02/18/26

Sin Permiso: Muchos carros para tan pocas calles.

Más de un millón de carros, decenas de miles nuevos al año… y horas de vida perdidas en un sistema que no planificó su crecimiento.

No es Carnaval. No es Semana Santa. Ni fiestas patrias ni un fin largo. No es un accidente que colapsó la vía. Es lunes. Es martes. Es miércoles. Es todos los días.

Ahorita lo vimos amplificado: horas para salir, horas para regresar, carriles invertidos, operativos especiales. Pero para miles de panameños ese caos no es una excepción. Es la rutina. Y, de hecho, es peor los viernes porque se van ellos y además los que se van por unos días al interior. Doble tranque.

Panamá ya tiene más de un millón de vehículos registrados, según cifras oficiales del INEC. Y cada año entran decenas de miles más al sistema: solo entre enero y julio de 2025 se inscribieron más de 33 mil.

En diez años, a ese ritmo, sumas cientos de miles de carros más.

¿Las calles crecieron en esa proporción? No.

En ese mismo período se han ampliado corredores, construido intercambiadores, levantado la Cinta Costera 3, ensanchado la vía Centenario, ejecutado obras en Panamá Oeste y avanzado en el puente sobre el Canal. Pero ninguna de esas inversiones ha compensado el ritmo al que crece el parque vehicular. Es pura saturación estructural.

Cuando una vía está al límite, no necesita un accidente para colapsar. Basta un frenazo. Un cruce mal calculado. La congestión se genera sola porque la demanda supera la capacidad. Y cuando amplías una vía sin cambiar el modelo, obviamente al principio fluye, pero luego se tranca, cual embudo. Más capacidad también atrae más carros.

Seguimos agregando carros al sistema como si el espacio fuera infinito.

Y a eso súmale otro factor que casi nunca se quiere discutir: la cultura ciudadana. El que se va por el hombro para “ganar” dos carros. El que bloquea la intersección aunque el semáforo ya cambió. El que se estaciona en la calle y tapa uno o hasta dos paños completos. En una ciudad que ya está al límite, esas decisiones individuales no son menores. Son detonantes.

Porque sí, hay saturación estructural. Pero entonces surge la pregunta incómoda: si todos los días hay muchos carros, ¿por qué el jueves colapsa y el miércoles no? ¿Por qué esta semana fue martes y viernes, y la próxima quién sabe? Algo tiene que estar pasando más allá de la lluvia, a la que le echamos la culpa de todo.

Microdecisiones, bloqueos, choques menores, mala señalización, falta de fiscalización y cultura de coimas. La ciudad colapsa y casi nunca sabemos exactamente qué la hizo colapsar… ni qué se hará para que no vuelva a pasar.

El mercado automotor cambió. La entrada de autos más accesibles y financiamientos flexibles amplió el acceso. Eso no está mal. Es movilidad individual. El problema es que el acceso al carro crece más rápido que la planificación de movilidad.

Más carros.

Misma infraestructura.

Digo, el resultado es inevitable.

Pero tampoco es que la gente compra carro por lujo. Para miles de personas, el transporte público no es una alternativa real: implica trasbordos, tiempos impredecibles y trayectos que pueden duplicar la duración del viaje. La CAF ha señalado que en Ciudad de Panamá el tiempo promedio para llegar al trabajo ronda los 52 minutos, y que el trayecto suele ser mayor cuando se hace en transporte público. Si el sistema te hace llegar tarde por diseño, comprar carro es una decisión racional. Lo irracional es que el país obligue a tantos a tomar la misma decisión.

Panamá Oeste creció con fuerza en población, pero el empleo formal sigue concentrado en la capital. Resultado: más personas cruzando hacia el mismo punto, a la misma hora, por los mismos cuellos de botella.

El tranque no es solo tiempo perdido. Es un impuesto invisible en horas de vida. En combustible. En salud. En productividad. En unión familiar.

Es salud: estrés crónico, fatiga acumulada, dolores físicos de pasar sentado.

Es economía: el BID ha estimado que, en ciudades de América Latina, la congestión puede costar entre 2 % y 4 % del PIB. Panamá no publica una cifra oficial anual, pero de que el impacto existe, existe.

Y tampoco es solo contaminación. Aunque los carros sean más eficientes o eléctricos, siguen ocupando espacio. La congestión es volumen físico.

MiBus y el Metro movilizan cientos de millones de viajes al año. La demanda por transporte masivo existe. Lo que falta es un modelo de movilidad que deje de empujar al ciudadano al carro como única salida lógica.

En otras ciudades hay herramientas como el pico y placa. Son medidas incómodas y debatibles. Pero son decisiones. Aquí no hay ni debate.

Seguimos agregando decenas de miles de carros al año y esperando resultados distintos.

El desarrollo no se mide solo por cuántas obras se inauguran, sino por cuánto tiempo le devuelves a la gente. Tal vez el verdadero atraso no esté en la infraestructura, sino en haber aceptado perder horas de vida todos los días como si fuera parte del paisaje.

Por: Flor Mizrachi
Periodista

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