01/17/26

Panamá es abundancia de peces, mariposas y lavado | Sin permiso

Panamá no se ve pobre. Se ve demasiado próspera para su economía. Torres de lujo que crecen como hongos, pero con luces apagadas. Restaurantes carísimos con mesas vacías. Hoteles cinco estrellas donde no pasa nadie. Malls brillantes en los que se camina y no se compra. El negocio no vende. Justifica.

¿Cuándo se nota que algo no cuadra? Cuando los salarios son bajos, la informalidad es alta y, aun así, los apartamentos de medio millón “se venden” rápido, al menos en el papel y en la publicidad del mercado.
¿Quién compra? ¿Con qué crédito? ¿Desde dónde?

No es intuición. Organismos internacionales llevan años advirtiendo que el lavado ya no opera en la sombra, sino integrándose a economías urbanas completas. Y la pregunta vuelve a tomar fuerza ahora, en medio de procesos judiciales sobre cómo grandes esquemas —como el caso Odebrecht— movieron durante años cientos de millones de dólares a través del sistema financiero panameño sin que nadie lo notara...

Lavar dinero ya no es esconder efectivo. Eso quedó atrás.

Hoy el lavado es un proceso industrial. El dinero entra al sistema, se fragmenta, se mueve entre empresas, préstamos, facturas y transferencias cruzadas, y regresa convertido en algo respetable: un edificio, un negocio, una inversión. El dinero no se vuelve limpio. Se vuelve creíble. Y casos como Odebrecht no son la excepción, sino el ejemplo de cómo funciona esto cuando nadie pregunta lo que debería preguntar.

Eso crea una ilusión peligrosa. Parece prosperidad, pero es espuma. Infla precios, distorsiona mercados y encarece la ciudad. Y cuando esos capitales se mueven o se van, lo que queda es una economía más frágil y una reputación más golpeada. No para los que lavan. Para el resto.

Por eso la obsesión con el concreto. Construir, aunque la población no crezca y la productividad no acompañe. Construir es perfecto: absorbe grandes sumas, sube de valor y casi nunca pregunta de dónde viene la plata. Por eso ciudades como Londres y Vancouver han creado reglas especiales para saber quién compra propiedades.

Pero el lavado moderno no vive solo en edificios. También se cuela por el comercio internacional. Se miente en el papel. Se falsea el tipo de producto, el valor o su volumen. Se sobrevalora o se subvalora. El banco ve una transferencia normal; no ve lo que hay dentro del contenedor. Sin cruces reales entre Aduanas y el sistema financiero, el delito pasa elegante, con saco y corbata.

Antes se lavaba para gastar. Hoy se lava para invertir, influir y capturar espacios. El crimen organizado ya no quiere solo dinero: quiere estabilidad, poder y protección. Por eso se mezcla con corrupción, estructuras legales y política. El lavado deja de ser solo un delito financiero y se vuelve un problema integral.

La señal más clara está a la vista: el lujo, sin clase media robusta. El dinero circula, pero no se queda donde debería. La ciudad se vuelve cara, pero no mejor.

Ahí es donde esto deja de ser abstracto. El lavado encarece la vivienda, empuja a la gente fuera de su propia ciudad y hace que vivir “normal” sea un lujo. Compites contra plata que no necesita cuadrar números ni rendir cuentas.

También deja una huella cultural. Normaliza la ostentación sin explicación. Convierte la pregunta incómoda en envidia. Si dudas, eres envidioso. Si investigas, es que alguien te paga. El problema no es la plata. Es preguntar de dónde viene.

Y hay una última pista, quizá la más clara: todo el mundo sabe que pasa, pero nadie lo dice en voz alta. Se comenta en chistes, en sobremesas, en voz baja. Nunca en políticas públicas serias. Nunca en controles que incomoden. Nunca en consecuencias proporcionales. El lavado no solo compra edificios. Compra silencios y normalidad. Y cuando una ciudad aprende a vivir así, el problema ya no es el dinero sucio. Es todo lo demás.

Por: Flor Mizrachi
Periodista

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