La rosa es sin porqué: ética, convicción y el sentido de actuar correctamente
2 de Diciembre de 2025
Exclusivo para Contrapeso
En mis distintas conferencias a lo largo de los años he insistido en algo que, aunque evidente, no deja de ser incómodo: en la práctica profesional, empresarial y pública, solemos pedir razones, métricas o incentivos para hacer lo correcto. Preguntamos qué ganamos, qué evitamos, cuál es el “caso de negocios”. En un país y un tiempo dominados por la lógica de la inmediatez, del KPI, del cálculo y del beneficio, esa aproximación parece natural. Sin embargo, algo se pierde en ese camino. Algo esencial. Algo que la tradición filosófica, la ética y hasta la poesía llevan siglos recordándonos.
En una conferencia del año 2012 señalé que existen tres métodos para explicar la importancia de los estándares de ética y transparencia para evitar el fraude. El primer método, al que llamé del caos, es el de convencer por el temor mostrando las pérdidas y daños que genera la falta de ética. El segundo, el convencimiento por beneficio, busca demostrar que actuar éticamente produce ganancias tangibles, reputacionales y financieras. Y el tercero, el más difícil de defender en un mundo movido por incentivos, es el de actuar éticamente porque es lo correcto y porque beneficia a todos, aunque no se pueda medir de inmediato. Hoy añado que ese tercer método, tan frágil y tan exigente, es también el único que puede sostenerse en el tiempo.
El método del caos resulta persuasivo porque las cifras lo respaldan. Como expuse entonces, los datos del Report to the Nation on Occupational Fraud and Abuse muestran pérdidas multimillonarias y un sistema vulnerable ante la impunidad. En Panamá lo hemos vivido de forma reiterada: escándalos que se diluyen, investigaciones que se apagan, multas que nunca se cobran, y un sistema que, por tamaño, relaciones y silencios selectivos, termina protegiendo al infractor. Lo conozco de primera mano. He visto procesos que iniciaron con ruido y terminaron en penumbras, protegidos por la esperanza de que el tiempo —ese aliado de la impunidad— se encargaría de borrar todo rastro.
El segundo método, el de los beneficios, parece más atractivo para el empresario práctico. Numerosos estudios lo respaldan: mejores controles y buen gobierno producen acceso a capital más barato, reducen riesgos, fortalecen la competitividad e incrementan la plusvalía. Lo documentan obras como Case Studies of Good Corporate Governance Practices y análisis académicos como los de Peter Blair Henry y Peter Lombard Lorentzen en Making Markets Work. Pero incluso estos autores advierten que muchos no adoptan mejores prácticas porque temen burocracias, porque consideran que la transparencia los expone o, peor aún, porque extraen más beneficios personales del status quo que de un sistema íntegro.
Ese es el límite del segundo método: termina diciendo “haga lo correcto porque le conviene”. Y así, la ética queda relegada a un área de estrategia comercial, no a un principio de vida.
Es aquí donde el tercer método, el más frágil y más profundo, se encuentra con una idea filosófica que recientemente volví a estudiar: la frase del místico alemán Angelus Silesius, “la rosa es sin porqué”. Esta intuición del siglo XVII, contenida en El peregrino querúbico, sostiene que lo más verdadero no necesita justificación. La rosa florece sin razón externa. Existe porque existe. La belleza no pide permiso; simplemente se despliega.
La frase ha sido interpretada desde la mística, la filosofía existencial, la psicología y la ética. No todo lo valioso tiene utilidad inmediata. La dignidad humana, la integridad, el respeto a la ley, la verdad y la decencia no necesitan excusas, incentivos ni recompensas. Son valiosos en sí mismos.
En ética, esta lectura es reveladora: lo correcto no necesita un porqué práctico. Hay decisiones —rechazar un conflicto de intereses, no aprovecharse de un vacío legal, no manipular información, no sacrificar la verdad por conveniencia— que se sostienen por su propio peso moral. Como bien recordaba la experta Alison Taylor en su artículo publicado en la Harvard Business Review: “No siempre necesitamos un caso de negocios para hacer lo correcto”. Y el escritor Upton Sinclair lo expresó aún con más crudeza: “No es posible convencer a alguien de algo cuando sus ingresos dependen de no entenderlo”.
Aun así, debemos insistir.
La ética no es solo un mecanismo para evitar el caos, ni una herramienta para maximizar beneficios. Es —como describió John Sullivan en The Moral Compass of Companies— una brújula interna que orienta la conducta incluso cuando nadie vigila. Una brújula que define no solo a las empresas, sino a las sociedades. La transparencia, los controles, la rendición de cuentas y la integridad son parte de esa brújula colectiva. Son las condiciones mínimas para un país que quiera ser decente, sostenible y próspero más allá de un ciclo político.
Pero hay más. Este tema, que puede parecer áspero o técnico, también contiene un mensaje de esperanza. Si la rosa florece sin porqué, también nosotros podemos hacerlo. Podemos actuar desde la convicción, no desde el miedo ni desde el cálculo. Podemos ser —en el ejercicio profesional, en la gestión pública, en el día a día— coherentes con lo que afirmamos querer para nuestro país.
La experiencia me ha enseñado que los cambios duraderos no nacen de la presión externa, sino de la transformación interna. Nacen cuando dejamos de pedir razones para hacer lo correcto y empezamos a vivirlo como algo natural, casi inevitable. Como una rosa que florece sin explicaciones.
Esa es la manera de recuperar la confianza, reconstruir instituciones y formar generaciones que no tengan que elegir entre éxito y ética. Que entiendan que lo verdaderamente valioso —la integridad, la dignidad, la decencia— “es sin porqué”. Y que, justamente por eso, vale la pena.
Por: Carlos Barsallo
Abogado
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