¿Después de Groenlandia qué?
26 de Enero de 2026
Exclusivo para Contrapeso
Para esta fecha, el discurso de Mark Carney, primer ministro de Canadá, en Davos la semana pasada, ya le ha dado la vuelta al mundo varias veces y le ha puesto nombre y apellido al momento global en que vivimos: “no es una transición sino una ruptura”.
El doloroso final del orden mundial basado en reglas venía anunciándose desde hace varias décadas. Durante los años de 1980, en la presidencia de Ronald Reagan, Estados Unidos se retiró de la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, cuando este tribunal estaba considerando condenar a la nación norteamericana por haber colocado minas submarinas fuera de los puertos de Nicaragua.
Esa misma administración se negó a ratificar la Convención del Derecho del Mar de la Organización de Naciones Unidas. En los años siguientes, Estados Unidos se excluyó de la Convención de los Derechos del Niño, de la Convención para la Erradicación de Todas las Formas de Discriminación contra las Mujeres, del Tratado Constitutivo de la Corte Penal Internacional y de numerosos convenios y acuerdos ambientales y de derechos humanos. El principio era claro y directo: nosotros nos atenemos a nuestros propios intereses y reglas.
La era Trump
Donald Trump es un gran “actor” político en los dos sentidos del término. Por una parte, ha maximizado el poder y la influencia del cargo de presidente de los Estados Unidos y, por la otra, ha excedido con creces el guion que debía interpretar para el segmento de la población que lo eligió y, sobre todo, para las élites empresariales que le respaldan. Trump ha tenido profetas que han anunciado sus posturas con meses, si no años, de anticipación.
Está, por ejemplo, la Heritage Foundation, cuyo documento Project 2025 avisaba con precisión contable las políticas y medidas que adoptaría el segundo gobierno del presidente Trump. Esta fundación de derecha ha estado históricamente financiada por empresas petroleras, mineras y los sectores financiero y militar de los Estados Unidos. El principal redactor del Project 2025, Russell Vought, es el actual director de presupuesto del gobierno de Trump y fue una figura muy mediática durante el cierre por 43 días del gobierno federal a finales del año pasado.
Otra figura que anunció una parte muy importante de la política exterior de los Estados Unidos es Stephen Kevin Bannon. Este legendario y controvertido ideólogo de la ultraderecha explicó en detalle por qué Trump necesita a Groenlandia y al Canal de Panamá para la estrategia de seguridad hemisférica que persigue.
En una entrevista concedida a Brian Winter, editor de Americas Quarterly, a principios del año 2025, Bannon dijo lo siguiente: “Si se controla el espacio del mar entre Groenlandia e Islandia, lo que Estados Unidos va a hacer... y se controla el Canal de Panamá, esencialmente se habrá sellado herméticamente a los Estados Unidos contra ataques de usted sabe quién, y de los soviéticos o rusos...”.
Aunque la prensa estadounidense informa que la obsesión de Trump con Groenlandia data de su primera administración, Bannon ha sido una de las mentes que ayudó a construir el concepto estratégico que se ha manifestado en la esfera internacional. Aunque haya intereses económicos detrás de los minerales y del petróleo disponible en Groenlandia, el aspecto de seguridad geoestratégica alimenta una visión de un mundo tripolar, en el cual Rusia sería el poder dominante en Europa, China en Asia y los Estados Unidos en el continente americano.
La frontera ártica
Los republicanos habían adoptado mayoritariamente la posición política de negar la existencia, o ridiculizar, al cambio climático como un fenómeno poco relevante. Trump lo denomina como “the green scam” (la estafa verde); sin embargo, su gobierno está actuando con un reconocimiento evidente de que el hielo del Ártico y de las zonas colindantes, incluyendo Groenlandia, se va a derretir a causa del cambio climático. Esto abriría una ruta marítima por el Polo Norte y crearía una frontera de recursos, principalmente de hidrocarburos, actualmente intocables.
Mientras Rusia y China aumentan su flota de rompehielos y preparan a sus marinas de guerra para aprovechar el nuevo espacio marítimo, Estados Unidos quiere cerrarles el acceso a los recursos y la posibilidad de explotar un talón de Aquiles geográfico.
Es obvio que, si el hielo del Ártico y de Groenlandia se derriten, gran parte de la costa este de los Estados Unidos (y la costa atlántica de Panamá) enfrentarían un ascenso significativo del nivel del mar. El consenso científico acepta que Groenlandia perderá el 3 % de su superficie de hielo de aquí a mediados de siglo, lo que aumentará el nivel del mar de 25 a 30 centímetros. Si el cambio climático continúa con la trayectoria actual, Groenlandia podría perder todo su hielo y el nivel del mar podría elevarse 7.5 metros por encima de su nivel actual.
Esto causaría daños catastróficos a ciudades como Nueva York o a enclaves turísticos como Mar-a-Lago, propiedad del presidente Trump.
En Panamá, un ascenso tan pronunciado en el nivel del mar acabaría con gran parte de la ciudad de Colón, inundaría todas las islas de Guna Yala, acabaría con toda la línea costera de Bocas del Toro, borraría del mapa al Casco Antiguo y a la avenida Balboa, inundaría San Francisco y Costa del Este, y haría inservible el Aeropuerto Internacional de Tocumen. Además, claramente el Canal de Panamá quedaría muy afectado para realizar sus operaciones cotidianas.
Existe un grupo de allegados al presidente Trump que está interesado en explotar los recursos minerales de Groenlandia. Esto lo reportó el diario británico The Guardian. Si la expectativa es que muy pronto se va a derretir el hielo de Groenlandia y se convertirá en un campo petrolero con canchas de golf, no existe el incentivo para las élites empresariales de los Estados Unidos para combatir el cambio climático.
Con las tecnologías que ya tenemos, acompañadas de los incentivos económicos apropiados, se pueden lograr reducciones muy significativas de las emisiones de gases contaminantes. China se ha comprometido a ser carbono neutral para el año 2060. Estados Unidos podría hacer fácilmente lo mismo, incluso antes que los chinos.
Si esto ocurre a una escala planetaria y viene acompañado de medidas de restauración y conservación de bosques, se podría evitar el derretimiento de las grandes capas de hielo del mundo. Es decir, se impediría la creación de un gran espacio oceánico en el Ártico y, por lo tanto, la gran preocupación geoestratégica de los Estados Unidos podría perder prioridad.
El costo-beneficio
La administración del presidente Trump quiere desarrollar un escudo antimisiles parecido al “Domo de Hierro” que tiene Israel y que ha usado exitosamente contra los ataques iraníes. El proyecto de Trump se llama “Domo de Oro” y tendría un costo estimado de 175,000 mil millones de dólares. La idea es proteger a los Estados Unidos de ataques con misiles balísticos de Rusia, China y Corea del Norte.
La fantasía militar detrás de esta idea es que así Estados Unidos sería impenetrable en una supuesta Tercera Guerra Mundial. La tecnología militar existente le permitiría a los adversarios de los Estados Unidos penetrar ese domo con submarinos o drones que vuelen a baja altura, o cualesquiera otras tácticas.
Para cuando Groenlandia se convierta en un nuevo destino para vacacionar y disfrutar de sus campos y playas, la mayor parte del planeta estará enfrentando una catástrofe global, con infraestructura destruida, escasez de alimentos, carencia de artículos de primera necesidad y un colapso de muchos de los estados nacionales actualmente existentes.
Si los 175,000 mil millones de dólares, o más, que cuesta el escudo antimisiles fueran invertidos en combatir el cambio climático, el resultado podría ser muy distinto. En el año 2025, la Unión Europea produjo el 30 % de su electricidad con energía eólica y solar, lo que superó a todas las fuentes térmicas juntas.
Apenas estamos empezando en el uso de la energía solar. Una nueva generación de paneles esféricos permite aprovechar más rayos solares por más tiempo, y eso es solo el inicio.
Si lo de Groenlandia no funcionó como el presidente Trump quería, se debió al coraje y dignidad del gobierno de Dinamarca y al respaldo de sus socios europeos. Esa es una gran lección para Panamá. El Canal de Panamá sigue en la lista del presidente Trump, y es factible que, sin Groenlandia, empiece a apretar por acá.
Panamá no tiene por qué esperar. América Latina está dispuesta a respaldarnos y seguramente Europa también. Canadá y México, junto a Brasil y España, son grandes aliados potenciales para este tema. No es necesario buscar excusas para conversar con los mandatarios de esos países.
El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva estará en Panamá esta semana para un evento del Banco de Desarrollo de América Latina. Sería propicio iniciar la conversación pública de que América Latina respalda a Panamá como único dueño y administrador del Canal de Panamá y que el territorio adyacente a la vía interoceánica esté libre de bases militares extranjeras.
Como se demostró con el caso de Groenlandia, la mejor defensa de la soberanía de un país pequeño se hace acompañada de otros países.
Por: Rodrigo Noriega
Abogado
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