Colombia eligió cambio, pero no consenso

23 de Junio de 2026

Por: Rossana Marín
Periodista y politóloga


Exclusivo para Contrapeso

Entretejer puentes para construir acuerdos en un país profundamente dividido será probablemente el primer gran reto de Abelardo de la Espriella si, como todo indica hasta ahora, el escrutinio confirma su victoria presidencial.

Los datos preliminares de la Registraduría —el organismo estatal colombiano que organiza y certifica los procesos electorales— arrojaron un resultado digno de un photo finish: 49,66 % para De la Espriella frente a 48,70 % para Iván Cepeda. Unos 261.000 votos de diferencia sobre un total de casi 26 millones de sufragios emitidos. Pero esos números son todavía el preconteo, una transmisión rápida de datos con valor informativo y sin fuerza legal.

El único proceso que tiene validez jurídica es el escrutinio oficial, en el que comisiones integradas por jueces, notarios y delegados del Consejo Nacional Electoral verifican físicamente las actas de votación, corrigen errores y resuelven reclamaciones. Ese proceso arrancó el mismo domingo a las 4:00 p. m. y se extenderá hasta que el Consejo Nacional Electoral haga la declaratoria oficial de elección. Hasta ese momento, no hay presidente electo, solo un resultado que, de confirmarse, pintaría a Colombia con una fractura exactamente por la mitad.

La reacción al petrismo

La eventual victoria de De la Espriella puede leerse como una reacción al desgaste del gobierno de Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda en la historia colombiana, cuyo mandato termina en agosto. La percepción de deterioro en seguridad, la desaceleración económica, el debilitamiento de la inversión privada y la tensión permanente con las instituciones alimentaron el deseo de cambio en una parte significativa del electorado.

Al mejor estilo de los outsiders que han convertido el hartazgo ciudadano en poder político —Milei en Argentina, Bukele en El Salvador y Trump en Estados Unidos—, De la Espriella canalizó ese descontento desde afuera del establishment.

El abogado penalista, sin trayectoria en cargos públicos, construyó una campaña centrada casi exclusivamente en seguridad, con promesas de ofensiva frontal contra los grupos armados ilegales, fortalecimiento de las Fuerzas Armadas y recuperación del control territorial en regiones donde el Estado colombiano prácticamente no existe. Es el patrón que el politólogo alemán Yascha Mounk ha documentado en varios países: cuando la confianza en el sistema colapsa, ganar no requiere convencer, sino encarnar la alternativa.

El modelo que seduce y el que advierte

De la Espriella declaró inspirarse en Bukele, cuya política de seguridad redujo drásticamente los homicidios en El Salvador mediante capturas masivas y estado de excepción. Y aunque en el país centroamericano los resultados son innegables, Colombia no es El Salvador.

El conflicto armado colombiano lleva más de seis décadas activo e involucra guerrillas marxistas históricas como las disidencias de las FARC y el ELN, estructuras del narcotráfico y decenas de organizaciones criminales locales que controlan economías ilegales donde el Estado nunca ha logrado instalarse de manera permanente. Es uno de los ecosistemas de violencia más heterogéneos y enraizados del mundo.

Eso importa porque la lógica de Bukele funcionó sobre un enemigo relativamente homogéneo: las maras, pandillas urbanas con estructura identificable. Colombia presenta una geografía criminal mucho más fragmentada, donde eliminar un actor suele abrir espacio a otro. La fuerza sin presencia estatal duradera, históricamente, desplaza la violencia sin eliminarla. Levitsky y Way, referentes en el estudio del autoritarismo competitivo, han mostrado además que estos modelos de mano dura frecuentemente vienen acompañados de erosión institucional. El precio democrático vale la pena examinarlo antes de pagarlo.

Ganar no es gobernar

Quienes votaron por De la Espriella no lo hicieron por ideología, sino por impaciencia. Quieren resultados concretos: menos muertos, más empleo, calles más seguras. El problema es que Colombia llega a este cambio de gobierno con una economía desacelerada, inversión privada retraída y una deuda social acumulada durante décadas que ninguna administración ha logrado resolver del todo. Los cambios estructurales no se decretan en un discurso de posesión ni se consolidan en el primer año. Y en un país donde la mitad del electorado ya está en oposición desde el día uno, el margen para decepcionar es estrecho y el costo político de la impaciencia, altísimo.

De la Espriella no recibiría un mandato arrollador, sino uno de los más estrechos de la historia reciente del país. En un Congreso fragmentado en decenas de partidos —donde ningún presidente gobierna sin construir coaliciones—, cada reforma deberá negociarse palmo a palmo. La tentación de gobernar solo para sus votantes podría profundizar la polarización. La construcción de acuerdos mínimos con la oposición será probablemente la condición para que algo funcione.

Las elecciones demostraron que Colombia quiere cambio. Lo que aún no está claro es si ese cambio podrá implementarse en un país donde prácticamente la mitad de los ciudadanos piensa distinto.

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