De “ninis” a “nonos”: una generación sin oportunidades

30 de Julio de 2026

Por: Rodrigo Noriega
Abogado

Exclusivo para Contrapeso


El despacho de la primera dama presentó ante el Concejo Municipal del distrito de Panamá una propuesta para atender a los más de 250 mil jóvenes que no tienen empleo formal ni acceso a la cobertura educativa para completar sus estudios o recibir una capacitación para el trabajo que les facilite insertarse en la economía. La propuesta incluye ampliar el acceso a parques y canchas deportivas, así como realizar más actividades dirigidas a atender la salud mental de niñas, niños y jóvenes en riesgo.

En 2016, según cifras del Banco Mundial, en Panamá había 72 mil jóvenes de entre 15 y 24 años que no estudiaban ni tenían empleo. El desempleo oficial para ese año fue de 5,1 %. El país había vivido una década de megaproyectos, como la ampliación del Canal de Panamá, las dos líneas del Metro de la ciudad de Panamá y la llegada de miles de millones de dólares en inversión extranjera directa. Aun así, la economía panameña, el sistema educativo y las redes de protección social no habían logrado insertar a toda la población en la prosperidad que disfrutaba el país.

En 2026, una década más tarde, la tasa de desempleo oficial es de 10,8 % y unos 250 mil jóvenes carecen de empleo o están fuera de la cobertura del sistema educativo. Al igual que en 2016, ese grupo está compuesto mayoritariamente por mujeres y predomina en las zonas urbanas. Las causas son múltiples e incluyen el embarazo adolescente, las responsabilidades relacionadas con las tareas domésticas, la deserción escolar, la falta de cobertura de las instituciones educativas —ya sea para completar la educación media o recibir capacitación laboral— y, por supuesto, una crisis latente en la salud mental de nuestra juventud. Este fenómeno ocurre en paralelo con el aumento de la economía informal, el crecimiento de las bandas delincuenciales y el incremento de la violencia, cuyas principales víctimas son los jóvenes.

La maldición de los “ninis”

La situación antes descrita es un fenómeno social ampliamente presente en las economías de los denominados “países del sur”. La expresión con la que se denominó esta condición estadística fue acuñada en inglés como not in education, employment or training y abreviada con el acrónimo NEET. En español, la traducción sería: “sin educación, empleo o capacitación”. Tanto la expresión en inglés como su traducción al español son meramente descriptivas.

Sin embargo, las propias instituciones financieras internacionales y algunos organismos internacionales tradujeron el acrónimo NEET como “nini”. El término nini significa “ni estudia ni trabaja”, o “ni educación, ni empleo ni capacitación”. Sin embargo, contiene una valoración sobre la voluntad o autonomía del joven o la joven, casi como un sinónimo de vago: alguien que no quiere estudiar ni trabajar. Esto es totalmente distinto del sentido de NEET o del término estadístico que representa.

Si queremos referirnos a estos valiosos jóvenes a partir de esa caracterización estadística, entonces deberíamos usar el término “nono”. Esto significa: “no tiene acceso a la educación, al mercado laboral o a la capacitación para el trabajo”. Lo que parece ser una diferencia nimia entre nini y nono implica un cambio de enfoque muy significativo.

El nini, recordando aquel gustado segmento del programa sabatino La Cáscara, es quien, por decisión propia, evita educarse o realizar un trabajo productivo. En cambio, el nono es aquel —sobre todo aquella— a quien, por una multiplicidad de factores, se le ha restringido el acceso a instituciones educativas apropiadas para sus necesidades. Es también aquella persona joven que, al carecer de educación, no puede obtener un empleo o que, por otros factores, no puede acceder a una oportunidad laboral.

Mientras ser nini es una decisión personal, ser nono es el resultado de un fallo estructural del sistema educativo, de las redes de asistencia social y de la falta de cobertura de las instituciones del Estado, que deberían prestar servicios básicos de calidad, como agua potable, recolección de basura, mantenimiento de calles, infraestructura de movilidad, servicios de salud y, por supuesto, seguridad pública.

La trampa de la pobreza panameña

De acuerdo con la Iniciativa Panamá Sin Pobreza, para 2035 este país tendrá 356 mil desempleados, lo que representará un índice de desempleo de 13,8 %, frente al 10,8 % de la actualidad. El problema del desempleo tiene un fuerte vínculo con la macroeconomía del país y con el entorno microeconómico de las principales zonas urbanas. La principal pobreza que enfrenta Panamá es la carencia de un pensamiento sofisticado, reflejada en políticas públicas insuficientes para generar empleo y mejorar la educación en el país.

El desempleo que tenemos y la estadística de los nonos corresponden a un modelo económico agotado y rebasado por las realidades cambiantes del mundo. Desde el siglo XVI, la economía de Panamá ha estado atada a megaproyectos. Los de la época colonial se llamaban “las Ferias de Portobelo”. Luego, en el siglo XIX, vinieron los megaproyectos del ferrocarril y del Canal francés.

En el siglo XX, los megaproyectos fueron la terminación del Canal de Panamá, las grandes plantaciones bananeras, la Zona Libre de Colón, el Centro Bancario Internacional y, así, sucesivamente, hasta llegar al siglo XXI. Nuevamente, la fiebre por los megaproyectos se aceleró con la ampliación del Canal de Panamá, las dos líneas del Metro, las tres cintas costeras, la autopista Panamá-Colón, el programa de saneamiento de la bahía de Panamá, la ampliación del Aeropuerto Internacional de Tocumen, el ensanche de la carretera Panamericana desde Santiago hasta la frontera con Costa Rica y, por supuesto, la mina de cobre de Donoso.

Pronto entraremos en otro ciclo de megaproyectos liderados por la Autoridad del Canal de Panamá, con el embalse multipropósito de río Indio, el gasoducto, los dos nuevos puertos y el corredor logístico, que podrían alcanzar una inversión de hasta 12 mil 800 millones de dólares en los próximos cinco años. Está, además, la iniciativa de reabrir la mina y, tal vez, hasta la primera fase del tren Panamá-David-Frontera. Todos esos megaproyectos han sido, son y serán una inyección de esteroides para una economía con serias distorsiones.

Si dependemos de los megaproyectos para generar empleos y reducir la pobreza, entonces queda claro que, cuando no hay megaproyectos, se disparan el desempleo y la pobreza. El problema de fondo es nuestra adicción a los megaproyectos, que debe ser sustituida por una economía sana y libre de atajos empresariales, para convertirse en la economía de todos y para todos que deberíamos tener.

Hay demasiados ejemplos alrededor del mundo de países pequeños y exitosos que no dependen de megaproyectos: Singapur, Nueva Zelanda, Irlanda, Uruguay y República Dominicana.

Los nonos son un síntoma de algo mucho más grande que está mal en este país. El primer favor que debemos hacernos es descartar el término nini y empezar a pensar cómo permitimos que unos 250 mil panameños y panameñas no pudieran ejercer sus derechos humanos a la educación y al trabajo. El problema no son ellas ni ellos... somos nosotros.

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