En busca del sentido de la vida
14 de Octubre de 2026
Por: Rodrigo Noriega
Abogado
Exclusivo para Contrapeso
El viernes 9 de octubre acababa de almorzar cuando llegó la sacudida. Tuve que evacuar mi apartamento y permanecer de pie en la acera de enfrente del edificio donde vivo. El momento estaba lleno de consternación e impotencia. Mis vecinos, al igual que yo, no podíamos comunicarnos por teléfono con nuestros seres queridos. Yo quería escuchar la voz de mi esposa y la de mis hermanos.
Un bombero retirado pasó en su automóvil, se detuvo y compartió unas breves instrucciones: “Esperen 30 minutos y luego alguien debe entrar para recorrer el edificio piso por piso y verificar si huele a gas. Si hay olor, llamen a los bomberos. En caso contrario, pueden entrar a sus apartamentos, pero sin encender nada. Deben abrir las ventanas. Si después de 15 minutos con las ventanas abiertas huele a gas, llamen a los bomberos”.
Cuando regresamos al edificio y empezamos a subir las escaleras, un vecino gritó: “¡Está temblando!”, y todos bajamos nuevamente para salir del edificio. En total, ese día evacuamos en cuatro ocasiones.
Uno de nuestros sobrinos pasó en la noche a recogernos a mi esposa y a mí. Acordamos ir a cenar, pero todo estaba cerrado. Encontramos abierto el restaurante Mesón del Prado, y lo único en lo que podía pensar era en un sancocho con arroz.
Esa noche había recibido la invitación de uno de mis hermanos y de un gran amigo para que mi esposa y yo fuéramos a pasar la noche en sus casas, en lugar de quedarnos en el condominio donde vivimos. Decidimos permanecer en nuestro apartamento, y la noche se hizo muy corta entre las réplicas y las redes sociales. Estuvimos siguiendo la página del Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, donde las réplicas aparecían registradas aproximadamente cada 12 minutos.
El sábado de ansiedad
Aunque el viernes por la tarde habíamos podido comunicarnos con casi todo el mundo en las provincias centrales, saber que se encontraban bien de salud fue la noticia más importante que recibimos.
El sábado 10 de octubre empezaron a dimensionarse las pérdidas económicas, las casas destruidas, los hoteles colapsados y las vías de comunicación interrumpidas. Familiares y conocidos residentes en las provincias de Herrera y Los Santos comenzaron a relatarnos sus propias pérdidas y las que habían podido constatar entre vecinos y conocidos.
Mientras las réplicas nos perseguían, armamos un paquete de artículos indispensables para enviarlo al Hospital Joaquín Pablo Franco, en Las Tablas.
Una de mis hermanas había acudido a Las Tablas para atender una audiencia judicial que nunca se realizó. A su regreso, nos contó con más detalles lo que se sintió a las 12:56 p. m. del viernes 9 de octubre. Nos explicó cómo familias enteras dormían en los portales o incluso dentro de sus automóviles.
Hasta el momento en que ella salió de Las Tablas, no habían llegado los equipos de inspección del Sinaproc ni del Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial a dichas viviendas. El día en que escribo esto, martes 13 de octubre, todavía no han llegado.
El trauma de un desastre
En el chip de mi memoria no hay recuerdos de terremotos ni preocupación por réplicas. Mi recuerdo más vívido de un desastre es una inundación ocurrida en la década de 1970.
Recuerdo que mi padre me tomó entre sus brazos y me puso sobre la mesa del comedor. El desbordamiento del río Matasnillo había inundado toda mi casa, e incluso la mesa del comedor flotaba.
Recuerdo varios días de limpieza y descarte de muebles, colchones y ropa. Casi todos los objetos que alguna vez hubo en la casa se perdieron producto de la inundación. Casi todas mis mascotas murieron ahogadas y gran parte de los libros de mi papá se pudrieron por el agua.
Esa era mi referencia del trauma psicológico derivado de un desastre. Ahora hay que añadir la experiencia de la sensación de impotencia, la preocupación por el riesgo para la vida y las afectaciones a nuestros seres queridos.
Por supuesto, hay otro nivel de preocupación que no nos atrevemos a reconocer por considerarlo más egoísta.
Todos vivimos con planes. Algunos son como: “Para Navidad voy a hacer...”, y otros implican una noción de compartir y convivir, como: “En fiestas patrias visitaré Los Santos para pasar un tiempo con familiares y amigos...”.
En esa biblioteca de planes y aspiraciones, siempre tenemos como marco de referencia que las personas y los lugares que queremos visitar permanecerán iguales.
Eso ya no forma parte de nuestros planes.
Cambiar el futuro
En momentos críticos de mi vida, he usado como referencia para impulsar una actitud positiva que propicie un cambio de situación la inspiradora vida del neurólogo y psiquiatra austriaco Viktor Frankl (1905-1997).
Frankl era un exitoso y muy respetado médico vienés de ascendencia judía. Cuando los nazis anexaron Austria y empezaron a aplicar sus medidas antisemitas, Frankl tenía una visa para viajar a Estados Unidos junto con su esposa, pero decidió quedarse en Viena, preocupado por el destino de sus familiares y amigos.
En 1942, Viktor Frankl, su esposa, sus padres y sus hermanos fueron detenidos y enviados a campos de concentración. Frankl estuvo en cuatro campos de concentración, separado de su familia y sus conocidos.
En 1945, cuando finalmente fue liberado, Frankl buscó a sus familiares y amigos, pero ninguno de sus familiares más cercanos había sobrevivido.
La estrategia de Frankl en los campos de concentración fue controlar el único espacio que los nazis no podían dominar: su mente.
Frankl se imaginaba que había sobrevivido a los campos de concentración y que estaba dictando conferencias en las mejores universidades del mundo, explicando cómo era la vida en aquellos lugares y recordando los actos de resistencia de prisioneros como él.
Para 1961, Frankl había ocupado cátedras como profesor visitante en las universidades de Harvard, Stanford, Dallas, Pittsburgh y San Diego. Recibió 29 doctorados honoris causa y escribió decenas de obras, entre ellas la más famosa: El hombre en busca de sentido.
Usted y yo tenemos que hacer como Viktor Frankl.
Imaginemos un futuro en el que dictamos conferencias sobre lo que fue el terremoto del 9 de octubre de 2026 y sus afectaciones.
Quizás lo suyo no sean las conferencias académicas, pero puede imaginarse contándoles a sus nietos, o a los niños y niñas de una escuela primaria, cómo se vivió ese evento y las mil maneras en que las personas fueron solidarias.
A lo único a lo que debemos tenerle miedo es al miedo.
Vaya, comparta esta columna y, después del último clic, imagínese ese futuro que usted controla.
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