¿Está América Latina condenada a convertirse en una narcocracia?
26 de Febrero de 2026
Exclusivo para Contrapeso
El 2 de diciembre de 1993 fue abatido Pablo Escobar Gaviria, el más grande y violento de los narcotraficantes colombianos. La Administración Contra Drogas de los Estados Unidos (DEA) y las fuerzas especiales colombianas le dieron cacería al narco que se había burlado de todo y de todos. Cuando Escobar Gaviria murió, Colombia promediaba una producción anual de 627 toneladas de cocaína para la década de 1990.
De acuerdo con las Naciones Unidas, Colombia produjo unas 2,600 toneladas de cocaína para el año 2024. Las fuerzas policiales del gobierno de Colombia confiscaron 883 toneladas de cocaína ese año. De las 376 mil hectáreas del arbusto de la coca sembradas a nivel mundial, 253 mil hectáreas están sembradas en Colombia. La coca colombiana viaja al resto del mundo por Ecuador, Brasil, Venezuela, Panamá, el Caribe y toda Centroamérica.
Uno de los países más importantes para el narcotráfico internacional es Ecuador, cuyas fronteras porosas y puertos permisivos se han convertido en una gran plataforma de reexportación de la cocaína. El precio que está pagando Ecuador por esto se ve en violencia, en cárceles dominadas por cárteles y por autoridades rebasadas frente a un fenómeno transnacional de proporciones gigantescas.
Las narcolanchas
Desde mediados del año pasado, la Marina de Guerra de los Estados Unidos inició un programa de destrucción de supuestas narcolanchas en el Caribe y en el Pacífico. Más de 120 personas han muerto y decenas de lanchas han sido hundidas sin que se haya judicializado un solo caso. Un dato sumamente significativo es que, a pesar de la iniciativa de hundir las narcolanchas, el precio de la cocaína en los Estados Unidos y en Europa Occidental no ha subido.
El derrocamiento del dictador venezolano Nicolás Maduro y su captura, junto a su esposa, como líderes de una operación de narcotráfico de escala continental no parece haber impactado los flujos del narcotráfico. El que otrora fue descrito como una poderosa organización criminal, el Cártel de los Soles, desapareció del escenario cuando los fiscales del Departamento de Justicia de los Estados Unidos presentaron formalmente su acusación contra Maduro en la primera audiencia ante un juez federal de Nueva York.
Del Chapo al Mencho
En 1972, Joaquín Guzmán era un microtraficante de marihuana que solía colocarla en la frontera entre México y los Estados Unidos. Para 1989, Guzmán ya era el jefe del Cártel de Sinaloa. La influencia de los cárteles en México creció en las décadas de 1960 a 1990, alimentada por la sucesión de crisis económicas que castigaron a México, así como por la primera generación de medidas neoliberales que hicieron más poroso al Estado mexicano. Los cárteles se aprovecharon de la corrupción existente y de una cultura de la violencia que ha marcado a México a lo largo de toda su historia.
Posiblemente México tenga un siglo de estar exportando drogas a los Estados Unidos, principalmente marihuana, que cruzó la frontera acompañando a los jornaleros mexicanos que iban a recoger naranjas, tomates, zanahorias, papas, maíz, así como a ordeñar vacas y cuidar gallinas, con largos horarios de trabajo en los que el alimento era escaso. La proximidad de Hollywood a la frontera mexicana le dio un toque de sofisticación al consumo de drogas a ambos lados de la frontera. Los primeros cárteles mexicanos nacieron cuando en Estados Unidos se prohibió de forma absoluta el consumo de alcohol. El contrabando era esencialmente de bebidas alcohólicas en todas sus variedades. Luego de la legalización del alcohol en 1933, los contrabandistas tuvieron que buscar nuevos productos.
La guerra de Vietnam y la gran protesta juvenil contra la acción militar generaron un nuevo mercado para la marihuana mexicana. La cocaína era un fenómeno de la Costa Este de los Estados Unidos y de pequeños círculos en California. Ese tráfico estaba en manos de los italianos y su mafia.
La era de la irresponsabilidad
El estimado mundial de consumidores de marihuana es de unos 244 millones de personas para el año 2024. Esto se concentra principalmente en Norteamérica y Europa Occidental. Ese mismo año se calculó que los consumidores de cocaína alcanzaron los 25 millones de personas, principalmente en los continentes americano y europeo.
Solo en los Estados Unidos se estimó en la década pasada, por la muy reputada RAND Corporation, que el valor del consumo de drogas ilícitas en ese país superó los 150 mil millones de dólares anuales. En contraste, el presupuesto de todas las iniciativas y agencias contra el narcotráfico en los Estados Unidos, en 2024, apenas alcanzó los 44 mil millones de dólares. Ese desbalance demuestra el núcleo del problema. Mientras haya una demanda tan excesiva por drogas ilícitas, alguien las va a tener que proveer.
Este es el caso del fentanilo, un opiáceo sintético cuyos precursores están fabricados principalmente en China y, en menor grado, en la India. Esos dos países exportan en forma legal e ilegal esos componentes a México, en donde “cocinas” clandestinas hacen las mezclas y producen el fentanilo. El rey del fentanilo fue, hasta el fin de semana pasado, el “Mencho”, Nemesio Oseguera Cervantes, quien dominaba el Cártel Jalisco Nueva Generación, que se considera es la principal organización productora del fentanilo, responsable de la muerte de hasta 125 estadounidenses todos los días.
Toda América Latina y el Caribe se han transformado en una plataforma logística, un tablero de ajedrez, para la producción y distribución de drogas hacia los mercados de Norteamérica, Europa Occidental y el resto del mundo. Los cárteles tienen presencia en todos los continentes. Son capaces de movilizar contenedores de un extremo al otro del planeta sin que la droga sea detectada. Su dominio de puertos, aeropuertos, aduanas y fronteras se extiende a los cuerpos de seguridad pública, los gobiernos locales, así como a los gobiernos nacionales. En Panamá hay una bancada de 5 a 8 narcodiputados que son intocables por la cobardía y la complicidad de la Corte Suprema de Justicia. Esos hombres y mujeres hacen leyes, asignan presupuestos, nombran personal y, lo que es más importante, impiden el pleno funcionamiento del Estado de Derecho, que queda distorsionado frente a los poderosos caballeros de la corrupción y del narcotráfico.
Es irrelevante cuánto dinero se gaste en seguridad pública, cuántas toneladas de droga se capturen o cuántos microtraficantes se pudran en las cárceles panameñas. Nada de eso es importante si no se controla de verdad la corrupción. Lo que vive México, así como lo que viven Colombia y Ecuador, empezó con el primer policía que aceptó una coima para mirar hacia otra parte, con el primer juez que fue recompensado por soltar a quien no debía y con el primer político que compró lealtades a punta de bolsas de comida, falsas becas y ofertas de trabajo. Cuando el Estado y los asuntos públicos se transforman en una oportunidad para el mejor postor, los narcos tienen la ventaja. América Latina y el Caribe derrotarán al narcotráfico cuando derroten a la corrupción. Esta lección es vital para Panamá, donde la impunidad pactada por el Órgano Judicial es una espada de Damocles sobre el futuro de este país. La experiencia de nuestros vecinos del área demuestra con creces que ese es el peor camino.
Por: Rodrigo Noriega
Abogado
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