¿Por qué Mulino no despega en las encuestas?

13 de Agosto de 2026

Exclusivo para Contrapeso

La más reciente encuesta de CB/Global Data, correspondiente al mes de agosto, en la que se evalúan los índices de aprobación de 18 mandatarios latinoamericanos, ubica al presidente de Panamá, José Raúl Mulino, en la posición 16, con un índice de aprobación de 31.4%.

Desde que la encuestadora empezó a realizar mensualmente estas encuestas a 18 mandatarios latinoamericanos, en febrero de este año, Mulino ha fluctuado entre un máximo de 36% de aprobación en junio y un mínimo de 31.4% en el presente mes de agosto.

El mandatario ha ocupado las posiciones 15 y 16, esta última la que mantiene actualmente en la edición más reciente de la encuesta, en la cual solo está por encima del mandatario guatemalteco Bernardo Arévalo, con un índice de aprobación de 29.5%, y de la mandataria venezolana Delcy Rodríguez, con un 26.7% de aceptación.

La cabeza de la lista en las siete ediciones del presente año ha sido compartida por el presidente salvadoreño Nayib Bukele, en cinco ocasiones, y la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, en dos oportunidades. El rango de aprobación de ambos ha estado entre 66% y 72%. Es decir, el doble o más del doble de lo registrado por Mulino en el mismo periodo.

Con un análisis comparativo como este surgen dos grandes preguntas: ¿por qué el presidente Mulino tiene una aprobación tan baja? ¿Y qué puede hacer al respecto?

La popularidad de Mulino

Contrapeso contactó a dos analistas para explorar las razones de la baja aprobación del presidente Mulino y la hoja de ruta para mejorar su aceptación.

Para el sociólogo Jaime Porcell, la baja aprobación del mandatario se debe a un: “Discutible manejo de su comunicación. Parece que no controla sus estallidos ante los periodistas los jueves, por más que todos se lo sugieren. La falta del chen-chén prometido juega en su contra”.

Por su parte, el periodista y analista político Fernando Martínez considera que: “El presidente Mulino padece de una forma peculiar de narcisismo: está convencido de que su falta de empatía con la mayoría de los panameños es una virtud, un atributo al que, antes que renunciar, debe cultivar, y lo hace con mucho esmero y paciencia.

Cuando dice ‘soy presidente de los empresarios’, no entiende que la mayoría de sus compatriotas no lo son, y no porque no quieran. La intolerancia al pensamiento divergente, el insulto al que esboza una crítica y hasta la persecución a quienes se oponen a su gobierno son otra muestra de soberbia que los panameños perciben y castigan desaprobando su gestión”.

La hoja de ruta

Para Fernando Martínez, el presidente Mulino está encerrado en una narrativa que lo limita así: “No es mucho lo que puede hacer. Puede seguir desperdiciando el dinero de los contribuyentes en publicidad, contratando centros de llamadas u operadores de redes sociales para difamar a quienes critican su gestión o hacen denuncias de actos de corrupción de su gobierno o de decisiones que benefician a amigos, parientes —como en el servicio exterior— o a exfuncionarios del gobierno de Ricardo Martinelli, algunos procesados por la justicia por delitos contra la administración pública”.

A su vez, Jaime Porcell considera que el presidente Mulino sí puede mejorar su aceptación si entiende que: “Necesita relanzar y remozar un equipo que le facilite relanzar su gabinete, que permita hablar antes y después. [Él debe] pedir una segunda oportunidad con humildad”.

Una causa estructural

Pero la explicación no parece limitarse al estilo o a la comunicación del mandatario. También hay un componente económico.

Un estudio de Wise/VisualizedWorld para el periodo 2025-2026 afirma que Panamá es el país más caro de América Latina y el Caribe. Según la data presentada, para que “una persona viva bien” en Panamá necesita 2,180 dólares mensuales. De los diez países estudiados, solo Panamá y Costa Rica, país que ocupa el segundo lugar, están por encima de los dos mil dólares al mes, mientras que los ocho restantes, desde Uruguay hasta Perú, están en un rango de entre mil y mil quinientos dólares mensuales.

Aunque la data parece tener un sesgo hacia expatriados, expone una realidad que afecta a todos los panameños y panameñas. El altísimo costo de la vida, complicado por la inestabilidad laboral y una mala calidad de los servicios públicos y de la infraestructura nacional, castiga el bienestar de los habitantes de este país.

La promesa fundamental del candidato José Raúl Mulino fue el “chen-chén”, es decir, más dinero. Su estrecho vínculo con el exmandatario Ricardo Martinelli contribuyó a generar entre una parte del electorado la expectativa de que un gobierno de José Raúl Mulino significaría la repetición del modelo económico de los años de Martinelli, con abundancia de empleo y mayores posibilidades de mejoramiento económico.

El gobierno de Ricardo Martinelli, de 2009 a 2014, coincidió con una coyuntura única en la historia reciente de Panamá.

Por una parte, el Canal de Panamá se encontraba en plena ampliación. Por otra, el grado de inversión del país, producto del manejo mesurado de las finanzas públicas desde el mandato de Guillermo Endara (1989-1994) y, sobre todo, de las medidas económicas adoptadas por el gobierno de Martín Torrijos (2004-2009), abrió la puerta al financiamiento barato que permitió la construcción de múltiples megaproyectos de forma paralela y, al mismo tiempo, dejó episodios de corrupción y despilfarro como New Business, Blue Apple y Odebrecht.

Esa coyuntura única no se volverá a repetir en el corto plazo. La percepción de que esa principal promesa no se ha cumplido parece haberle pegado duro a los índices de aprobación del mandatario.

El chen-chén que espera la gente, a través de dádivas estatales o trabajo en megaproyectos, solo puede provenir de más deuda pública. Al gobierno del presidente Mulino le ha tocado cerrar el ciclo que inició su mentor. Hay que poner la casa en orden en todos los sentidos y enfrentar la realidad de que el gobierno no tiene la varita mágica para resolverles todos los problemas a todos.

Comunicar eso a un pueblo sediento de esperanza requiere mucha valentía y mucha coherencia en las acciones que toma el propio gobierno.

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Por: Rodrigo Noriega

Abogado

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