Cuando cambiar el nombre parece cambiar las cosas
13 de Octubre de 2026
Por: Carlos Barsallo
Abogado
Exclusivo para Contrapeso
Leo ahora que se propone hablar de superinteligencia donde hasta ayer hablábamos de inteligencia artificial. Y, por alguna razón, me acordé de una revista jurídica que fundamos siendo estudiantes hace cuarenta años.
La llamamos Novo Ius. El profesor César Quintero nos hizo ver que la expresión correcta era Novum Ius. Cambiamos el nombre.
Hace cuarenta años aprendí así que una palabra podía estar equivocada y que valía la pena corregirla. El tiempo me ha enseñado algo adicional: corregir, sustituir o modernizar una palabra puede ser importante, pero nunca nos exime de mirar aquello que la palabra pretende describir.
Esa lección sobre las palabras se multiplica en muchos ámbitos.
Hay nombres que corrigen. Hay nombres que reconocen. Hay nombres que describen cambios. Hay nombres que intentan provocarlos. Y también hay nombres que pueden terminar simplemente simulándolos.
Un territorio, San Blas, cambia de nombre a Gunayala para reflejar mejor la lengua y la identidad de quienes lo habitan, mientras su antigua denominación continúa viajando por el mundo.
Un lugar puede tener un nombre legal, otro histórico, otro afectivo y hasta otro internacional. Y todos pueden convivir durante décadas.
El Estado cambia la nomenclatura de lugares y calles, pero la memoria urbana conserva la anterior. Ricardo J. Alfaro sigue siendo Tumba Muerto para muchos; Parque Omar todavía puede ser el antiguo Club de Golf para otros. Las generaciones terminan delatando su edad con las palabras que utilizan.
Una de las mayores marcas tecnológicas del planeta, Twitter, cambia radicalmente de nombre a X y millones de personas continúan utilizando el anterior.
Hay cambios de nombre que reconocen una nueva realidad. Y hay cambios de nombre que sirven precisamente para evitar cambiar la realidad.
No se trata solamente de cómo llamamos una cosa, sino de cómo una expresión puede modificar nuestra percepción de lo que está ocurriendo.
¿Qué cambia cuando cambiamos inteligencia artificial por superinteligencia? Quizá cambie nuestra percepción. Quizá cambie el posicionamiento político o comercial. Quizá algún día describa una tecnología sustancialmente distinta. Pero el acto de rebautizarla no aumenta por sí mismo sus capacidades.
A veces cambiamos una palabra por otra más moderna, más amplia o aparentemente más sofisticada. Puede haber buenas razones para hacerlo. La pregunta sigue siendo qué cambió, además de la palabra.
Las instituciones también descubren periódicamente palabras nuevas para describirse. Algunas expresan transformaciones reales. Otras parecen anticiparlas. Y algunas terminan sustituyéndolas.
Cambiar la manera de llamar a una institución es sencillo. Cambiar la manera en que se gobierna, se decide, se rinden cuentas y se distribuyen responsabilidades suele ser bastante más difícil.
Podemos modernizar el vocabulario de una institución sin modernizar sus prácticas. Podemos cambiar sus estatutos sin cambiar sus incentivos. Podemos modificar su organigrama sin modificar quién decide.
Y es que no es lo mismo transformar que representar una transformación. El cambio de nombre puede hacer lo segundo. Solo los hechos permiten saber si ocurrió lo primero.
Cuando en Panamá se discutió el uso de la toga por los miembros de la judicatura, el sociólogo Enoch Adames escribió una frase que desde entonces me acompaña: “En el país de la simulación, la forma es el contenido”.
A veces, sin embargo, el nombre describe con bastante exactitud lo que hemos decidido crear y luego nos sorprenden las consecuencias. Un ejemplo: las partidas discrecionales.
¿Qué esperamos que signifique discrecional?
Si esperamos que el gobernante tenga libertad para reaccionar ante determinadas necesidades, pero al mismo tiempo esperamos que nunca utilice esa libertad para algo que nosotros no hubiéramos escogido, quizá el problema no esté solamente en quien decide. Puede estar también en cómo diseñamos la potestad.
Queremos discreción y después nos sorprende la discrecionalidad.
El problema comienza cuando esa discreción carece de límites, criterios y controles suficientes. Cuanto menos definidos estén los fines, criterios, beneficiarios, exclusiones y controles, mucho más difícil resulta distinguir jurídicamente el ejercicio legítimo de la discrecionalidad de aquello que socialmente percibimos como abuso.
Al soldado se le puede ordenar disparar a discreción. Eso no significa que pueda disparar contra cualquiera. La discreción existe dentro de una misión, no en sustitución de ella.
El Derecho conoce bien la diferencia entre nombre y sustancia. El nombre que las partes ponen a un negocio jurídico no determina necesariamente su naturaleza. Si materialmente reúne los elementos de determinada figura, cambiar el encabezado del documento no transforma por sí solo su sustancia. Y si el cambio nominal pretende eludir una prohibición legal, el problema se vuelve todavía más evidente.
Y llegamos al ejemplo más reciente: el “cierre ordenado”.
La mina dejó de operar después de que la Corte declarara inconstitucional la ley que aprobó su contrato de concesión.
Desde entonces ha sido necesario realizar determinadas actividades por razones ambientales y ahora se plantea incluso una eventual puesta en marcha para financiar y ejecutar su cierre. Puede haber razones técnicas para todo ello. Pero lingüísticamente la situación es irresistible: poner en marcha para cerrar lo que estaba cerrado.
Quizá por eso, antes de discutir cómo llamamos una cosa, convenga preguntar qué es exactamente lo que se hará.
Cuarenta años después de Novo Ius, seguimos poniendo nombres nuevos a las cosas. Algunas veces porque el nombre anterior era incorrecto. Otras porque la realidad cambió. Otras porque nosotros cambiamos. Y otras, quizá, porque resulta bastante más fácil cambiar el nombre que cambiar la realidad.
Quizá por eso, frente al próximo nombre nuevo, de una calle, una tecnología, una institución, un contrato, una partida presupuestaria o incluso un cierre, convenga detenerse un instante y hacer una pregunta mucho más sencilla:
¿Qué cambió, además del nombre?
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