La obsesión panameña con la reputación
9 deJunio de 2026
Por: Carlos Barsallo
Abogado
Exclusivo para Contrapeso
En Panamá muchas veces se prefiere parecer, comunicar, defender narrativa, hacer lobby, antes que corregir problemas estructurales.
Esas conductas logran resolver parcial y temporalmente. Ayudan a quien lo necesita a ganar tiempo. Pero la reputación sostenible no se construye con relaciones públicas sino con instituciones.
El problema es que Panamá protege reputaciones más de lo que protege instituciones.
La reputación es la percepción emocional de una persona construida a través de atributos determinantes y experiencias. La reputación es una construcción que ocurre en la mente del otro.
El expresidente de Panamá Belisario Porras dijo una vez: “Se nos atribuye a los panameños la característica nacional de no ganar ni perder reputación, y esto es realmente triste, porque en materia de honra hay que distinguir entre quien la tiene, quien la ha perdido y quien no la ha conocido jamás”.
En Panamá, a decir de John Le Carré, autor de El sastre de Panamá, “los políticos no se desgracian, sino se reciclan y el bochinche es lo que reemplaza a la cultura”.
En ciertos círculos el cinismo es casi un deporte nacional.
El comentarista panameño Lucas Castrellón lo refleja de forma memorable y dolorosamente precisa al señalar: “Nadie pierde nunca su reputación en Panamá. La cuelgan en el armario durante unos meses para que recupere su forma. Cuando la vuelven a poner, está como nueva”.
Yo añado: no lo hacen solos, reciben ayuda, mientras está en el armario y cuando se la vuelven a poner.
En Panamá, el lavado de reputación es tan problemático como el lavado de dinero, pero no hay lista gris de organismo internacional al respecto.
Hay gente y organizaciones que trabajan exclusivamente para lavar la reputación de otros: desde despachos de comunicaciones estratégicas, influencers pagados, bufetes, medios amigos, think tanks de ocasión, hasta columnistas a sueldo, ONG de conveniencia, producción de documentales o podcasts “independientes” financiados de forma opaca.
Como escribimos en Éxitos sin trazabilidad: la narrativa empresarial en tiempos de corrupción, en esta misma columna: “¿Cómo coexisten ‘éxitos’ con corrupción? Éxito sin trazabilidad es marketing, eficiencia sin controles es renta; reputación sin rendición de cuentas es cosmética. En sistemas corruptos, verdadera excelencia no es ganar sino mostrar cómo se gana y permitir que te auditen”.
Esto no es solo un problema de bolsillos, sino de expectativas: se ha normalizado.
El problema actual en Panamá no es solo corrupción de bolsillos, sino corrupción de expectativas: se ha normalizado que la política y los grandes negocios funcionen así. Y mientras la economía crezca (aunque sea de forma desigual y dependiente del Canal), muchos prefieren mirar para otro lado. Esto es problemático en el día a día en Panamá.
En este mundo al revés: “En la tierra de los antivalores, el corrupto le reclama al honesto que respete su reputación, mientras a manos llenas roba a la nación”. Así decía el Hoy por Hoy del diario La Prensa de Panamá el 19 de febrero de 2019.
Se ha intentado, y en gran medida logrado, capturar la agenda y la narrativa para manejar el tema de la reputación.
Se habla en demasía, y muchas veces sin contenido real, de ética empresarial. Todos hablan de ella, incluyendo, y sobre todo, quienes no la practican.
¿Se puede hacer algo? Sí, y mucho.
Lo primero: no dejarlos.
¿Cómo? Se puede fortalecer instituciones de control (judiciales, fiscalizadoras, periodismo serio, sociedad civil exigente), exigir trazabilidad, no aceptar el lavado de reputación como práctica normal, rechazar públicamente el “reciclaje” de figuras cuestionadas en cargos de alto nivel, apoyar y proteger a periodistas y fiscales independientes, incluyendo el financiamiento transparente para medios serios.
Escoja la que más le guste y ayude como pueda desde su trinchera.
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