La nueva tendencia en EE. UU.: mujeres que quieren renunciar a su derecho al voto

29 de Julio de 2026

Por: Rossana Marín
Periodista y politóloga

Exclusivo para Contrapeso


La posibilidad de que las mujeres pierdan el derecho al voto en Estados Unidos parecía pertenecer a una discusión superada hace más de un siglo. Desde 1920, la Decimonovena Enmienda de la Constitución prohíbe que el Gobierno federal o los estados nieguen el sufragio por razón de sexo. Derogarla requeriría un proceso constitucional extraordinariamente complejo y un nivel de consenso político que hoy simplemente no existe.

Pero que una propuesta sea jurídicamente inviable no significa que sea políticamente irrelevante.

Durante el Women's Leadership Summit, un evento encabezado por Erika Kirk, actual directora de la organización tras el asesinato de su esposo y fundador, Charlie Kirk, cientos de mujeres conservadoras se reunieron para debatir temas relacionados con liderazgo, familia, política y religión.

Allí, una de las conferencistas más comentadas fue Savanna Faith Stone, una joven influencer que desde hace meses defiende públicamente el llamado household voting o "voto por hogar": un modelo según el cual el matrimonio constituye una sola unidad política y, por tanto, debería emitir un único voto representado por el esposo. Durante la cumbre, varias asistentes afirmaron que estarían dispuestas a ceder voluntariamente su voto porque consideran que ambos comparten los mismos principios y valores.

Discutir el voto en familia no tiene nada de extraordinario. Millones de matrimonios conversan sobre política, intercambian argumentos e incluso terminan votando por el mismo candidato. El household voting, sin embargo, va un paso más allá. No propone que las decisiones sean compartidas, sino que la representación política deje de pertenecer al individuo para recaer en la familia, representada por una sola persona: el hombre.

La discusión fue rápidamente asociada al auge de las llamadas tradwives (esposas tradicionales, en español), mujeres que promueven un modelo tradicional de matrimonio en el que el hombre asume el papel de proveedor y la mujer prioriza el cuidado del hogar y de los hijos.

Cuando cambia el electorado, cambia la política

Aunque históricamente el sufragio femenino suele analizarse como una conquista de derechos civiles, desde la ciencia política también representa un cambio más profundo: la incorporación de un nuevo actor capaz de modificar el equilibrio electoral de una democracia. Eso fue precisamente lo que observaron los politólogos Ronald Inglehart y Pippa Norris al estudiar la evolución del voto en las democracias occidentales.

Durante buena parte del siglo XX, hombres y mujeres votaban de manera relativamente similar e, incluso, en algunos momentos, ellas tendían a ser ligeramente más conservadoras. Pero esa tendencia comenzó a cambiar de forma sostenida a partir de la década de 1980.

El aumento del nivel educativo femenino, la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, los cambios generacionales y una progresiva secularización de la sociedad produjeron una transformación del comportamiento electoral. Desde entonces, las mujeres comenzaron a inclinarse en mayor proporción hacia el Partido Demócrata, mientras los hombres permanecieron relativamente más cercanos al Partido Republicano.

Ese fenómeno es conocido como gender gap, o brecha de género, y hoy constituye una de las características más estables del sistema político estadounidense.

Las elecciones presidenciales de 2024 volvieron a confirmarlo. Las mujeres respaldaron mayoritariamente a Kamala Harris, mientras que los hombres favorecieron en mayor proporción a Donald Trump, consolidando una diferencia que los centros de investigación electoral vienen observando desde hace más de cuatro décadas.

Sin embargo, interpretar esa brecha como si hombres y mujeres vivieran en universos políticos completamente distintos sería un error porque, cuando se analizan las prioridades de los votantes, los datos cuentan una historia mucho más matizada.

Lo que realmente dicen los datos

La existencia del gender gap no significa que hombres y mujeres vivan en realidades políticas completamente distintas. Tampoco que cada sexo vote movido por un único tema. De hecho, uno de los errores más frecuentes en este debate consiste en afirmar que "las mujeres votan por el aborto", mientras "los hombres votan por la economía".

Los datos muestran un panorama bastante más complejo.

Según el Pew Research Center, la economía siguió siendo el principal asunto para prácticamente todos los votantes durante las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos, en 2024. Más del 80 % de los estadounidenses, independientemente de su sexo, la consideró un factor determinante al momento de decidir su voto. La inflación, el costo de vida y el empleo continuaron siendo la principal preocupación nacional.

Las diferencias aparecen cuando se observa la importancia relativa que hombres y mujeres asignan a otros asuntos.

Las mujeres tienden a otorgar mayor peso a temas como el aborto, la atención en salud, la educación y las políticas de cuidado. Los hombres, en cambio, muestran una preocupación relativamente mayor por la inmigración, la seguridad pública y la criminalidad.

No significa que unas ignoren la economía o que los otros sean indiferentes frente a la salud. Significa que, cuando los votantes ordenan sus prioridades, el peso que cada grupo asigna a determinados temas no siempre es el mismo.

Cuando votan nuevos actores, cambia la agenda

Aquí es donde el debate deja de tratar sobre hombres y mujeres para convertirse en una discusión sobre democracia. Cada vez que un nuevo grupo adquiere capacidad efectiva para influir en las elecciones, también aumenta su capacidad para influir en la agenda pública.

Eso ocurrió con la ampliación del sufragio a trabajadores sin propiedad durante el siglo XIX. Ocurrió con la incorporación de las minorías raciales al electorado. Y ocurrió, naturalmente, con las mujeres. El sufragio femenino no solo amplió el número de personas habilitadas para votar. También incorporó nuevas prioridades al debate político.

Con el paso de las décadas, asuntos como la salud materna, la violencia intrafamiliar, la educación infantil, las licencias de maternidad, la igualdad salarial o los derechos reproductivos comenzaron a ocupar un espacio cada vez mayor dentro de la discusión pública.

No porque antes fueran inexistentes, sino porque las democracias responden, inevitablemente, a los intereses de quienes participan en ellas. La representación política no consiste únicamente en contar votos; consiste también en decidir qué problemas merecen la atención del Estado.

Desde esa perspectiva, el sufragio femenino transformó mucho más que la composición del electorado. Modificó el equilibrio de intereses dentro de la democracia estadounidense, y ese cambio continúa produciendo efectos.

WhatsApp Compartir en WhatsApp

Anterior
Anterior

El autoritarismo latinoamericano ya no necesita tanques y ejércitos: usa las urnas

Siguiente
Siguiente

Catalina Botero responde 20 preguntas sobre la libertad de expresión.