrentar, todo lo cual se combinó para impactar a la educación pública. Además, el muy significativo deterioro social de las principales zonas urbanas del país adicionó un elemento tóxico a la situación.
La nueva reforma
El presidente José Raúl Mulino anunció en su conferencia de prensa semanal del pasado jueves 15 de enero que su administración propondría en el mes de febrero una reforma de la Ley Orgánica de Educación de 1946 para así mejorar el sistema educativo panameño. Aunque es obvio que una reforma educativa requerirá de la actualización del marco jurídico existente, primero hay que estar de acuerdo en cuál es el objeto de la reforma educativa para luego cambiar la legislación.
El mandatario también informó que partiría a Davos, Suiza, al encuentro anual de empresarios, políticos, académicos y líderes de opinión mundial. La razón del viaje a Davos es posicionar a Panamá y atraer nuevas inversiones al país. El éxito de esa atracción de inversiones dependerá en gran medida del nivel educativo de los panameños y panameñas.
Para dimensionar el tamaño del reto educativo panameño necesitamos entender un concepto básico. En la última prueba PISA en la que Panamá participó, ocupó la posición 74 entre los 81 países y territorios que aplicaron la prueba. El primer país de esa lista fue Singapur. A su vez, en la lista de la revista Forbes de los 11 mejores sistemas educativos del mundo, el primer lugar lo ocupa Finlandia. En el puesto 9 hay un empate entre Japón, Nueva Zelanda y Barbados, que es el único país del continente americano en los primeros diez puestos de la lista. La clasificación en que se fundamentó la lista de la revista Forbes la hizo el World Business Council, la gente que organiza el Foro de Davos en Suiza, y que precisamente le da muchísima importancia a la calidad de la educación pública de los países como factor de competitividad.
De los países que ocupan los diez primeros lugares de la lista de la revista Forbes hay dos enfoques claramente diferenciados. Por una parte, países como Finlandia, Países Bajos y Estonia no ponen tareas a sus estudiantes y aplican muy pocos exámenes. Se enfocan en el aprendizaje del estudiante de acuerdo con su talento y capacidad, y se orientan al trabajo en grupo, las habilidades críticas y la capacidad para resolver problemas prácticos. Su enfoque es el bienestar del estudiante. De acuerdo con la UNICEF, los niños de los Países Bajos son los más felices del mundo. El otro enfoque es de inmersión, disciplina y una formación orientada hacia los conocimientos prácticos y la solución de problemas. Este enfoque lo usan Japón, Singapur y Corea del Sur.
Lo que tienen en común los mejores sistemas educativos del mundo es que todos los niños y niñas van a la escuela desde los 4 hasta los 18 años, es decir, 14 años de clases. Las altísimas tasas de alfabetización, así como el dominio de otros idiomas y un magnífico manejo de las matemáticas y de los conocimientos científicos, parecen ser las constantes. En materia de los docentes, todos los países de la lista Forbes tienen mecanismos para la formación y actualización permanente de los educadores.
El ejemplo
Llama poderosamente la atención el caso de Estonia, un país de Europa oriental que solía estar muy rezagado económicamente y que actualmente es uno de los grandes pioneros de la economía digital. Mientras Panamá asigna el 7 % de su Producto Interno Bruto a la educación, Estonia invierte el 4 % en el tema. La Ley de Educación de Estonia de 1992 dice que el propósito de la educación es: “crear condiciones favorables para el desarrollo de la personalidad, la familia y la nación; promover el desarrollo de las minorías étnicas, la economía, la política y la vida cultural en Estonia; conservar la naturaleza; enseñar los valores de la ciudadanía, y establecer las bases para crear una tradición de aprendizaje para toda la vida”.
¿Cómo consiguió Panamá clasificar al mundial de fútbol? Contrató al mejor director técnico que pudo conseguir, preparó al mejor personal auxiliar que pudo encontrar y seleccionó a los mejores jugadores panameños que se desempeñaban localmente o alrededor del mundo. Está claro que esta fórmula no solo sirve para estar entre las 30 mejores selecciones del mundo, sino que también es propicia para levantar la educación pública panameña al nivel de las mejores del mundo. Si Barbados pudo, ¿por qué no Panamá?
Por: Rodrigo Noriega
Abogado
Más de Contrapunto