Cuando la desigualdad se sienta a la mesa

23 de Septiembre de 2026

Por: Rodrigo Noriega
Abogado

Exclusivo para Contrapeso


El 10% más rico del país percibe el 39% del ingreso, mientras que el 10% más pobre de los panameños y panameñas solo recibe el 1.1% de esos mismos ingresos. Estas cifras provienen de un informe estadístico, “Panamá, ¡cuéntame!”, elaborado por la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá (CCIAP). Este informe es un seguimiento estadístico a los principales indicadores de calidad de vida y de desarrollo humano producidos por instituciones nacionales e internacionales.

El estudio viene acompañado de una encuesta elaborada por la prestigiosa firma Gallup, cuyo trabajo de campo se realizó a finales del mes de agosto y principios del mes de septiembre del presente año. La encuesta encontró que el 47% de los hogares panameños no come tres veces al día y que el 38% de la población encuestada afirma que su situación económica ha empeorado en el último año.

La carga de la inequidad

De acuerdo con las estadísticas compiladas por la CCIAP, el 36% de los niños y niñas panameños no accedieron a la educación preescolar y el 15% de los jóvenes no estudia ni trabaja, cifra que aumenta al 18% en el caso de las mujeres. El informe explica que, en el año 2024, 139,913 menores quedaron excluidos de las aulas de clases, sobre todo en la educación media.

Con esta información se puede construir un mapa conceptual de la inequidad que expondría las interacciones entre los distintos factores así: si el 47% de las familias no come tres veces al día, está sacrificando al menos una comida, lo que implica que o se acuestan con hambre o van a la escuela y a sus trabajos con hambre. Esa condición los lleva a bajos rendimientos, lo que produce deserción escolar o pérdida de ingresos. Si una niña o un niño estudia regularmente con hambre, su desarrollo intelectual estará limitado, lo que lo condena a un bajo nivel económico. En un país en el cual, según la data compartida por la CCIAP, el 71% de los trabajadores formales recibe salarios menores a mil dólares mensuales, la incapacidad para cubrir la canasta básica familiar y otros gastos esenciales se vuelve crónica.

Pobreza intensificada

Uno de los datos que más impresiona, por lo que implica para un país tan rico como Panamá, es que en la comarca Ngäbe-Buglé solo el 3% de los hogares tiene acceso a los servicios básicos de agua, electricidad y servicios sanitarios. En el caso de la comarca Emberá, esta cifra es de 4%. Esto significa que, mientras la capital del país avanza y disfruta del bienestar del siglo XXI, una proporción importante de panameños y panameñas está postergada en el siglo XIX. Si se toma en cuenta el costo de las necesidades básicas no alimenticias, la pobreza en Panamá alcanza el 22% de la población, es decir, unas 945 mil personas.

Las cifras que otros informes aportan sobre las comarcas indígenas refuerzan la noción del abandono y la postergación socioeconómica en que se han convertido las comarcas. En vez de ser territorios para fomentar la dignidad, identidad y bienestar de los pueblos indígenas, las comarcas se presentan como rincones olvidados de la geografía panameña. La exclusión y marginación se reiteran por los bajos montos de inversión pública en esas áreas del país, por lo que se convierten en un problema de la cultura política panameña.

La gran tarea

¿Por qué es importante visibilizar la inequidad en Panamá? La razón es obvia: lo que no se mide no se puede cambiar. Si no nos escandalizamos ante semejante inequidad, no hemos entendido lo que esto le está haciendo al país. Vivimos en tres economías simultáneas. La primera es la altamente globalizada, a la que le va muy bien todo el tiempo y produce los números bonitos del crecimiento económico. La segunda economía está algo articulada con la primera, pero no totalmente. Esa es la economía de la periferia del área metropolitana y de algunos pequeños enclaves del interior de la República, como las playas, El Valle de Antón, Pedasí y Boquete. La tercera economía es la de subsistencia, la de la mitad de los panameños y panameñas que, ya sea en una comarca, en un edificio del Miviot o en una casa todavía incompleta de una barriada de invasión sin agua y sin luz, tienen que salir a buscar todos los días un ingreso para comer o, simplemente, no comen.

La sociedad panameña se está acostumbrando a las grandes y exageradas filas de las ferias del Instituto de Mercadeo Agropecuario, a las larguísimas filas del “Pase U” y, qué decir, de las filas en las ferias de empleo. Una fila muy larga habla de la dependencia, la desesperación y la gran necesidad económica que tiene la población panameña. Prácticamente, el tercio del padrón electoral que votó por José Raúl Mulino en el año 2024 pertenece a este segmento demográfico, el que buscaba más “chen-chen”.

Los políticos saben jugar con el hambre y la necesidad de la población. Desde el representante de corregimiento que reparte bolsas de comida, el diputado que da un salve de 20 dólares o el presidente que “robó pero hizo”, y de cuyas migajas los más pobres de los panameños recibieron propinas, mochilas o firmaron puestos de trabajo simulados para pagar “cash-back” a su benefactor. La gran pachanga de los megaproyectos, del presupuesto del Estado sin fin y de los abundantes préstamos internacionales se acabó.

Ahora toca reconstruir el país, moral y económicamente. Un país con la riqueza tan concentrada no va a durar mucho como una democracia. Algún día, los pobres, los que están pasando hambre, los que no pueden comprar medicinas o los que tienen que sacar a sus hijos del sistema educativo porque les cuesta mucho más mandarlos a estudiar que dejarlos en la casa, tomarán una decisión fatal para este país. Esos panameños y panameñas cada vez más desesperanzados van a caer en la trampa de algún populista mesiánico que les prometa todo gratis, a cambio de que estén dispuestos a abandonar un sistema democrático que no les da de comer y que no tiene empleo para ellos. Cuando ese día llegue, será muy tarde para reclamar, como hacen los venezolanos, los nicaragüenses o los cubanos: ¿cómo perdimos a nuestro país?

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